El invierno no debería inmiscuirse en un corazón que aún conserva vestigios de primavera. Permíteme, entonces, incurrir en la temeridad de ofrecerle el mío; que su inclemencia me tome a mí, antes de rozarte.
Quizá aquella violencia fuese la única proximidad que le estaba concedida; quizá entre los dientes y la carne, en ese intervalo incierto entre el hambre y la ternura, existiera una manera torcida de permanecer juntos.
Había en ella una ferocidad que no necesitaba manifestarse para hacerse evidente; permanecía agazapada bajo la quietud de su semblante, como una bestia que hubiese aprendido a dormir con los ojos abiertos.