En Barranquilla los políticos tradicionales se pasan de conchudos. Esta valla publicitaria tiene 4 potentes reflectores que encienden desde la 6 PM hasta las 6 Am, NO TIENEN CONTADOR. Están conectados a la red de alumbrado público. ¿Adivinen quién paga ese consumo?
¡EXACTO!
He llegado a la conclusión de que el principal problema de Colombia no es la inseguridad, ni la corrupción, ni la desigualdad. Es la cama de Gustavo Petro.
Llevo cinco años recibiendo llamadas de periodistas, políticos, “fuentes muy bien informadas”, opinadores profesionales y ciudadanos profundamente angustiados por un único asunto: la vida sexual del presidente. Convencidos, además, de que yo debía conocer hasta el último detalle.
Al comienzo la obsesión era demostrar que le gustaban los hombres. Hubo quienes invirtieron más tiempo en esa teoría que en leerse un solo proyecto de ley.
Como esa novela no produjo el final que esperaban, el libreto cambió. Ahora necesitan saber cuántas mujeres tiene, quiénes son, quién entra, quién sale y, de paso, atribuir cada nombramiento de una mujer al viejo recurso del colchón. Porque, al parecer, para algunos una mujer nunca llega a un cargo por mérito; siempre debe existir una explicación que pase por la alcoba.
Hay que reconocerles la disciplina. No conozco un solo experto en política pública tan juicioso como los especialistas nacionales en el catre presidencial. Si esa capacidad investigativa la dedicaran a rastrear contratos amañados, fortunas inexplicables o redes de corrupción, Colombia sería Suiza.
La ironía es deliciosa: quienes más hablan de moral son los que llevan cinco años intentando asomarse por el ojo de la cerradura de la habitación del presidente.
Y, mientras el país discute reformas, economía, seguridad y relaciones internacionales, una parte de la opinión pública sigue convencida de que el secreto del poder está escondido debajo de las sábanas de la Casa de Nariño.
Y luego se preguntan por qué el debate público está tan degradado.