Levantarse a las cuatro de la mañana.
Salir de casa siendo de noche.
Llegar al mismo autobús de siempre y sentarte en el mismo sitio.
Charlar del viaje a Austria con los que fueron y los que no.
Mirar como amanece desde el autobús ya de camino a Londres.
Parar en una estación de servicio y ver a los del Ipswich de camino al norte yendo a Manchester mientras nosotros vamos al sur y empatizar plenamente con su día.
Acercarte a Londres mientras las carreteras se amplían y el tráfico aumenta. Comerte un sándwich y poco más.
Llegar al estadio y ver a policías y stewards ya preparados antes del partido.
Buscar el mismo pub al que has ido las últimas dos-tres temporadas y saber en qué barra te sirven más rápido por pura experiencia.
Ver las alineaciones en el móvil 75 minutos antes del partido y alegrarte porque vuelven Isak y Szoboszlai cuando casi nadie lo esperaba.
Apurar lo máximo posible antes de dirigirte al estadio.
Entrar e ir directo hacia la grada.
Y, ahí, ahí empieza la magia.
No existen los problemas del trabajo. Nadie percibe el pasado ni el futuro. Tan solo lo que vivimos en ese instante. La consciencia en su máximo exponente.
Te quita un penalti el VAR. Te vas al descanso 1-0 abajo pero con un jugador más.
Hay fé. Hay convicción. Hoy puede pasar algo bueno.
Y pasa. Remontas. Se desata la catarsis. La locura. El balón toca la red y se desencadena el estallido de ese córner del estadio donde solo hay alaridos, saltos, brazos en alto y un sinsentido que, a la vez, dota a todo el resto de sentido.
El madrugón, los kilómetros en el autobús, la estación de servicio, el sándwich y las horas de trabajo que has necesitado para pagar todo esto.
El partido sigue. El partido se acaba. El partido se gana.
Hay alivio. Hay alegría. Y hay coherencia. Hoy la moneda ha salido cara.
Volvemos al autobús. Vuelve a aparecer la realidad. La distancia a casa. Y los problemas del pasado y el presente.
Cinco horas de autobús para arriba. Te vuelves a encontrar a los del Ipswich en la misma estación de servicio (que han perdido 3-2 en Manchester). Y vuelves a empatizar con ellos.
Llegas a Anfield. La calle está en obras. Tienes que coger el autobús tras veinte minutos de camino para llegar a casa.
Qué poco importa. Hoy todo ha valido la pena. Hoy todo cae bien. Hoy todo funciona.
No cambiaría estas experiencias por nada en el mundo.
Volvemos en dos semanas. Entonces tendremos Estambul y Londres en siete días. Una locura y la vez una maravilla.
It’s a way of life.
Brentford. Away.
#AwayDays