Eran las 7:34 de la mañana de un lunes. Colombia olía a café recién hecho. Una madre peinaba trenzas a las carreras con la misma paciencia con que lo había hecho su madre y la madre de su madre; los niños repasaban la tabla del siete camino al colegio, convencidos de que siete por siete seguiría siendo cuarenta y nueve cuando volvieran a casa; y en aquella casa había un animalito con nombre de gente: la Luna, el Toby, el Michi, esos hermosos seres que son dueños de la mitad de la cama y el corazón. Un padre salía dando la bendición desde la puerta, sin saber que esa mañana estaba bendiciendo también las paredes de su casa; los abuelos regaban sus matas al ritmo de un radiecito que daba las últimas noticias de un mundo que todavía estaba entero; y miles de obreros, desde la madrugada, ya estaban colgados de los andamios, ganándose el pan a la altura del cielo. Muchos se despidieron con un beso a medias y un «nos vemos ahorita», sin saber que hay «ahoritas» que nunca llegan.
Y entonces… la tierra gimió. Gimió desde cien kilómetros de profundidad, con una magnitud aterradora. Quince departamentos se sacudieron. Duró segundos. Pero pregúntenle a una madre de Pereira cuánto dura un segundo cuando el techo se cae sobre su familia.
Más de trescientas personas jamás volverán a su mesa. Más de cuatro mil heridos volverán, pero lo harán con el cuerpo vendado. Y pueblos enteros donde ya no queda ni un mesa a la cual volver. Casas que tardaron treinta años en pagarse y medio minuto en caerse.
Eso pasó. Eso está pasando. Y quien crea que ya pasó, que se lo pregunte a quien duerme esta noche en un albergue, con sus documentos en una bolsita y su vida entera dentro de una maleta prestada.
Me duele San José del Palmar, ese pueblito del Chocó que conocí hace años, donde una noche bailé hasta que el viche me noqueó al piso. La neta, me duele, me jode que el epicentro haya sido justo ahí: en uno de los departamentos más olvidados. Ojalá nunca más tenga que temblar en el Chocó para que Colombia lo voltee a ver. Y también me duele Pereira, contando sus escombros; Cali, buscando a los suyos; Manizales, Armenia, Quibdó y cada vereda que no sale en las noticias. Me duelen todos.
Y te preguntarás por qué me duele si no me tocó nacer aquí. ¡Es cierto! No nací aquí y, por ello, me tocó algo más difícil, pero muy hermoso: aprender a merecerlos. Llevo más de dos décadas viniendo, amándolos y admirando esa manera terca y hermosa de vivir. De no claudicar, de no saberse rendir.
Y si el amor que les tengo me diera la nacionalidad, mañana mismo madrugo para hacer la fila.
Ayer, un agente de migración me preguntó: «Señor Daniel, ¿dónde estaba Dios ese lunes?»…
¿Saben dónde estaba?
Estaba en las manos del vecino que escarbó sin guantes. Estaba en la señora que hizo un sancocho para cuarenta desconocidos. Estaba en el rescatista que no durmió y en el perro que olfateó una vida debajo del cemento. Estaba llegando en camiones, en frazadas, en filas de donantes de sangre. Ese lunes, Dios tuvo miles de manos. Y muchas de ellas están sentadas aquí este día. Él está aquí, aunque no lo entendamos, pero tengo que fe de que un día todas nuestras lágrimas tendrán sentido. Lo que ha pasado es muy doloroso, pero en ese terror hay algo que podemos ver.
Trescientas sesenta y cuatro personas fueron sacadas vivas de entre los escombros. Trescientas sesenta y cuatro veces la muerte hizo su jugada y Colombia le ganó la partida con las manos rotas y ensangrentadas. Eso, señores, tiene un nombre; se llama: berraquera. Y no la fabrican en ningún otro lugar del mundo más que en Colombia.
Amada Colombia, el terremoto ya tuvo su turno. Ahora nos toca a nosotros.
Muy pronto, este país no estará como lo dejó el temblor, sino como lo dejó el amor. El amor de todos ustedes, de todos los colombianos y latinos que amamos a este país.
Colombia: que el pan te alcance y la fe te sobre. Que el miedo te dure poquito y el amor te dure siempre. Que tus muertos descansen, que tus vivos construyan, que tus niños vuelvan a dormir sin sobresaltos. Que la tierra te sostenga, que el cielo te cuide y que cada mano que hoy dio, mañana reciba multiplicado. Que te llamen por lo que eres: bendita. TRES VECES BENDITA entre las naciones, berraca entre las tormentas, imposible de tumbar. En el nombre de Jesús. Amén.
Mi corazón, mis pensamientos y honra, siempre para ti, Colombia.
TE AMO COLOBIA.
#danielhabif
#Noticias | Residentes del sector de Milán, en Manizales, protestaron por las restricciones de seguridad impuestas para la llegada de #AbelardoDeLaEspriella a la ciudad. Según denuncian, les impiden retirar sus pertenencias de las viviendas mientras se mantienen las medidas especiales. Los afectados advierten que quedan expuestos a perder sus bienes ante una eventual emergencia, en particular por el riesgo de que se pudiesen producir réplicas del sismo registrado recientemente en la ciudad o por posibles hechos de inseguridad en la zona.
Los habitantes cuestionaron la falta de garantías para proteger sus enseres en medio del operativo. La situación ha generado tensión entre la comunidad y las autoridades encargadas del dispositivo de seguridad, mientras se mantiene vigente el esquema especial por la presencia presidencial en #Manizales.
En mi trabajo hay algo peor que el estrés: la normalización de la incompetencia.
Personas que no leen, no revisan, no preguntan… pero opinan fuerte. Errores repetidos, excusas recicladas y una confianza que no se corresponde con los resultados. Y lo más incómodo no es verlos fallar, es ver cómo el sistema los protege mientras al que sí se exige le cargan más peso.
Yo llego, hago mi parte, corrijo lo que otros rompen y sigo adelante como si nada. Sonrío. Cumplo. Pero por dentro hay una pregunta que me quema: ¿hasta cuándo uno tiene que pagar el precio de ser responsable en un entorno donde mediocridad y comodidad mandan?
No sé si bajar mi nivel para encajar o seguir empujando solo contra la corriente.
Y eso, créeme, desgasta más que cualquier jornada larga.
El problema es la gente incompetente… o el que todavía se toma su trabajo en serio?