No hubo pelea, no hubo palabras duras, solo un silencio que se instaló entre nosotros, cómodo y cruel a la vez. Y así entendí que a veces la vida no rompe lazos… solo deja que se desvanezcan, como si nunca hubieran existido.
No todas las despedidas hacen ruido. Algunas llegan como una marea silenciosa, borrando nuestras huellas sin que nos demos cuenta. Un día dejamos de hablar tanto, de reír por cualquier cosa, de buscarnos sin motivo… y cuando quise darme cuenta, ya no estabas.
Mi voz se disuelve en el aire, como si el silencio supiera que no hará falta. Y cuando cae la noche, solo estoy yo, en el mismo rincón de siempre, sin nadie que pregunte, sin nadie que note.
Siempre camino detrás, cuando no hay lugar para mí. Cuando el mundo se llena de voces, la mía se apaga antes de nacer. Escucho como quien recoge cristales rotos, con manos abiertas, sin guantes, sin quejas. ¿Pero quién recoge los míos?