< ilusión que la primera vez.
Pellizca, suave. Tan pronto como sus tacones tocan suelo, la súcubo se aleja y se pone a merodear por el despacho hasta dejarse caer sobre la silla del escritorio. —Esto sí que sigue igual que siempre. Te hace falta una buena mano femenina.
—Eres tan considerado conmigo, querido, que olvidé ese pequeño detalle. —repone, irónica, deslizando el pulgar por su mejilla para limpiar restos de pintalabios.
—Me conoces. Está en mi naturaleza aparecer cuando menos te lo esperas. Creí que al menos esta vez te haría más >
—Muchas, sí. Es mi trabajo cargármelas. ¿Recuerdas? —El cazador de largo abrigo escarlata deja vagar su mirada por ella, sin ningún tipo de pudor o prisa.
—Tú podrías aprender a llamar a la puerta, siempre apareces sin avisar. —Corresponde a su queja con una propia, alzando el »
< ¿no puedes ofrecerme un saludo más apropiado?
Lo envuelve entre sus brazos, aferrándose a su cuello mientras que deja una marca de carmín sobre la línea de su mandíbula. —Mwah. ~
Sus labios tintados de rojo se curvan con la presión de aquel cañón sobre su mentón, afilando la verdosa mirada puesta sobre el perfil del cazador.
—¿Es que conoces a otras súcubos a parte de mí? —inquiere dotando su voz de falsa ofensa—. Hace mucho que no te hago una visita, >
Al instante, el mentón de la mujer es alzado gracias al cañón de su pistola. El albino la mira de soslayo, bajando el arma cuando se da cuenta de quién es. —Anda, si mi súcubo favorita. ¿Vienes a chupar otra vez?