DISCULPEN MI CASTELLANO
Prevenir después de la tragedia
Gabriela Castellanos
Abogada
La mañana del pasado martes, la rutina laboral en un complejo de bodegas a inmediaciones del Anillo Periférico se transformó en una escena de horror y luto. El colapso repentino de un talud sepultó las instalaciones de una empresa. Las impactantes imágenes de los últimos minutos de las víctimas, captadas por las cámaras de seguridad antes de que la tierra cediera, han dejado una profunda herida en la conciencia colectiva. Tras casi cuarenta horas de labor incansable por parte del Cuerpo de Bomberos y Copeco, concluyeron las tareas de recuperación de los cuerpos y comenzó, de manera inevitable, un debate urgente sobre la vulnerabilidad estructural de nuestra capital.
Este trágico suceso no puede archivarse como un simple "accidente natural" provocado por la geografía o las lluvias. Debe convertirse en un punto de inflexión para examinar la cultura de la prevención en Honduras, la gestión del riesgo y, sobre todo, el rigor con el que el Estado y los gobiernos locales administran el desarrollo urbano.
Tegucigalpa y Comayagüela no son una llanura. Son una cuenca rodeada de cerros con una geología particularmente frágil, caracterizada por suelos inestables, fallas activas y laderas compuestas por capas de roca y barro propensas al deslizamiento. Construir en la capital exige un respeto absoluto por la topografía; sin embargo, históricamente el desarrollo urbano se ha abordado con una alarmante falta de previsión, donde ciudadanos y empresas —por necesidad o negligencia— desafían las condiciones naturales del terreno.
La prevención en una zona tan vulnerable como el Distrito Central debería asumirse como una obligación de supervivencia. Los hondureños debemos entender que la tierra avisa y que la saturación de los suelos o la alteración de un desnivel sin las obras de mitigación adecuadas constituyen una tragedia anunciada.
Es aquí donde el Estado debe ejercer su autoridad con mano firme. Las alcaldías, y particularmente la municipalidad del Distrito Central, tienen que convertirse en el primer filtro de seguridad a través de la Dirección de Control Urbano.
No se puede seguir otorgando permisos de construcción y operación con base en revisiones superficiales ni relegar las exigencias técnicas en nombre del dinamismo económico. Toda licencia en zonas de ladera o próximas a cerros debe sustentarse en estudios geotécnicos rigurosos e independientes. La labor municipal no concluye con la aprobación de un plano. Es indispensable mantener inspectores de ingeniería civil y ambiental en el terreno para verificar que los movimientos de tierra, los cortes de cerros y la construcción de bodegas o viviendas cumplan estrictamente con las normas de estabilización.
Tras esta tragedia, la comuna capitalina está llamada a realizar un censo de riesgo de las bodegas, planteles comerciales y complejos industriales ya edificados al pie de las laderas, para ordenar evacuaciones o la ejecución inmediata de obras de mitigación antes de que el invierno recrudezca.
La muerte de estas personas debe sacudir la inercia institucional. La prevención no se limita a los rótulos anaranjados que aparecen cuando el desastre ya ocurrió; se construye meses y años antes, denegando permisos mal sustentados, clausurando obras que debilitan la estabilidad de un cerro y exigiendo que la vida humana prevalezca sobre cualquier interés económico. Tegucigalpa y Comayagüela son ciudades geológicamente delicadas, y actuar con ligereza frente a esa realidad es una negligencia que ya no podemos seguir pagando con sangre.
DISCULPEN MI CASTELLANO
La gravedad de los precios
Gabriela Castellanos
Abogada
La economía hondureña parece haber derogado las leyes fundamentales de la física. Mientras que en el mundo real todo cuerpo que sube termina regresando al suelo, en el mercado nacional los precios operan bajo una lógica de levitación permanente. La reciente rebaja en los combustibles —un alivio técnico para el Estado y para quienes poseen vehículo propio— se estrella contra la realidad del ciudadano común: un muro de especulación, indolencia y ausencia de control.
Existe una asimetría perversa en la estructura de nuestros precios. Cuando el barril de petróleo sube, la respuesta del mercado es inmediata: en cuestión de horas, el transporte, la logística y, por ende, los productos de la canasta básica incrementan sus precios bajo la premisa del «ajuste necesario». El combustible, nos dicen, es el motor que mueve al país y cualquier incremento debe trasladarse al consumidor final. Sin embargo, cuando la tendencia se revierte y el combustible baja, la economía parece quedar atrapada en una inercia inexplicable. Los precios, una vez instalados en la cima, deciden quedarse allí, desafiando cualquier lógica de mercado.
Este fenómeno no es un accidente; es una forma de explotación silenciosa que perpetúa el empobrecimiento. La explicación de que los costos operativos o la reposición de inventarios impiden una reducción inmediata suena a burla cuando se contrasta con la rapidez con la que se trasladan las alzas. En Honduras, lo que sube rara vez baja. Mientras tanto, el trabajador, el desempleado y las familias que apenas logran cubrir sus necesidades básicas quedan atrapados en un sistema donde los ajustes siempre se mueven en una sola dirección.
Lo que presenciamos no es únicamente una distorsión del mercado, sino una profunda ausencia de responsabilidad social. La rebaja de lempiras en el diésel, el queroseno y la gasolina es estéril si el plato de comida del hondureño no refleja esa disminución. Si el combustible es el insumo que encarece la vida, su reducción debería traducirse en un alivio tangible para el poder adquisitivo de la población.
La próxima semana, el marcador de las gasolineras mostrará números más amigables, una pequeña concesión técnica que apenas disimula la asfixia cotidiana. En la práctica, ese alivio llegará a cuentagotas a los hogares, donde el impacto de la rebaja será, como tantas veces, invisible. Existe un abismo entre lo que se anuncia con optimismo desde un despacho gubernamental y lo que se vive con angustia en las filas del mercado o en el ajetreo de una terminal de buses.
Al final, este ciclo no es solo una cuestión de aritmética financiera, sino una tragedia de ética social. En Honduras, la única ley que parece cumplirse con exactitud es la del más fuerte, aquella que permite que unos pocos preserven sus márgenes de ganancia mientras la mayoría carga con el peso de la incertidumbre. Mientras los números en las bombas de gasolina descienden, la esperanza de una vida digna sigue siendo el único insumo que, por más que lo intentemos, parece no encontrar nunca su punto de equilibrio.
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