¿Queremos mejores servicios públicos?
Promovamos más competencia en las licitaciones.
Es de cajón, pero me pusieron una querella por decirlo. Afortunadamente, un buen juez la inadmitió. Fue —dice el auto— «un perfecto dislate».
¡Lo diremos más!
Y en estéreo.
Con @SafiraCantos: 👇
On #InternationalDayOfWomenAndGirlsInScience, we celebrate leaders like @Lis_Campo. 👩🔬
At Alisios, we move beyond forecasting into Decision Intelligence—turning complex data into concrete, global solutions.
Read her inspiring story below. 👇
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#StormMarta impacts SW Europe & Morocco 🌍 🇵🇹 #Portugal: extreme rainfall, flood risk 🇪🇸 #Spain: strong impacts in Galicia & Pyrenees. South with saturated soils 🇫🇷 #France: multiple regions with heavy rain 🇲🇦 #Morocco: intense rainfall in the North of the country
Over the next few days, several #Mediterranean regions will experience #extremerainfall, driven by the same atmospheric mechanism explained in our previous infographic.
This configuration is expected to persist.
⚠️ Take extreme precautions and follow official guidance
Medir los proyectos de «software» en horas es absurdo.
Штурмовщина!
Hay muchas cosas rotas en el desarrollo clásico de proyectos digitales. Afortunadamente, la profesión tecnológica es quizá de las más creativas y flexibles.
Me propusieron desarrollar un proyecto para una Administración pública. Y me explicaron el precio por hora máximo con el cual podrían contratarme, y el número de horas en que estimaban mi colaboración. Del producto de ambos datos —me dijeron— resultaba el presupuesto disponible para mi trabajo.
Pero eso no tiene ningún sentido.
Por una parte, el tiempo es una métrica nefasta a la hora de valorar la productividad de un técnico. Si ha resuelto previamente el problema será más rápido que si ha de hacerlo por primera vez. Si puede reutilizar trabajo anterior acabará antes que si no. Y todos tenemos días malos que terminan con avances exiguos… y jornadas mágicas de inesperada hiperproductividad. Además, la tecnología cambia tan rápido que a menudo hemos de conciliar programar con formarnos y aprender.
Por otro lado, ¿qué sentido tiene trabajar en proyecto de digitalización mirando de reojo una inexorable cuenta atrás de horas presupuestas? Es una métrica para gestores y financieros que no entienden la praxis del negocio. ¡Yo también he estado ahí! Yo también he gestionado un equipo midiendo la desviación de las horas ejecutadas frente a las horas presupuestadas. ¡Sorpresa!: casi siempre nos desviamos por abajo. Casi siempre subestimamos el coste de los imponderables.
Lo que he solido ver en los proyectos de tecnología, lamentablemente, es lo que los soviéticos denominaban «shturmovshchina».¹ Este fascinante concepto me sedujo desde que lo encontré en una de mis lecturas sobre la URSS. Y es que, en la economía planificada de los planes quiquenales, los soviéticos identificaban tres fases:
1️⃣ Hibernación. Es la fase inicial del proyecto. Todo va despacio porque, oye, tenemos cinco años. ¡Hay tiempo de sobra! Además, estamos agotados del frenético final del plan anterior. Calma.
2️⃣ Acumulación. Vamos haciendo cosas, pero los requisitos son cambiantes y aún no tenemos muy claro el alcance del proyecto. El tiempo va pasando, pero avanzamos a nuestro ritmo. Guay.
3️⃣ Fiebre. ¡Vamos fatal de tiempo y el proyecto tendría que estar ya! Recortamos disimuladamente el alcance y el trabajo que entregamos es de escasa calidad. Abundan los vicios ocultos y la deuda técnica que aflorarán más adelante. ¡Hay que meter horas extras! Crisis.
Si este ciclo resuena dentro de ti, entonces has navegado en la tormenta. ¡Es la shturmovshchina! Штурмовщина! Y no es culpa tuya. Es porque el tiempo —las horas— no son una buena métrica para presupuestar proyectos digitales.
Sin embargo, la Administración pública y las grandes consultoras informáticas que suele contratar están obsesionadas con valorar los proyectos así, y atormentan a sus técnicos con la burocracia de cumplimentar partes de horas. Un híbrido de quiromancia y burocracia.
Durante el desarrollo del proyecto mi cliente —una Administración pública— me preguntó «qué tal iba de horas». Me encogí de hombros, porque no las contaba. Les expliqué que mi compromiso era entregar satisfactoriamente el proyecto contratado, no comerciar con mi tiempo productivo. Mi interés es el éxito en el resultado, no acertar en una estimación de esfuerzo que, a fin de cuentas, es un arte adivinatoria.
¡Claro que esto es mucho más difícil en el contexto de una empresa con una plantilla! Los costes laborales son función del tiempo. Por eso el santo grial de la consultoría informática siempre ha sido la productización. La compleja transición de un modelo de negocio basado en «vender horas» a «vender valor». Pero no quiero desviarme.
Para mis proyectos e iniciativas hace tiempo que acuñé una métrica muy personal. Lo llamo el «rato de atención ininterrumpida» o rai. Es el resultado de constatar que en los proyectos de tecnología la moneda de cambio no es mi tiempo. Es mi atención.
Un rai es lo que tardo en sentarme en cualquier cafetería de una ciudad, pedir un café mientras desenfundo el portátil y trabajar concentradamente el tiempo que me dé la gana. Es un rato en el que mi atención intelectual está volcada en una sola tarea. Un rai es atómico porque es indivisible: todas las notificaciones y distracciones han desaparecido de mi escritorio y vuelco mi atención plena. Solo la taza de un descafeinado humea y me acompaña.
Mis rais suelen tienen una duración muy variable. Pueden ser de cuarenta minutos o llegar a tres horas y pico. Pero no miro el reloj. Cuando me apetece parar, simplemente paro y me voy.
Estos ratos de atención ininterrumpida dependen mucho de la exigencia o el interés que me despierta la tarea que tengo entre manos. Cuando desarrollo nuevas funcionalidades duran más, porque me gusta y siento menos el paso del tiempo. Cuando refactorizo o documento, por ejemplo, estos ratos son más cortos.
Sé que cualquiera de mis días tiene dos, tres o hasta cuatro rais. Son las veces que puedo sacar el portátil y zambullirme en un reto hasta que me apetece estirar las piernas o cambiar de cafetería, vistas y escritorio.
Cuando era empresario y contrataba programadores, trataba de explicarles que no era su jornada sino su atención plena lo que la compañía contrataba. Que no había un horario y uno entraba y marchaba cuando consideraba. Que podía ausentarse un martes si le apetecía y conectarse un domingo si era necesario. Que podía trabajar en casa o venir a la oficina, según su preferencia.
(Y no; este modelo nada tenía que ver con retorcer las normas para trabajar encubiertamente jornadas más largas de las legales: cuesta demasiado contratar buenos técnicos y tal treta solo provocaría que saltaran a otra empresa de un sector que virtualmente no tiene desempleo para cualquier profesional competente. Muy al contrario, era una liberalidad que la plantilla valoraba, aunque luego no soliera aprovechar más que puntualmente).
Honestamente, esto nunca funcionó del todo bien. Por una parte, las normas laborales nos obligaban a registrar las horas laborales, poniendo de nuevo el acento en el tiempo como divisa. Por otro lado, casi todos los trabajadores —supongo que acostumbrados por experiencias laborales anteriores— adoptaban este mismo modelo de «entrar» a una hora y salir muy puntualmente.
Yo, en cambio, no entiendo así mi profesión. ¿Trabajo 40 horas semanales? No lo sé, y nunca lo he sabido. Lo que sé es que trabajo tranquilo y disfruto de ello. He surfeado las olas de las shturmovshchina, sí, y he llegado al convencimiento de que no es el tiempo sino la atención lo que define el valor del trabajo en esta profesión maravillosa.
…Y en el berlanguiano episodio de hoy de «Jaime y el Servicio Cántabro de Salud»:
La doctora —una nueva, que me ha atendido superbién— me extiende una receta por lo mismo que hace quince días. Pero la leo y veo que tiene exactamente el mismo error que hace quince días. Se lo señalo.
—¡Menos mal que me has avisado! —me reconoce mientras sale la receta corregida por la impresora.
—Pues yo no tengo ni idea de medicina, señora —musito para mis adentros, aunque decido quedarme calladito.
—Voy a darte también un volante para el especialista. Como hay mucha lista de espera, te pongo como preferente…
Todo iba más o menos bien, pensaba yo, hasta que añade, lo juro:
—…que les llega por fax.
Por fax. ¡Por fax! Mis oídos lo escucharon nítida, inconfundiblemente: dijo que enviarían mi volante por fax. ¡Por telefax!
Un silencio casi mágico se abre paso en la consulta, apenas rasgado por un nuevo papel que escupe diligente la impresora. Y allí quedamos ambos, doctora y paciente, mirándonos por un instante infinito a los ojos, aguardando lo inevitable:
—¿Y los que no son preferentes cómo llegan, en diligencia? —añado yo, sin poder evitar partirme sonoramente la caja allí mismo, y hacia el final de la frase ponerme a hacer aquellos ridículos gestos de Chiquito de la Calzada cabalgando y cantando «…¡este es el caballo que viene de Bonanzaaaa!».
La doctora estalla en una carcajada y ambos seguimos allí, sentados e inmóviles, mirándonos con lágrimas en los ojos, dichosamente ungidos de esa especie de sororidad mística, de esa inexplicable fraternidad entre desconocidos que, en el Universo entero, solo puede crear el sistema público de salud. Es algo que no se puede expresar con palabras. Hay que estar allí para vivirlo.
Pero ella recupera inmediatamente su tono profesional y corporativo:
—Es que en el Servicio Cántabro de Salud vamos todavía un poco así… —dijo como intentando expiar lo inexpiable.
Nos despedimos muy cordialmente, y le agradecí con vehemencia la atención y el sentido del humor, que es lo único saludable que hallé en el centro de salud. Ya camino de la calle, me detengo en el mostrador del vestíbulo y entrego a una mujer, muy amable, mi volante para el especialista. Me da cita para mayo. Estoy sacando el móvil del bolsillo para agendarlo cuando oigo que añade:
—…del año que viene.
No sé que cara puse, porque cada interacción mía con la Administración pública es una odisea emocional que ríete tú de Ulises. Al otro lado del metacrilato, la mujer puso un tímido mohín como de empática disculpa.
—Pe… pero… no puede ser; la doctora me ha dicho que es un volante «preferente».
—Ah, pero es que en el papel no lo ha puesto… Dame un minuto, que lo cambio.
Y otra impresora vomita otro folio de papel. Y aquí ando yo, mis apreciados amigos, esperando que me notifiquen «por carta o teléfono» la fecha del próximo episodio de esta saga. Pero antes, alguien tiene que enviar un fax.
LOS INDEPENDENTISTAS CATALANES.
Es de lo que se ha hablado fugazmente hoy en el Pleno del Ayuntamiento de Santander. ¿Qué se debatía? Algo que nada tiene que ver: la mejora de la atención a la ciudadanía por los canales digitales.
Y denota lo difícil que resulta aparcar la ideología cuando se abordan asuntos técnicos, aburridos quizá, pero que tienen un impacto más directo en la ciudadanía que las seculares tensiones que tan a menudo distraen el debate público.
Aquí va una idea: competencia entre las Administraciones de los distintos territorios.
Si los independentistas catalanes quieren marcar distancias con los conservadores madrileños, que demuestren que pueden prestar mejores servicios públicos que ellos:
— Menores esperas en la sanidad pública
— Mejores portales de transparencia
— Trámites digitales más eficaces
Cantabria está mucho más atrás que Cataluña en transparencia de la contratación pública y servicios públicos digitales. Me gustaría que esto ofendiese tanto al Gobierno de Cantabria como el pacto para la financiación singular catalana.
Muchos estamos ya aburridos de los «zasca» y los insultos desde la tribuna de oradores. La España que bosteza. ¡Defiende tus ideas con hechos además de con palabras!
Quisiera ver una competencia feroz entre la Comunidad de Madrid y el País Vasco por ver quién reduce más las listas de espera a quirófano, quién paga antes a sus proveedores o —entre ayuntamientos— quién resuelve más rápido las licencias de obra.
Una Administración pública estajanovista.
Quizá solo así pudiéramos, como país, sacar algo positivo de nuestra secular pelea ibérica.
Muchos divulgadores en educación y muchos divulgadores en ciberprotección infantil llevamos años advirtiendo:
1️⃣Minimizar y normalizar las conductas de ciberacoso, insensibiliza contra otros tipos de violencias más graves
2️⃣Cuando los adultos minimizan y normalizan las conductas de ciberacoso, los menores las aceptan más fácilmente
3️⃣Llevamos tanto tiempo minimizando y normalizando las conductas de ciberacoso, que nuestros menores están llegando aún más lejos, tanto en el ciberacoso como en otros tipos de violencias que perciben como el siguiente nivel
"..having useful climate information to inform decision making helps people make the right decisions for their business & helps them plan & budget around future climate adaptation."
Read the blog by @MetOffice_Sci & @ASPECT_project scientist @freyagarry👇
https://t.co/KcTgXjVz78
2 days ago, an Israeli court acquitted the Israeli officer who shot and killed an autistic Palestinian man on his way to school 3 years ago of involuntary manslaughter charges. He was then promoted by his bosses. This is his mother upon hearing the news.
🔴Esto ha ocurrido en los cuatro días siguientes a que nos dijesen que la #ViolenciaMachista no existe
Violaciones, agresiones, abusos, amenazas, insultos, explotación sexual...
Abro🧵
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Así que… vamos a dejarnos de ridiculizar:
Que los peques accedan a antes, de manera más privada, a mayor cantidad, y a peor porno, tiene sentido que genere falsas creencias sobre el sexo y normalizaciones nocivas.
5️⃣ La toxicidad del porno ha cambiado expectacularmente.
“Un análisis al contenido de Pornhub dictaminó que el 45% de las escenas contenían al menos un acto de agresión física. Las mujeres eran las agredidas en el 97% de los casos”. Niki Fritz et al., 2020.
1️⃣ La edad de acceso al porno ha cambiado expectacularmente. No hablamos de chavales de 15 años viendo una peli los viernes por la noche. Hablamos de menores por debajo de los 9 años. Ha bajado una barbaridad.