Qué increíble superpoder es abrir un libro y, de repente, estar a salvo del mundo exterior durante unas horas. La literatura no nos cambia la vida, nos la devuelve cuando la realidad nos la roba.
Hay noches en las que observo el amor como quien contempla una catedral incendiándose a la distancia: demasiado lejos para salvarla, demasiado cerca para ignorar el humo.
Nunca comprendí cómo una mano capaz de memorizar cada rincón de otro cuerpo puede, tiempo después, atravesarlo con la indiferencia de quien pasa frente a una tumba desconocida. Quizá los afectos no mueren; quizá simplemente mudan de nombre y aprenden a esconderse bajo la piel del olvido.
He sobrevivido a demasiados inviernos para no sospechar que toda eternidad está hecha de despedidas. Rostros que alguna vez fueron hogar hoy descansan en algún lugar de mi memoria, cubiertos por el mismo polvo que se acumula sobre los libros que nadie abre.
A veces pienso que no extrañamos a las personas, sino la versión de nosotros mismos que existía a su lado.
Qué extraño destino el de permanecer mientras todo se desvanece. Ser testigo del lento derrumbe de las promesas, convertirse en el fantasma de habitaciones que aún conservan el eco de antiguas conversaciones. Descubrir, demasiado tarde, que uno habitó ciertos corazones apenas como una sombra pasajera.
Hay ausencias que no hacen ruido: simplemente vacían la casa, apagan las lámparas y dejan la puerta entreabierta para que entre el frío.
Desde entonces camino entre ruinas invisibles, coleccionando nostalgias ajenas, preguntándome cuántas veces fui un universo para alguien que, al amanecer, apenas recordaría mi nombre.
Tal vez el amor sea eso: un puñado de espectros intentando convencerse, por un instante, de que pueden permanecer.
Hay algo profundamente desagradable en ver a personas jactarse de acosar a otros hasta el punto de exponer sus identidades y convertir su privacidad en entretenimiento. Resulta inquietante comprobar que, aun después de tanto tiempo, algunos continúan confundiendo el morbo con la justicia. ¿Es que nunca aprenden?
Llevo días sintiendo que el invierno
se instaló en habitaciones que nadie ve.
Cada mañana acomodo los cuadros torcidos,
abro las ventanas,
sacudo el polvo de las cosas pequeñas
y, aun así,
al caer la noche
todo vuelve a estar en el mismo sitio.
Hay una fatiga extraña
en sostener el cielo con las manos
y descubrir que basta una ráfaga
para que vuelva a derrumbarse sobre uno.
Últimamente camino más despacio.
No porque pesen los pasos,
sino porque hay silencios
que exigen ser arrastrados.