Vesna, la Espadachina Banqueteníveo
Comandante de la Druzhna
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En Snezhnaya, el apellido "Strivozha" denota cierta importancia.
Este antiguo linaje vila, que ya existía antes de los primeros turbulentos días de Snezhnaya, ha perdurado a través de incontables tormentas y se ha granjeado innumerables honores a lo largo de los años.
Vesna está claramente a la altura de tal apellido. Es deslumbrante, posee una desenvoltura impecable, modales elegantes y un porte distinguido... la mayor parte del tiempo.
Un verdadero espíritu libre como ella se niega a sufrir las restricciones de las normas y etiquetas de la alta sociedad, algo que puede llevarle a ocurrencias de lo más sorprendentes. A veces, conduce el tren a velocidades tan temerarias que el vehículo se vuelve borroso, sabiendo que una buena reprimenda le espera al final del trayecto. En otras ocasiones, coloca una rodaja de limón ácido en la bandeja de su colega con sumo cuidado y meticulosidad...
Pero nadie cuestiona la nobleza de Vesna: su honor jamás reside en la etiqueta ni en los gestos superficiales, sino únicamente en el filo de su espada.
La Druzhna es la espada que empuña la propia Zarina, y Vesna es su filo más peligroso.
Vesna no puede considerarse particularmente mayor entre los vila. Si acaso, podría decirse que es demasiado joven. De hecho, cuando se unió a la Druzhna, la llamaban "esa muchachita de la Casa Strivozha", aunque tal título cayó en el olvido en cuanto sus habilidades y logros comenzaron a hablar por sí mismos.
Para cuando asumió oficialmente el cargo de comandante general de la Druzhna, el nombre de "Vesna" ya brillaba tan intensamente que la gente había olvidado el apellido "Strivozha" que lo acompañaba.
Ahora, después de varias generaciones, ese apellido tan formidable ha encontrado una portadora aún más formidable para su legado.
Quizás, para la propia Vesna, su verdadera gloria no reside en el apellido de su familia ni en su prodigioso talento, sino en su convicción firme e inquebrantable:
Por la Zarina, por Snezhnaya.
Así fue y así será. Al igual que los antiguos glaciares, ningún viento, por caprichoso que sea, podrá cambiar este hecho.