Mi gata estaba adicta a los sobres de Whiskas. Cuando digo adicta, me refiero a que si no le daba uno al día me destruía la casa y, si llegaba la noche sin sobre, se me aventaba a la cabeza y me desgreñaba como poseída.
Le dio gastritis, empezó a vomitar sangre y la veterinaria me prohibió el Whiskas. Le recetó unas latas gastrointestinales carísimas. El problema fue que la desgraciada no se las quiso comer.
Entonces intenté engañarla. Le daba de comer a un gato comunitario con sobres de Whiskas, me traía el sobre vacío a la casa, metía la comida medicada adentro y se la servía.
La primera vez empezó a comer. De pronto se detuvo, se quedó viendo la pared unos segundos, me volteó a ver con una cara de odio puro y se fue.
Al día siguiente me observó atentamente mientras preparaba la comida. Cuando se la serví, ni siquiera la probó. Hizo un escándalo hasta que tuve que abrir un Whiskas de verdad frente a ella.
La veterinaria me dijo: “Déjala, eventualmente se lo va a comer”.
La cabrona eligió la violencia. Destruyó mi sala.
Al final encontré unos sobres gastrointestinales que sí le gustan. Ahora, cada vez que le voy a servir, se sienta a vigilar el proceso completo. No basta con que le dé el sobre. Tiene que ver cómo lo abro con sus propios ojos.
Esa culera descubrió que intenté estafarla una vez y jamás volvió a confiar en mí.