Nada me da más pereza que los midwits que se deslumbran con los datos. Los datos son importantes en la medida en que estemos teniendo la conversación correcta desde la perspectiva correcta, pero primero hay que establecer eso.
Cada dos por tres me encuentro con intercambios absurdos en esta red social. Si yo digo que ZP es un ladrón y tú me contestas que no porque Chitalu marcó 107 goles en 1972, obviamente me la suda ese dato por muy cierto que sea. Pues siempre viene el simple de turno a decirte que al menos el otro aporta datos. Sí, datos estúpidos que no vienen al caso.
Con el tema migratorio pasa exactamente eso. No hay ninguna cantidad de gráficas económicas que me puedan convencer de que debería hacer desaparecer mi país como tal, porque no es una preocupación de naturaleza económica.
"La tasa de fertilidad en España aboca al descenso de la población y por eso hay que importar millones de personas, aquí tienes la grafiquita que muestra la proyección del descenso". Muy bien, pero esa conclusión te la sacas del cimbel ¿por qué no puedo preferir que haya menos población? ¿por motivos económicos (que encima son mentira, son importantes para mantener intereses económicos de colectivos concretos, nada más)?
Pues es que a mí, que me digas que si no me cargo absolutamente la demografía española (y por tanto España), tengo no sé qué dificultad económica, me resulta como si me dices que si no abandono en el bosque a mi hijo pequeño, no me voy a poder comprar una moto.
¿qué psicopatía te hace pensar que me importa más comprar una moto que la integridad de mi familia? Pues así me suenan los argumentos económicos que "demuestran" que tenemos que aceptar destrozar España.
Me la suda lo más grande lo cierta o falsa que sea la premisa, la conclusión es estúpida y los datos improcedentes porque no entienden de qué va realmente la discusión. Si tú eres un apátrida o un traidor, estas cosas te dan igual. Del mismo modo que, como no es tu hijo y te dedicas a vender motos, lo de abandonar a mi hijo te parece aceptable, pero a mí no me lo va a parecer nunca por muchas gráficas que saques demostrando que me frustra la Ducati.
Si eres un absoluto midwit, seguirás sin entender que eso no es rechazo a los datos, sino comprensión de que los datos necesitan contexto y perspectiva para tener sentido.
Día 1 en Soto del Real
No he pegado ojo. Ni una puta cabezada.
Koldo ronca en la litera de abajo como un camión de mudanzas viejo, de esos Pegaso que lleva dos décadas sin pasar la ITV. Ronca como si estuviera subiendo el puerto de Pajares en tercera. Arranca, tose, se ahoga, escupe gasoil y vuelve a vibrar.
Yo estoy arriba, mirando una mancha de humedad en el techo que se parece sospechosamente al mapa de España, pero una España podrida, desconchada. Huele a humanidad rancia aquí dentro.
A mi derecha, en la celda contigua, hay un tipo que lleva una hora cascándosela. Se oye el ritmo, clac-clac-clac, lento, sin ganas, como el que ficha en una oficina a las ocho de la mañana. Desde el fondo del pasillo, alguien ha gritado antes: "¡Ábalos, hijo de puta, aquí las mordidas en la polla!". Y luego risas. Esas risas huecas, metálicas, de hienas enjauladas.
Solo. Estoy jodidamente solo.
La única que tuvo los ovarios de aparecer aye fue Andrea. La vi hace unas horas, ahí fuera. Entre los flashes de la COPE y los buitres esperando la carroña, estaba ella. Se despidió con una mirada rápida, seca, de las que duelen más que un puñetazo. De las que dicen: "Qué jodido lo tienes, José Luis, y qué solos nos quedamos". Qué ironía. Me han llamado golfo, me han acusado de todo con las mujeres... y al final, la única lealtad real viene de una exnovia a la que ya no tengo nada que ofrecer salvo vergüenza.
Los otros... los otros se han borrado. Ni Pedro ni ninguno de los palmeros que me reían las gracias mientras yo me manchaba las manos de grasa para que la maquinaria funcionara. Ni una llamada. Ni un mensaje de "aguanta, José Luis". Nada. Me han dejado tirado en la cuneta como a un perro atropellado, esperando que pase el basurero y me recoja. Han desaparecido más rápido que el historial del WhatsApp de García Ortiz. ¡Jé! Si yo hablara...
Y mira que pienso en la venganza. Joder si pienso en ella. La saboreo más que el último ducados que me fumé en libertad. Podría quemar Ferraz mañana mismo. Podría sentarme delante del juez y cantar La Traviata. Tengo los nombres, tengo las fechas. Podría hacerlo. Podría arder Roma.
Pero no lo haré.
Nací creyendo en causas, en banderas, en unas siglas y en esas ideas grandes que te hacen sentir que tu vida significa algo. Me enamoré de ellas. Y cuando las ideas me fallaron (o yo les fallé a ellas) busqué el mismo fuego en las mujeres. En cada una pensé que encontraría salvación. Pero uno no puede amar bien cuando se odia tanto. Y ahora, en esta celda que huele a humanidad rancia, solo puedo pensar en ese olor a sal y perfume caro. Eso es lo único que me queda: recuerdos de sábanas de hotel y promesas que nunca cumplí.
Un funcionario se ha acercado a la reja. No ha dicho nada, solo me ha pasado un MP3 viejo por la rejilla, como quien le da una aspirina a un moribundo. Le doy al play. Suena Willie Nelson, y su voz rasgada parece la única cosa honesta en kilómetros a la redonda:
"Cruel, cruel world, must I go on?
Cruel, cruel world, I'm moving on
I've been living too fast
And I've been living too wrong
Cruel, cruel world, I'm gone."
Otra noche en Soto del Real
Son las nueve de la noche. Koldo está subido a la escalerilla de la litera, con los codos hincados en mi colchón, ocupando, como siempre, un espacio que no le corresponde. En la mano tiene un trofeo: una magdalena que robó del desayuno y ha tenido macerando en el bolsillo del chándal todo el día. La saca ahora, aplastada, deforme, una masa amarilla que suda grasa contra el envoltorio de plástico.
—Toma, jefe, cómete algo que no has cenado nada —me dice, acercándome la magdalena a la cara.
Aparto la vista con una mueca.
—Déjalo, Koldo. No tengo hambre. A veces el asco llena más que la comida.
Han pasado cuatro días desde que entré aquí. Cuatro putos días en los que la cabeza tiene demasiado tiempo para perderse. Ayer vino el abogado. Me trajo papeles, plazos, estrategias. Y antes de irse, me pidió que le dictara algo para Twitter. "Algo que tranquilice, José Luis, que demuestre que estás bien". Así que le dicté: "Sigo fuerte y firme" y que mi adaptación es "menos traumática de lo esperado".
Los cojones.
Se lo dije para que las hienas de fuera no huelan la sangre. No me conviene parecer un animal herido. Pero la realidad es que tengo miedo. Me duele la espalda por este colchón de mierda donde los muelles se clavan como dedos acusadores. Y tengo frío. Un frío húmedo que no se quita con mantas.
Para distraerme, cojo los folios que me dejó el abogado. "Impresiones de internet", me dijo. Enciendo la lamparita y, entre recortes de prensa serios, encuentro un hilo de un foro que habla sobre nosotros. Sobre mi primera noche. Lo leo despacio.
—Koldo —le digo—. Aquí han escrito un relato sobre nosotros.
—¿Y qué dice, jefe? ¿Hablan de las mascarillas? —pregunta Koldo mientras abre con los dientes el envoltorio de la magdalena.
—No, Koldo. Habla de nosotros. Nos describen como personajes, pero se olvidan de que somos personas.
Algunas partes del texto me sacan una carcajada floja. No viene mal reírse cuando se está tan mal.
—Escucha esto —le leo— Dicen que roncas "como un camión Pegaso sin ITV".
Koldo suelta una risotada corta, porcina. —Un Pegaso... —murmura, engullendo la magdalena como quien lleva diez días sin comer.
La mención al camión me recuerda a la carretera. A esas noches en el Peugeot 407. Cierro los ojos y casi puedo oler aquel ambientador de pino que no camuflaba el olor del tabaco.
Joder, qué tiempos. Nos creíamos los putos Reyes Magos de la democracia. Pero en vez de oro, incienso y mirra, repartíamos socialismo. Íbamos de agrupación en agrupación, de municipio en municipio, quemando la noche en las carreteras secundarias de España. Nos creíamos invencibles, con la certeza absoluta de que estábamos salvando el país desde el asiento sudado de un coche francés. Creíamos que el fin justificaba los medios, sin saber que los medios nos acabarían jodiendo.
Y ahora mírame. Entre rejas leyendo ficciones sobre mi desgracia. Hay gente ahí fuera que disfruta con esto. Se ríen. Se sienten limpios viendo al animal enjaulado. Miran desde la grada, con la envidia del que nunca tuvo precio porque nadie quiso comprarles.
Koldo se chupa el dedo, brillante por el aceite de palma. Se da un golpe en el pecho y eructa.
—Joder, qué ardores, jefe.
—Es lo que tiene tragar tanta mierda, Koldo. Que al final repite.
“Le dieron siete tiros, apareció de rodillas, le habían puesto un gorro de lana tapándole la cara y le taparon la boca con la bandera española. Muy poco antes de que asesinaran a mi marido estuvimos en Madrid. Recuerdo que estando en casa de mi cuñado, hablando de lo que estaba pasando en el País Vasco, mi cuñado le dijo:
"Vicentico, tú corres peligro tal y como hablas, tú estás corriendo peligro". Yo miré a mi cuñado y asentí: "Sí, de la forma que habla...". Y era cierto, Vicente hablaba como sentía, como él lo estaba sintiendo todo y lo decía libremente, lo decía en la calle. Lo malo es que lo decía en la calle. Con los amigos, con los amigos hablaba y ese fue su error, decir lo que sentía en alto. Poquito, muy poquito después de aquel viaje a Madrid, en el que le recriminamos por hablar tan claro de estas cosas, fue cuando lo mataron. Fueron a por él y lo mataron. Fue un viernes 14 de noviembre. Le quería sorprender con unas de esas cenas que tanto le gustaban, cabeza de cordero. Le encantaban asadas. Él había estado con los amigos en Capitán Mendizábal, tomando unos vinos, como todas las tardes después del trabajo. A las nueve y pico ya venía para casa, lo sé porque lo vio mi hija. Cuando ésta llegó me dijo: "¿Y papá?, lo he visto abriendo el portal de casa". Ahí fue donde lo cogieron, justo cuando iba a abrir la puerta del portal. El 14 de noviembre lo mataron y a últimos de mes nos tuvimos que marchar. Allí no había quien parara.
Empezamos a recibir amenazas por teléfono. A mi hijo la Guardia Civil lo tuvo que sacar de su casa con su mujer y su hijo de un año. Fueron las autoridades las que nos dijeron: "Os tenéis que marchar". Incluso alguna vez que volvimos recibíamos llamadas a las tres o cuatro de la mañana: "Ya sabemos que estás aquí, que has vuelto".
Rosario Zabala, esposa de Vicente Zorita Alonso, asesinado por ETA el 14 de Noviembre de 1980.