Tomen cerveza, vino, lo que sea, abracen a sus padres, aprendan a estar solos y disfruten de la vida. Sea mucho o poco lo que tengan, si lo tienen, es suficiente.
Dos jugadas de este Mundial me dejaron pensando en algo que trasciende el resultado: cuánto tensiona el reglamento del fútbol principios que, fuera de la cancha, damos por intocables.
La primera fue la anulación de un gol de Egipto ante Argentina. El VAR se retrotrajo a una falta cometida en el origen de la jugada, varios segundos y muchos metros antes de la definición, para borrar el tanto. En este caso la decisión pudo ser correcta: el contacto existió. Pero el principio que la habilita inquieta. Si un gol, el hecho más definitivo del juego, el que hace estallar un estadio y un país, puede deshacerse retrocediendo a una fase previa cuya frontera es interpretativa, entonces ningún gol es del todo firme hasta que alguien, desde una cabina, decide hasta dónde mirar hacia atrás. La certeza, ese bien que en el derecho protegemos como sagrado, queda supeditada a una apreciación elástica sobre dónde empieza una jugada.
Hay un viejo aforismo jurídico que parece darle la razón al videoarbitraje: causa causae est causa causati, la causa de la causa es causa de lo causado. Si la falta originó la jugada, y la jugada terminó en gol, ¿no es la falta, al final, causa del gol? Suena impecable, pero tiene trampa. El propio derecho que acuñó la máxima aprendió pronto a ponerle freno: sin límites, todo termina siendo causa de todo, y habría que sentar en el banquillo también a quien fabricó el arma, y al que le vendió el acero. Por eso la doctrina se queda en la causa próxima y no persigue la cadena hacia atrás hasta el infinito; el aforismo se agota en una o dos iteraciones, no en varias jugadas y muchos metros de distancia. El VAR, en este caso, sí la persiguió. Retrocedió pases y metros como si el hilo causal no tuviera que cortarse nunca. Toma el aforismo, pero se olvida de su límite.
La segunda es más antigua, pero igual de incómoda: la sanción que trasciende al infractor. Una expulsión que no solo se paga en el partido donde se comete la falta, sino en el siguiente. Y como el fútbol es una empresa colectiva, el castigo, formalmente individual, lo termina cumpliendo todo un equipo, una afición, casi un país. En 1998, Zidane fue expulsado en la fase de grupos y su ausencia dejó a Francia al borde de la eliminación ante Paraguay, salvada apenas por un gol de oro. La falta fue de uno; el precio estuvo a punto de pagarlo una nación entera.
Conviene recordar que esta norma no es de derecho divino. Las tarjetas nacieron apenas en 1970, y la propia FIFA acaba de reformar en 2026 el castigo por acumulación, precisamente para que los seleccionados no se pierdan partidos decisivos. Es decir: la institución ya admitió que el diseño podía ser injusto. Solo que la reforma se quedó a medias, porque atacó la acumulación de amarillas pero dejó intacta la raíz: que una pena recaiga sobre quienes no cometieron la falta.
Naturalmente no pido un fútbol sin reglas ni sin tecnología. Pido, apenas, que reparemos en la paradoja. En el torneo que más se acerca a lo que Shankly llamaba, con ironía, algo más importante que la vida y la muerte, dos de sus normas: la falta de certeza del gol por actos futbolísticamente lejanos y la pena que trasciende al infractor, chocan de frente con nociones de justicia que en cualquier otro ámbito nos parecerían inaceptables.
El fútbol se toma licencias que el derecho no se tomaría. Vale la pena, al menos, pensarlas.
Como me caga que cada 4 años me vuelvo a ilusionar con la perra selección mexicana en el mundial, hoy más que otros, creo que puede ser el año donde se haga historia.
Cada vez me doy más cuenta que Google está dejando por mucho a Apple en tecnología y uso adecuado de IA para tareas cotidianas. Simplemente en el traductor, Google translate es muuuuuuuuy superior al traductor nativo de iOS.
Mínimo nos daban atole con el dedo, y no, no es que sea mejor, simplemente es que les estuvieron haciendo creer que los de “izquierda” no serían igual, que no habría corrupción, ni nexos con los capos, y salieron peor, y más pendejos para disimular sus artimañas.
Lo de Rocha Moya no es el primero ni el último caso de un político de primera línea con vínculos con el narco, eso es seguro; pero lo que da coraje de verdad, es la displicencia con la que se manejan esos temas en el gobierno de México. Sí, el PRI tenía otros métodos…
Hay momentos donde no puedes evitar que se te quiebre la voz; donde sabes que debes estar aunque en mucho tiempo no hayas estado. Es ahí donde aprendes a valorar la vida, de nuevo.
Vuelos cancelados, cadenas de producción paradas, empresas cerradas, sitios turísticos vacíos, escuelas que mañana no abrirán.
Este país depende demasiado de la voluntad del crimen organizado.
Ver a un diputado federal de Morena pedir licencia para meterse a la casa de los famosos, justo cuando el país está en la peor crisis de violencia en su historia, habla de la mierda de clase política que tenemos, pero más de la mierda de sociedad que somos, que lo toleramos.