Estos tiempos que corroen son tan contradictorios que ya no sabemos ni a qué disparate agarrarnos.
Durante años una parte de Occidente se entregó al catecismo woke con un entusiasmo digno de estudio clínico. Se podía vivir como uno quisiera, cosa que defiendo sin reservas, pero, sobre todo, había que aceptar como verdad objetiva cualquier definición que alguien hiciera de sí mismo.
Discrepar dejó de ser discrepar y empezó a ser odio, fascismo o alguna otra fantasia terminada en "fobia" que permitiera cerrar la conversación y mandar al discrepante al rincón de los monstruos.
Y aquello no fue solo completamente ridículo, fue dramático. Mucha gente tuvo miedo de hablar, profesionales fueron obligados a callar, padres se encontraron amenazados por pedir prudencia y menores con conflictos sobre su identidad sexual o de género recibieron tratamientos médicos con consecuencias gravisimas y, a menudo, irreversibles. El prodigio consistió en llamar intolerante al adulto que preguntaba si quizá convenía pensárselo un poco.
Mientras tanto, Europa, porque al parecer todavía quedaba margen para mejorar el disparate, decidió superarse.
Se incorporaron millones de personas procedentes de sociedades que, desde nuestros valores europeos, eran profundamente retrógradas en cuestiones esenciales. Sociedades donde siguen teniendo un peso enorme la tutela masculina sobre la mujer, la condena de la homosexualidad, el honor familiar y una religión extremadamente visible con pretensiones de gobernar la vida propia y la ajena.
Nos costó siglos conseguir que una mujer no perteneciera a ningún hombre y que dos hombres o dos mujeres pudieran casarse y vivir juntos sin tener que pedir perdón por existir. Eso no es una extravagancia occidental. Es un logro gigantesco y pienso defenderlo frente al reaccionario de aquí, al de allí y al que venga envuelto en un delicado paño bordado con la palabra diversidad.
Y aquí aparece la contradicción que me tiene maravillada.
Por un lado teníamos al activista ultra motivado explicándonos que discutir una identidad era violencia.
Por otro incorporábamos población procedente de sociedades donde al homosexual se le persigue, encarcela o mata y la mujer puede ser sometida, golpeada, mutilada o asesinada por atreverse a disponer de su propia vida.
Todo perfectamente compatible, nos dijeron.
Supongo que faltaba otra jornada de formación, un cursillo o algo.
Porque las personas tienen derechos pero las culturas no. Las culturas contienen ideas y algunas son magníficas, otras inocuas y otras auténticas salvajadas.
Que una idea venga de otra cultura no la vuelve respetable por arte de multiculturalismo, no, neguémonos sin miedo a tragar con eso, que es una gilipollez descomunal.
Si considera inferior a la mujer o al homosexual, conmigo ha tenido mala suerte porque pienso plantarme delante para que rectifique o se largue por donde ha venido.
El problema es que para integrar primero hay que tener algo en lo que integrar. Y nosotros llevamos años pidiendo perdón por defender nuestros propios principios mientras nuestros gobernantes resolvían cualquier contradicción llamando fascista al que tenía la mala educación de verla. Una técnica política de extraordinaria eficacia. Cuando no tienes respuesta, conviertes la pregunta en delito moral y al que pregunta en malisima persona. Y a otra cosa, mariposa.
Por suerte, la cosa empieza a desinflarse. No porque de repente seamos más listos, sino porque la realidad, tozuda, acaba imponiéndose siempre,
Pero que esto se desinfle no va a bastar.
Habrá que pedir responsabilidades políticas, profesionales y, cuando corresponda, judiciales. Porque detrás de algunas de estas decisiones no hay solamente pronombres y congresos absurdos. Hay personas que perdieron trabajos, familias que fueron destrozadas, menores que tomaron decisiones médicas de enorme alcance y sociedades enteras convertidas en laboratorio sin que nadie les preguntara si querían formar parte del experimento.
Y habrá que pedir también explicaciones a quienes decidieron que incorporar población a gran escala desde sociedades con valores profundamente alejados de los nuestros no requería siquiera discutir seriamente qué debía exigirse para integrarse.
No voy a hablar de venganzas ni de inquisiciones, aunque ganas no me falten. Prefiero algo mucho más factual y, para ciertos responsables, bastante peor. Exijamos saber quién decidió qué, con qué autoridad, basándose en qué, quién se benefició y quién acabó pagando las consecuencias.
Cuando se juega con la vida de la gente no basta con cambiar de vocabulario, retirar discretamente las consignas y fingir que aquello fue una extravagancia de época, no.
Nombres, decisiones, daños y responsabilidades.
Y esta vez que la factura no la pague el experimento. Que la paguen los experimentadores.
El problema no es que el tarado de Sánchez cuelgue una lista de canciones para el verano en plena invasión.
El problema es que el votante socialista lo ve y dice "muy bien, que se joda la ultraderecha". Ese, vivir rodeado de auténticos fanáticos, es el gran problema.
Llevas dos días respirando humo.
Sales al porche, miras al cielo y por fin escuchas un motor.
Te fijas en la bandera.
No es la tuya.
Han tenido que venir desde Italia para tirar agua sobre tu pueblo.
En mayo te prometieron el mayor despliegue de la historia.
Es vergonzoso ser español cuando uno comprueba lo que ya sospecha desde hace tiempo: un antiguo presidente del gobierno involucrado en casos de corrupción sistemática junto a dictaduras crueles. Que más adelante un juez pueda determinar que la evidencia está probada más allá de toda duda razonable (un criterio muy estricto) es muy diferente de la clara acumulación de evidencia que ya tenemos sobre la mesa.
Pero si esto fuera un caso aislado de corrupción, la vergüenza podría sobrellevarse. Lo preocupante es que forma parte de un patrón sistemático. Zapatero fue presidente del gobierno bajo Juan Carlos I, quien tuvo que abdicar por casos de corrupción intolerables (corrupción que, por otra parte, ha sido constante e invariable en la dinastía Borbón en España desde la regencia de María Cristina de Borbón).
Y a Zapatero le sucedió Rajoy, sí, el Rajoy de “Luis, sé fuerte”. IU y su espacio (como se llame esa semana) tampoco se han librado de estos problemas cuando han tenido pequeños resortes de poder. Moral Santín es el caso más claro.
Y en Cataluña vimos que la antigua CiU y la familia Pujol eran una mafia. El único sitio donde el sistema no ha generado escándalos vergonzosos es el País Vasco, aunque uno sospecha que es más bien consecuencia de la ausencia práctica de libertad de expresión que de su ausencia real.
En otras palabras: los españoles hemos visto cómo la Monarquía, el PSOE, el PP, IU y los grandes partidos nacionalistas han vulnerado de manera sistemática todo tipo de normas éticas y penales.
Mientras tanto, los salarios están estancados, la vivienda está por las nubes, la seguridad social está en una situación límite y la prosperidad actual es un espejismo empujado por una inmigración no sostenible que solo traerá problemas profundos a largo plazo (la figura de @SantiCalvo_Eco lo dice todo).
Quizás sea el momento de aceptar que esto no se arregla cambiando a quien gobierna, sino cambiando las reglas que hacen que casi dé igual quién lo haga.
-España dejó México con un nivel de riqueza mayor al europeo.
-Inglaterra obligó a México a endeudarse de por vida exigiéndole 7 pesos por cada 1 prestado.
-Francia invadió y asoló México en 1862.
-EEUU robó la mitad de su territorio.
Recuerda que los malos son los españoles.
Vosotros sois MUY jovenes pero hace tres semanas hubo un accidente ferroviario MUY grave donde murieron 46 personas por culpa del mal mantenimiento por parte del Gobierno de España🇪🇸.
NO hay dimisiones, NO hay responsables, ya NADIE habla de ello.