2024: el ferrocarril vive en España el mejor momento de su historia.
2026: el ferrocarril está abandonado y deteriorado por culpa del PP.
¿Alguien se cree a Óscar Puente?
Ha llovido fuerte en varios lugares de España y está todo el mundo muy contento porque esta vez sí han sabido actuar nuestros gestores: han dicho que no vayan los ciudadanos al trabajo ni los niños a la escuela ni los funcionarios a sus puestos. Mano de santo y dicha general, somos un Estado ultramoderno. Seguro que la próxima vez que haya fuego en los bosques las autoridades recomiendan a los lugareños que aprovechen tales días para ir a Benidorm y relajarse en la playa, porque ya lloverá y se acabarán las llamas.
Creo que esta bonhomía con que aceptamos que lo mejor es no hacer nada y dejar de trabajar si hay frío o calor, lluvia o sequía, quebranto o celebración, tiene dos causas, una idiosincrásica y otra muy perversa.
Primera, que somos un país de zánganos y que nada ansía más el personal que un día sin ir a la oficina. En este punto se da una circunstancia peculiar: cuanto más cómodo e irrelevante, absolutamente prescindible, es el trabajo de un sujeto, mayor el ansia por no ir a trabajar, porque vivimos en un perpetuo simulacro de agotamiento. Mismamente en las universidades españolas casi todo el mundo se dice cansadísimo, aunque lleve ocho meses sin dar una clase o haya hecho su última investigación hace un lustro. El sudoroso y dolce far niente. En esas mismas ciudades en las que hoy los funcionarios siguen en casita, los repartidores de panadería siguen circulando y los cajeros de supermercado siguen en sus puestos. Los profesores no, caray, por si les cae un témpano en la metafísica.
Lo otro es que todas estas medidas preventivas, como el mandar a todo el mundo a vegetar en su guarida si el clima se pone feo (¿se imaginan lo que se trabaría en España si nevara como en Finlandia o se helara todo como en Suecia?) suponen una asunción tácita y tranquila de que el país no funciona y que, ante la ausencia de instancias públicas u organismos capaces de prever, de prevenir, de organizar, de paliar daños, de proponer alternativas, etc., etc., lo mejor es cortar por lo sano y que nadie haga nada mientras no escampe, a ser posible allá por mayo.
Esto es todavía más terrible que la vagancia, pues implica dar por irremediable el hecho de que el Estado va camino de desaparecer. Si ya no vamos a tener seguramente más trenes de alta velocidad en buen funcionamiento, pues cristiana resignación: el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Y a seguir votando y viviendo como si tal cosa. Perón lo supo ver antes que ninguno, no lo olviden.
Esa desaparición de un Estado eficiente, aceptada con naturalidad, será progresiva, en realidad estamos al inicio. Vendrán pronto cosas como que deje de funcionar la policía (y no será por mala fe de sus funcionarios, sino por corrupción de sus altos mandos y de los políticos que los seleccionan) y cada ciudadano asuma que tiene que resguardarse del delito por sí mismo, sea no saliendo de noche, sea pagando seguridad a la pandilla del barrio o sea, si hay dinero, yendo a vivir a urbanizaciones fuertemente protegidas por empresas privadas de seguridad. Otro tanto pasará con la sanidad pública, que será la que organice la muerte de los pobres cuando les toque y porque no se superó la lista de espera, y se verá muy natural que el que quiera tratamiento a tiempo se lo tendrá que sufragar por su cuenta. Etc., etc.
En resumen, un Estado que cada vez nos cuesta más protege cada vez menos nuestros derechos y deja de brindarnos servicios básicos, a la vez que los mismos responsables corruptos culpan del desastre a la globalización, al capitalismo salvaje, a las privatizaciones o al cambio climático o la mala suerte. Y todos tan contentitos metidos en sus casas hasta que deje de llover o hasta que amaine el tiroteo en la calle.
Para trabajar en el sistema nacional de salud hay que aprobar el MIR. Todos los médicos, hayan estudiado donde hayan estudiado.
No es ignorancia, es maldad. Cada día una cortina de humo.
Cada día un enfrentamiento: periodistas, jueces, universidades, hoy médicos.
Puede ser útil que distingamos entre gobernar para corromperse y gobernar para corromper la sociedad.
Gobierna para corromperse quien procura aprovechar su poder para conseguir dinero, bienes o ventajas de manera ilícita y tratando de sortear la legalidad mediante el uso de sus resortes políticos. Lo mismo cuando el gobernante busca esos beneficios para sus familiares, amigos o más allegados en el partido.
Gobierna para corromper la sociedad aquel que, tanto o más que al enriquecerse o enriquecer a los suyos, disfruta disolviendo los valores sociales y las reglas morales que vienen rigiendo el grupo social y que dan su sentido último a la propia Constitución (por ejemplo, a la independencia judicial y a la separación de poderes).
Los políticos de este segundo tipo sienten especial placer al socavar las bases mismas de una moral social ilustrada, racional y propia de ciudadanos moralmente adultos.
Los políticos corruptos de la primera clase tienen indudable alma de ladrones, ladrones de guante más o menos blanco. Los de la clase segunda suelen ser narcisistas y psicópatas sin empatía y capaces solamente de quererse a sí mismos. Por eso destrozan toda regla social que obstaculice el culto al líder y no le permita imponer su voluntad arbitrariamente. Esa pulsión de poder sin límite es el único placer que disfrutan realmente, dada su sicología enfermiza.
Lo común es que alrededor de los que corrompen a la sociedad haya muchos dispuestos a corromperse y medrar. Se aprovechan del narcisismo de los jefes, de lo vulnerable que el narcisista corruptor es al halago y al culto al líder.
Hay políticos honestos y los hay corruptos. Entre los corruptos, es muy importante establecer cuáles lo son de un modo u otro y cuáles de los dos modos. La amenaza más radicalmente grave para la sociedad y para el Estado constitucional de Derecho la suponen los de esa segunda clase, los corruptores sociales. La sociedad tarda mucho más en curarse de la enfermedad moral que le inculcan los corruptores que de lo que robaron los ladrones.
Que cada cual haga sus diagnósticos. Algunos de tales diagnósticos son muy claros, me parece a mí.
Ojalá inventen algo para que no se caigan los auriculares inalámbricos al suelo. Algo que los una y no se pierdan. No sé, un cable o algo así.
Y ya puestos, que ese cable tenga algún sistema para conectarlos al móvil y no depender de la batería. Como una clavija. Sería genial.
Ayer un amigo Argentino me contaba que el problema de sus país, durante años, fue q había mucha gente dispuesta a vivir con muy poco dinero con tal de no trabajar. Esto arruinó al país,a clase media y las arcas del Estado q compraban sus votos dándoles subvenciones. ¿Les suena?
11/ En resumen, la declaración incriminatoria de Aldama, por sí sola, es insuficiente para condenar a otros.
Pero, si existen otros elementos periféricos que corroboren la veracidad de lo declarado, entonces sí tendrá valor como prueba de cargo.
Pedro Sánchez anuncia un paquete de ayudas de 400 millones de euros a los países más pobres.
Lo anuncia mientras tiene a 845.371 personas que lo han perdido absolutamente todo y, a día de hoy, siguen esperando que alguien les ayude.
El despreciable postureo ético que prefiere ayudar antes a un tipo en Zambia que a un agricultor que vive a cien kilómetros de su casa.