@PabloBrunPintor@JuanCar49040757 Pero esto no se lo oirás a los políticos, ni a la prensa, ni a los "expertos". Pero cualquiera que trabaje en el sector lo está viendo venir.
Para cuando empiecen a hablar de ello, ya será demasiado tarde y tendremos el problema encima.
@PabloBrunPintor@JuanCar49040757 Si traes inmigración, agrava el problema. Pero ya no quieren venir tantos. Los moldavos p.ej ya no vienen en masa, lo que ganan no les da para vivir y enviar dinero.
Lo que hay que potenciar es que los jóvenes aprendan oficios haciéndolos atractivos y con condiciones razonables.
He aquí la master class de Don Carlos de Andrés, en pleno directo, sobre la impresentable a la que han dado un micro con el logo de La Vuelta para molestar y perderle el respeto a los ciclistas.
En serio, merece la pena que esuchéis los 2 cortes íntegros 👏🏼🙌🏼
Acompañadme en una nueva aventura cántabra. Corría el año 2022, septiembre, y conduciendo por los pueblos de Cantabria ya podías observar cómo las palmeras canarias iban muriendo. Se secaron por el calor? estaban ya viejas? algunas enfermedad? Veamos: 🧵
Ha llovido fuerte en varios lugares de España y está todo el mundo muy contento porque esta vez sí han sabido actuar nuestros gestores: han dicho que no vayan los ciudadanos al trabajo ni los niños a la escuela ni los funcionarios a sus puestos. Mano de santo y dicha general, somos un Estado ultramoderno. Seguro que la próxima vez que haya fuego en los bosques las autoridades recomiendan a los lugareños que aprovechen tales días para ir a Benidorm y relajarse en la playa, porque ya lloverá y se acabarán las llamas.
Creo que esta bonhomía con que aceptamos que lo mejor es no hacer nada y dejar de trabajar si hay frío o calor, lluvia o sequía, quebranto o celebración, tiene dos causas, una idiosincrásica y otra muy perversa.
Primera, que somos un país de zánganos y que nada ansía más el personal que un día sin ir a la oficina. En este punto se da una circunstancia peculiar: cuanto más cómodo e irrelevante, absolutamente prescindible, es el trabajo de un sujeto, mayor el ansia por no ir a trabajar, porque vivimos en un perpetuo simulacro de agotamiento. Mismamente en las universidades españolas casi todo el mundo se dice cansadísimo, aunque lleve ocho meses sin dar una clase o haya hecho su última investigación hace un lustro. El sudoroso y dolce far niente. En esas mismas ciudades en las que hoy los funcionarios siguen en casita, los repartidores de panadería siguen circulando y los cajeros de supermercado siguen en sus puestos. Los profesores no, caray, por si les cae un témpano en la metafísica.
Lo otro es que todas estas medidas preventivas, como el mandar a todo el mundo a vegetar en su guarida si el clima se pone feo (¿se imaginan lo que se trabaría en España si nevara como en Finlandia o se helara todo como en Suecia?) suponen una asunción tácita y tranquila de que el país no funciona y que, ante la ausencia de instancias públicas u organismos capaces de prever, de prevenir, de organizar, de paliar daños, de proponer alternativas, etc., etc., lo mejor es cortar por lo sano y que nadie haga nada mientras no escampe, a ser posible allá por mayo.
Esto es todavía más terrible que la vagancia, pues implica dar por irremediable el hecho de que el Estado va camino de desaparecer. Si ya no vamos a tener seguramente más trenes de alta velocidad en buen funcionamiento, pues cristiana resignación: el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Y a seguir votando y viviendo como si tal cosa. Perón lo supo ver antes que ninguno, no lo olviden.
Esa desaparición de un Estado eficiente, aceptada con naturalidad, será progresiva, en realidad estamos al inicio. Vendrán pronto cosas como que deje de funcionar la policía (y no será por mala fe de sus funcionarios, sino por corrupción de sus altos mandos y de los políticos que los seleccionan) y cada ciudadano asuma que tiene que resguardarse del delito por sí mismo, sea no saliendo de noche, sea pagando seguridad a la pandilla del barrio o sea, si hay dinero, yendo a vivir a urbanizaciones fuertemente protegidas por empresas privadas de seguridad. Otro tanto pasará con la sanidad pública, que será la que organice la muerte de los pobres cuando les toque y porque no se superó la lista de espera, y se verá muy natural que el que quiera tratamiento a tiempo se lo tendrá que sufragar por su cuenta. Etc., etc.
En resumen, un Estado que cada vez nos cuesta más protege cada vez menos nuestros derechos y deja de brindarnos servicios básicos, a la vez que los mismos responsables corruptos culpan del desastre a la globalización, al capitalismo salvaje, a las privatizaciones o al cambio climático o la mala suerte. Y todos tan contentitos metidos en sus casas hasta que deje de llover o hasta que amaine el tiroteo en la calle.
Cantabria tiene un alto atractivo potencial —poco explotado, creo yo— para nómadas digitales y teletrabajadores: un colectivo poco estacional, con capacidad adquisitiva media-alta y una huella turística reducida.
La región tiene un clima excepcional, telecomunicaciones de primer nivel y una sólida oferta de ocio. La oferta de hostelería orientada al trabajo y de espacios de coworking aunque razonable, es mejorable.
Sin embargo, Santander u Oviedo ni siquiera aparecen en nomads.com, que es la enciclopedia global para los nómadas digitales de todo el mundo, y que suelen acaban en Chiang Mai o Lisboa (¡ambas muy de moda!).
Junto con la logística tan desarrollada —compras algo en línea y te llega al día siguiente— y el grado de digitalización de los servicios bancarios, a veces pienso si no tendría sentido en nuestro país un éxodo rural inverso: descongestionar Madrid y las grandes ciudades y redistribuir los empleos digitales entre poblaciones medianas y pequeñas donde la calidad de vida es excelente.
Sin embargo, casi todos mis compañeros de universidad se fueron a Madrid. Volverán al norte, me dicen, cuando se jubilen…
En solo cien años Madrid ha multiplicado por tres su población. Cuando visito la capital siempre me pregunto si es humano tanta gente, tantos coches, tanto todo …en tan poco espacio. ¿Seguirán creciendo las grandes capitales?
Así como la industrialización llevó las masas del campo a la ciudad, la digitalización debería —pienso yo— movernos de vuelta a los pequeños remansos donde la vida, y el clima, son más humanos.
Luis Enrique entendió hace tiempo lo que es un vestuario de fútbol del siglo XXI:
25 párvulos sin pasión real por su profesión, muy preocupados por bobadas (ropa/peinado/coche)
“Información mínima. Vídeos cortos, que no se te vaya a dormir ningún jugador, eso es importante”👇🏻🤣
Decir esta barrabasada y efectivamente el siguiente año ganar el triplete (primera Champions de la historia del club incluida) es lo mas gigachad de la historia. Luis Padrique.
Domingo.
Me levanto con un párpado inflamado. Un rollo, pero nada grave; ya me pasó el año pasado en Coímbra. Entré a una farmacia, me dieron una pomada y, en dos días, ventilado.
Voy a una farmacia santanderina y pido la pomada.
—¡No tan deprisa, forastero! —me dice simpático el farmacéutico—. Esa pomada tiene antibiótico y solo puedo dispensártela con receta.
No pasa nada —me digo—. Tenemos una de las mejores sanidades del mundo.
Desde el coche intento pedir cita por internet en mi centro de salud. Hay un hueco dentro de tres días, pero creo que para entonces tendré el ojo bastante peor. Pido auxilio por teléfono a un amigo médico:
—Ve a Urgencias y allí te darán la receta.
—Lo mío no es una urgencia —pienso— pero necesito la pomada.
Arranco el coche, cruzo la ciudad y aparco en el hospital Valdecilla. Intento ungirme de paciencia. Tras un par de patéticas horas en una sala de espera congestionada, vuelvo a escribir a mi amigo.
—¡A Urgencias del hospital no, hombre, que está lleno! Tienes que ir a Urgencias del centro de salud.
Yo me acuerdo del chiste aquel: «La experiencia es eso que obtienes justo después de haberlo necesitado». Resignado, pago el tique del aparcamiento y cruzo de vuelta la ciudad. Consigo aparcamiento cerca del centro de salud.
Entro. En el vestíbulo, al otro lado del mostrador, una señora charla animadamente con el vigilante de seguridad. Cuando me aproximo, me pregunta qué me pasa. Yo dudo si contarle mi problema. ¿Es médico esta señora? ¿Debo comentarle un asunto de salud personal ante el vigilante de seguridad?
—¿Qué te pasa? —me apremia mientras yo pensaba todo aquello.
—Tengo un párpado inflamado y…
—No; no me cuentes los detalles… tú necesitas una receta, ¿sí? —me interrumpe.
—Exacto.
—Pues pasa a la sala —me dice mientras teclea algo en el ordenador.
Es una de esas tardes tontas de invierno. Creo que hay partido de fútbol. La sala de espera está vacía. Cuando llevo diez o quince minutos, una puerta se abre. Otra señora, o quizá era la misma, se me acerca.
—Vas a tener que esperar un poquito, que la doctora está comiendo.
—No pasa nada; tampoco tengo prisa… —contesto sintiéndome instantáneamente imbécil al constatar que no he podido comer yo.
Tras cincuenta minutos de espera oigo al otro lado de la pared un alarido gutural:
—¡JAIMEEEEE!
Me incorporo, me atuso el flequillo con los dedos y aclaro la voz dirigiéndome con paso seguro a la caverna.
—¡JAIMEEEEEEEEEE!
—¿Estoy en la sanidad pública o en Cabárceno? —me pregunto al cruzar el umbral de la consulta.
—Bue…
—¡Dime!
—…nos días.
Supongo que era doctora, aunque no llevaba bata. Me miraba sentada, inquisitiva y con ambas manos al teclado del ordenador, mientras yo aguardaba de pie que me concediese la cortesía de invitarme a tomar asiento.
La cortesía no llegó e hice «timeout». Yo empezaba a sentir las pavorosas llamas de un incendio crecer dentro de mí.
—Disculpe; voy a cerrar la puerta, voy a tomar asiento, y después le explicaré qué me trae aquí.
Y así, a puerta cerrada y sentado frente a la doctora, le expliqué que me había levantado con un párpado inflamado. Ella tecleó algo en el ordenador.
—Vale; ya lo tienes.
—¿Cómo?
—Que ya lo tienes en la receta electrónica. Vas a una farmacia y te dan una pomada.
—Ah, ¡gracias!
Pero me pudo esta tontería mía de no resignarme al delirio e intentar mejorar cómo funcionan —funcionar es mucho decir— las cosas.
—El año pasado me sucedió esto mismo en Portugal y me dieron la pomada en la farmacia. No tuve que venir a Urgencias, ni consumir recursos de la sanidad pública, ni perder el ti…
—Ya, pero es que Portugal es otro sistema.
—Lo sé. Lo que quiero decirle es, ¿no serías más eficiente para el Sistema y para mí, al menos para este caso, hacer lo que hace Portugal?
—Pero es que son leyes. Y a veces son absurdas, pero son así y tenemos que seguirlas. Tampoco puedes comprar paracetamol de un gramo sin receta pero, en cambio, puedes comprar el de 500 mg y tomar dos, que es lo mismo. Es absurdo, pero son normas y hay que cumplirlas.
Yo quería explicarle a la doctora que esas normas no están cinceladas en piedra y que se pueden cambiar. Quería explicarle que en aquella consulta, yo era el usuario y ella la representante del Servicio Cántabro de Salud. Quería explicarle también que existen procedimientos administrativos internos por los cuales ella puede canalizar mi sugerencia de mejora para que, algún día, Dios sabe qué gerifalte la tenga en cuenta cuando toque actualizar las normas. Quería explicarle a la doctora muchas cosas, pero ella me despedía con la mirada y yo me había puesto inconscientemente de pie, deseando largarme cuanto antes de allí.
¡Al menos ya tenía la receta! Ensillo nuevamente a Rocinante y jineteo de vuelta a la farmacia de guardia. Aparco malamente en una parada de autobús. Enciendo las luces de emergencia y entro corriendo.
—Quería un medicamento que tengo en mi receta electrónica.
—Dígame su número de tarjeta sanitaria.
Deletreo la retahíla mientras el chico teclea en el ordenador. Yo miro el coche de reojo.
—¡No te preocupes! Cuando hay partido la policía no viene hasta aquí —me dice simpático.
Pero el farmacéutico frunce entonces el ceño.
—Vaya… tenemos un problema.
—¿Hay que perdirla al almacén?
—No, no es eso… el médico te ha puesto pomada para uso tópico, y esa no te vale para los ojos.
—Ya veo que la policía no es lo único que no funciona aquí.
—Pero no te preocupes… puedo hacer un truco y yo te doy la pomada correcta. Aunque, claro, tendrás que pagarla entera. Si la receta estuviese bien sí te entraría por la Seguridad Social.
En Coímbra, en la plaza del Ocho de Mayo, hay una pequeña farmacia que hace esquina. En agosto entré y expliqué en castellano que tenía una párpado inflamado. Me dieron al momento una pomada y, en dos días, ventilado.
Y escribo esto preguntándome cuántas horas, cuántos millones de horas productivas anuales perdemos los españoles en laberintos burocráticos así.
A Estado fallido no se llega de un día para otro, es un proceso largo y continuado. Los factores causantes son muchos: la manera en que el sistema político y sus partidos disuaden a los más capaces de participar en política y promocionan a los más serviles y estúpidos, la frivolidad con la que millones de ciudadanos votan, convencidos de que el país funciona solo y no importa que sean lerdos del todo los candidatos apoyados, la conversión de los partidos políticos en agencias de empleo para inútiles, la desmotivación del funcionariado más experto y cualificado, que ve sus competencias caer en manos de cabezas de chorlito que no son más que famélicos enchufados que jamás conseguirían por sí ni el más modesto empleo en un concurso público... Y, sobre todo, esa pertinaz propensión suicida que hace que tantos, con plena conciencia y completa deliberación, den su voto a zascandiles narcisistas moralmente corruptos, intelectualmente discapacitados y personalmente abyectos. Y, de propina, la boba convicción de que hacemos manifestación relevante de creencias respetables cuando nos entregamos a siglas que ya no son más que pocilgas (y que me perdonen los cerdos).
Por supuesto que la democracia parlamentaria es insustituible, pero esto que estamos haciendo es degeneración y autodestrucción, y todo para creernos simpatizantes de algo serio en lo que ya ni siquiera creen los líderes y dirigentes.
Los muertos no tienen como tales la culpa, los arruinados no tienen como tales la culpa, los que hoy lloran por tan tristes razones no tienen para nada la culpa. Pero nuestra culpa colectiva es atroz, inapelable, aplastante.
Si algo de dignidad colectiva nos queda, avergoncémonos al fin y, mientras de nosotros sale la solidaridad sincera, juremos que no volveremos a votarlos ni a dividirnos por sus malditas quimeras de fantoches sin tino, de farsantes sin escrúpulos.
Por cierto, estimado robot, me da igual cuál sea su puto partido, así que no ensucie mi post con sus porquerías y su cretinismo.