En Estados Unidos se ha desatado una guerra entre el TELEVISOR y la NEVERA porque la riqueza económica que Fox News pregona atribuyéndole a la gestión de Trump no coincide con lo que hay en las repisas cuando la gente abre el frigorífico.
La guerra de Irán (que nunca fue una guerra en palabras de Marco Rubio, ministro de exteriores, y Pete Hegseth, el Pepito Piscinas que lleva el Pentágono, pero que ahora resulta que sí que es una guerra en el Memorandum Of Understanding) ha creado una crisis económica que va a tener repercusiones a muy largo plazo.
Por mucho que la rendición disfrazada de victoria firmada por Trump en Versailles (el mismo lugar donde capituló la Alemania de la I Guerra Mundial) presumiera de que la apertura del Estrecho de Ormuz (que estaba abierto el pasado mes de febrero antes de que Trump se fuera "de excursión" con Netanyahu) volvía todo a la normalidad, la realidad se empeña en no ajustarse a la narración.
En el mejor de los casos se necesita 1 mes para poder restablecer el tráfico al 50% de la capacidad que tenía Ormuz antes de la guerra. Dos meses para que lleguen los barcos con petróleo a sus destinos más alejados en Asia y puedan empezar a refinarlo. Y 6 meses para que los pozos petrolíferos de Oriente Medio recuperen el ritmo de producción al 80%, porque el otro 20% (en Irak y Kuwait) posiblemente no se vuelvan a abrir (se marcharon los trabajadores filipinos y no hay recursos económicos para reabrirlos)
Esto significa precios alto y que muchos MAGA se van a quedar este verano en Estados UNIDOS sin poderse ir de vaciones y el enfado podría pasar factura en las elecciones de noviembre (o votando Demócrata o quedándose en casa sin ir a votar). El momento más peligroso para un tirano no es cuando sus enemigos le odian (se da por hecho), sino cuando a sus acólitos comienzan a entrarles dudas.
Trump está viviendo su momento Mago de Oz en el que por vez primera muchos votantes se están dando cuenta de que todo lo que hace esta administración es un timo. Trump solo crea un problema para apuntarse luego el tanto de haberlo solucionado, cuando en realidad lo estrepea aún más.
En ocasiones anteriores ha sido difícil darse cuenta del timo. El destrozo causado por Elon Musk con el recorte brutal de fondos y personal a las instituciones encargadas de proteger el bienestar de los ciudadanos con la disculpa de estar cribando la administración pública de funcionarios vagos y maleantes (para contrarrestar la falta de ingresos provocada por la reducción de impuestos a los millonarios) era muy difícil de percibir salvo que uno mismo fuera funcionario o tuviera una hija perjudicada por el tijeretazo. Pero las consecuencias de esta guerra son incuestionables y vienen a refrendar la sospecha desatada tras la chapuza de la reparación del estanque reflectante de Washington: que Trump solo maquilla los problemas. Que sus regalos al pueblo son puro envoltorio y la caja viene siempre vacía.
El estanque reflectante de Washington, de cemento gris para que haga de espejo y refleje los monumentos del Mall, Trump decidió que estaba sucio, le echó la culpa a Obama y anuncio que iba a pintarlo de azul para convertirlo en la piscina del Club de Campo. Ah y, por supuesto, como Constructor Mayor del Reino, se jactó de que lo haría en tiempo record y con un presupuesto reducido.
La realidad: para una obra presupuestada inicialmente en 1.7 millones de dólares, pagó 14 a la constructora amiga que le trabaja en sus campos de golf. El dinero no sabemos a donde fue porque el estanque se limitaron a pintarlo (sin acometer la renovación de las canalizaciones ni reparar las fugas) y sin hacer caso a los técnicos que advirtieron que el color azul oscuro subiría la temperatura del agua y crearía algas.
Tras la inauguración, el Big Beautiful Reflecting Pool no tardó en convertirse en una costra verde flotante. Para matar las algas, han inyectado agua oxigenada a mansalva (que es un decapante de pintura) y ahora también flotan cortezas de la pintura azul arrancada del fondo.
Una metáfora de lo que es esta administración. Puro timo, como el memorando de la paz en Irán, que ya ni es memorando ni es nada porqe la técnica mafiosa de Trump que consiste en ofrecer al mismo tiempo el problema y la solución (y que en Estados Unidos se ha tragado la Universidad, la Prensa y la Judicatura) no ha colado con los mulás de Irán.
JIMMY KIMMEL: "I propose that we should think about adding his name to the Epstein files... it will heretofore be known as the Trump-Epstein Files."
TRUMP-EPSTEIN FILES it is.
Pass it on.
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Hablemos sobre el nuevo cariz de la sociopatía de las élites.
En el primer capítulo de Succession, una serie genial que cuenta la tragicómica historia de ficción de una de las familias más poderosas del mundo, asistimos a una escena insuperable. 👇
El gran #ClintEastwood habla sobre una de sus escenas favoritas de "Sin perdón" (#Unforgiven, 1992)
Se me ocurren tranquilamente otras cuatro o cinco secuencias de la misma que estarían entre lo mejor del cine de los últimos 40 años...Obra maestra 🙌🏻
¡INFORMACION RELEVANTE!
De nuevo un BULO como una catedral, y en portada. Pasan los años y todo sigue igual: desgracia, seguida de intoxicación. El carril roto por el que se produce el descarrilamiento es un carril nuevo. En concreto el número 312592Y101. Acompaño fotos y nota de envío del mismo. Fabricado en 2023, con un peso de 60 kg por metro, e instalado durante mayo y junio de 2025. ¡DEJEN DE DESINFORMAR! Y déjennos trabajar. Bastante tenemos ya con esclarecer esto y solucionar los problemas que esto acarrea, como para tener que dedicarnos constantemente a desmentir falsedades.
Lean esto. Es muy importante. Es el discurso de este 20.01.2026 en Davos del primer ministro canadiense @MarkJCarney. Esto irá a los libros de historia. Más allá de tener las referencias correctas y estar muy bien escrito, Carney tiene el valor y la lucidez de llamar de una vez a las cosas por su nombre.
Es un placer —y un deber— estar con ustedes en este punto de inflexión para Canadá y para el mundo.
Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de la grata ficción y del amanecer de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no tiene freno.
Pero sostengo, aun así, que otros países —en particular las potencias medias como Canadá— no están indefensos. Tienen el poder de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados.
El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad.
Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en normas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben.
Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable: la lógica natural de las relaciones internacionales reimponiéndose. Y, ante esa lógica, existe una fuerte tendencia de los países a adaptarse para encajar. A acomodarse. A evitar problemas. A esperar que el acatamiento compre seguridad.
No lo hará.
Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?
En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder. En él planteó una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista?
Su respuesta empezaba con un verdulero. Cada mañana, este tendero coloca un letrero en su escaparate: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. No lo cree. Nadie lo cree. Pero lo coloca de todos modos: para evitar problemas, para señalar conformidad, para llevarse bien. Y como cada tendero en cada calle hace lo mismo, el sistema persiste.
No solo mediante la violencia, sino mediante la participación de la gente común en rituales que, en privado, sabe que son falsos.
Havel llamó a esto “vivir dentro de una mentira”. El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera cierto. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: cuando incluso una sola persona deja de actuar —cuando el verdulero quita su letrero— la ilusión empieza a resquebrajarse.
Ha llegado el momento de que las empresas y los países retiren sus letreros. Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, alabamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Podíamos impulsar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección.
Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima.
Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proveer bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para resolver disputas.
Así que pusimos el letrero en la ventana. Participamos en los rituales. Y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad. Ese pacto ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición. En las dos últimas décadas, una serie de crisis —financiera, sanitaria, energética y geopolítica— dejó al descubierto los riesgos de una integración global extrema.
Más recientemente, las grandes potencias empezaron a usar la integración económica como arma. Aranceles como palanca. Infraestructura financiera como coerción. Cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar. No se puede “vivir dentro de la mentira” del beneficio mutuo mediante la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación. Las instituciones multilaterales en las que se apoyaban las potencias medias —la OMC, la ONU, las COP—, la arquitectura de la resolución colectiva de problemas, están muy debilitadas.
Como resultado, muchos países están llegando a las mismas conclusiones. Deben desarrollar mayor autonomía estratégica: en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro. Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las normas ya no te protegen, debes protegerte tú. Pero seamos lúcidos sobre adónde conduce esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible.
Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la pretensión de normas y valores para perseguir sin trabas su poder e intereses, los beneficios del “transaccionalismo” se vuelven más difíciles de replicar. Los hegemones no pueden monetizar continuamente sus relaciones. Los aliados diversificarán para cubrirse ante la incertidumbre. Comprarán seguros. Aumentarán opciones. Esto reconstruye la soberanía —una soberanía que antes estaba anclada en normas—, pero que estará cada vez más anclada en la capacidad de resistir la presión.
Esta gestión clásica del riesgo tiene un coste. Pero ese coste de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse. Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que que cada uno construya su propia fortaleza. Los estándares compartidos reducen la fragmentación. Las complementariedades son de suma positiva.
La pregunta para las potencias medias, como Canadá, no es si debemos adaptarnos a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. La pregunta es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos —o si podemos hacer algo más ambicioso.
Canadá fue de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar de forma fundamental nuestra postura estratégica. Los canadienses saben que nuestra vieja y cómoda suposición de que nuestra geografía y nuestras membresías en alianzas conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida.
Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado “realismo basado en valores” —o, dicho de otro modo, aspiramos a ser principistas y pragmáticos. Principistas en nuestro compromiso con valores fundamentales: la soberanía y la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza salvo cuando sea coherente con la Carta de la ONU, el respeto de los derechos humanos. Pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser incremental, que los intereses divergen, que no todos los socios comparten nuestros valores.
Nos estamos comprometiendo ampliamente, de forma estratégica, con los ojos abiertos. Afrontamos activamente el mundo tal como es, no esperamos al mundo tal como quisiéramos que fuera. Canadá está calibrando sus relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores. Estamos priorizando un compromiso amplio para maximizar nuestra influencia, dada la fluidez del mundo, los riesgos que esto plantea y lo que está en juego de cara a lo que viene. Ya no dependemos solo de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza.
Estamos construyendo esa fuerza en casa. Desde que mi gobierno asumió el cargo, hemos recortado impuestos sobre ingresos, ganancias de capital e inversión empresarial; hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial; y estamos acelerando un billón de dólares de inversión en energía, IA, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y más allá. Estamos duplicando nuestro gasto en defensa para 2030, y lo hacemos de maneras que fortalezcan nuestras industrias nacionales.
Nos estamos diversificando rápidamente en el exterior. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, incluyendo la adhesión a SAFE, los mecanismos europeos de compra de defensa. Hemos firmado otros doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes en los últimos seis meses. En los últimos días, hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Catar. Estamos negociando pactos de libre comercio con India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y Mercosur.
Para ayudar a resolver problemas globales, estamos impulsando una geometría variable: diferentes coaliciones para diferentes asuntos, basadas en valores e intereses. En Ucrania, somos miembro central de la Coalición de los Dispuestos y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad. En soberanía ártica, nos mantenemos firmemente junto a Groenlandia y Dinamarca y apoyamos plenamente su derecho único a determinar el futuro de Groenlandia.
Nuestro compromiso con el Artículo 5 es inquebrantable. Trabajamos con nuestros aliados de la OTAN (incluyendo el Nordic Baltic 8) para asegurar aún más los flancos norte y oeste de la alianza, incluyendo inversiones sin precedentes en radar de alcance más allá del horizonte, submarinos, aeronaves y presencia terrestre.
En el comercio plurilateral, estamos impulsando esfuerzos para tender un puente entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión Europea, creando un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. En minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7 para que el mundo pueda diversificarse y alejarse de un suministro concentrado. En IA, cooperamos con democracias afines para garantizar que, en última instancia, no nos veamos obligados a elegir entre hegemones e hiperescaladores.
Esto no es multilateralismo ingenuo. Tampoco es depender de instituciones debilitadas. Es construir coaliciones que funcionen, asunto por asunto, con socios que comparten suficiente terreno común como para actuar juntos. En algunos casos, será la gran mayoría de las naciones. Y es crear una densa red de conexiones a través del comercio, la inversión y la cultura, de la que podamos valernos para desafíos y oportunidades futuras. Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú. Las grandes potencias pueden permitirse ir solas. Tienen el tamaño de mercado, la capacidad militar, la palanca para dictar condiciones. Las potencias medias no.
Pero cuando solo negociamos bilateralmente con un hegemón, negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes. Esto no es soberanía. Es la representación de la soberanía mientras se acepta la subordinación.
En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una elección: competir entre sí por el favor o unirse para crear un tercer camino con impacto. No debemos permitir que el auge del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las normas seguirá siendo fuerte —si elegimos ejercerlo juntos.
Lo cual me devuelve a Havel. ¿Qué significaría para las potencias medias “vivir en la verdad”?
Significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el “orden internacional basado en normas” como si siguiera funcionando tal como se anuncia. Llamar al sistema por lo que es: un período en el que los más poderosos persiguen sus intereses usando la integración económica como un arma de coerción.
Significa actuar con coherencia. Aplicar los mismos estándares a aliados y rivales. Cuando las potencias medias critican la intimidación económica que viene de una dirección pero guardan silencio cuando viene de otra, estamos manteniendo el letrero en la ventana.
Significa construir aquello en lo que decimos creer. En lugar de esperar a que el hegemón restaure un orden que está desmantelando, crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describen. Y significa reducir la palanca que permite la coerción.
Construir una economía doméstica fuerte debería ser siempre la prioridad de todo gobierno. Diversificar internacionalmente no es solo prudencia económica; es la base material para una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a posturas basadas en principios reduciendo su vulnerabilidad a represalias.
Canadá tiene lo que el mundo quiere. Somos una superpotencia energética. Poseemos vastas reservas de minerales críticos. Tenemos la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones están entre los mayores y más sofisticados inversores del planeta. Tenemos capital, talento y un gobierno con una enorme capacidad fiscal para actuar con decisión. Y tenemos los valores a los que muchos otros aspiran.
Canadá es una sociedad pluralista que funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad. Somos un socio estable y fiable —en un mundo que no lo es—, un socio que construye y valora relaciones a largo plazo.
Canadá tiene algo más: el reconocimiento de lo que está ocurriendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta ruptura exige más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal como es.
Estamos quitando el letrero de la ventana. El viejo orden no va a volver. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero, a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esta es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de cooperación genuina.
Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir nuestra fuerza en casa y de actuar juntos. Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos abierta y confiadamente. Y es un camino ampliamente abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros.
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“Dile a los directores que fui yo”😎
En los años 60, Diana Rigg descubrió que le pagaban menos que al camarógrafo en la serie “Los Vengadores”, y ella misma lo filtró a la prensa. De la noche a la mañana, el rostro de la televisión británica se convirtió en el centro de un escándalo nacional. Los estudios la llamaron “malagradecida”, algunos la tacharon de “diva”, pero ella siguió firme: “Si luchar por la justicia me hace difícil, entonces difícil seré”. En un momento en que se esperaba que las actrices estuvieran calladas y agradecidas, Rigg detonó una bomba en la industria. “Me quejé públicamente, los periódicos se hicieron eco y lo logré, pero me quedé sola, nadie me apoyó, ni siquiera mi querido Patrick Macnee (el protagonista de la serie). Era maravilloso, pero como tantos hombres, no quería meterse en problemas”.
Esa racha de rebelión la definió. Interpretó a su personaje, Emma Peel, en trajes de cuero, sí, pero insistió en que su personaje nunca fuera solo un placer visual. Entrenó en judo, coreografió sus propias escenas de lucha y pronunció sus líneas con un ingenio seco que la hacía la persona más inteligente en cualquier habitación. Los fans la adoraban, pero ella odiaba en silencio ser convertida en una pin-up. “No soy un juguete”, le dijo a un periodista. “Soy una actriz”.
Su espíritu contestatario solo se agudizó con la edad. Cuando se unió al elenco de Juego de Tronos como Olenna Tyrell, estaba rodeada de actores que tenían la mitad de su edad. Pero en lugar de desvanecerse en el fondo, robó episodios enteros con una mirada, con una línea venenosa. La famosa escena “Dile a Cersei que fui yo” no fue solo un guion, fue un momento Rigg: elegante, despiadado, inolvidable.
Sin embargo, quienes trabajaron con ella recordaban algo más suave. Llevaba chocolates a los miembros del equipo, enviaba notas escritas a mano a los tramoyistas, y una vez detuvo un ensayo para que una joven actriz nerviosa pudiera respirar. “No te disculpes por ser brillante”, susurró, lo suficientemente alto para que la chica, y el director, pudieran escuchar.
Diana Rigg no fue simplemente una estrella. Fue una saboteadora de sistemas, una mujer que expuso la desigualdad salarial con un solo titular, que podía convertir el sexismo en sátira y que sabía que la hoja más afilada no era una espada, sino el timing, el ingenio y el temple.
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Todo lo que quieres saber sobre la dictadura en la que Trump ha convertido EEUU te lo cuenta Guillermo Fesser en esta entrevista de más de dos horas.
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Declaration of Conscience
My name is Gordon Dimmack. I am a journalist and a citizen of the UK. On Monday morning, I will walk into a police station and peacefully hand myself in.
Why? Because I support Palestine Action, and I have encouraged others to do the same.
Under the Terrorism Act, that now carries a potential 14-year prison sentence. Not for harming anyone. Not for inciting violence. But for supporting people who oppose genocide, and encouraging others to do so.
That is the state of this country in 2025.
I will not plead ignorance. I know the law. I know the risk. And I am making this decision with full awareness that the state may try to make an example of me.
Let them.
Because if we now live in a country where saying “I oppose genocide” is treated as a criminal act —
if peaceful solidarity with those who resist arms dealers is now considered terrorism —
then the problem isn’t me.
The problem is the law. The problem is the state.
The problem is the moral vacuum swallowing this country whole.
This is not just about Palestine Action.
This is about freedom of conscience, freedom of expression, and the criminalisation of moral clarity.
If they want to arrest me for standing on the side of humanity, they are welcome to.
But let the record show:
I will never apologise for doing the right thing.
Let history remember that I stood up.
And let it remember every name, every badge number, every uniform that tried to silence those who dared to say: Not in my name.
I oppose genocide.
I support Palestine Action.
And if that makes me a criminal — then so be it.