Hay goles que no se gritan completos.
Se quedan a mitad de la garganta,
como quien teme despertar algo
que todavía no existe.
Ayer, en Cusco,
Huamán anotó un golazo
y conmigo entraron torneos enteros
de espera.
No es un campeonato todavía,
apenas es un paso,
pero hay pasos
que pesan como una vida.
Quise celebrar.
De verdad quise.
Golpear la mesa, abrazar a cualquiera,
dejar que el cuerpo hiciera lo suyo.
Porque el cuerpo sí cree.
El cuerpo siempre cree primero.
Pero después apareció el miedo, la mufa,
ese hincha viejo que vive dentro de mí
y que en muchas ocasiones no puede dejar de vivir
como si todavía estuviera ocurriendo.
Entonces dudo de mi alegría.
Como si celebrar antes de tiempo
fuera una forma de tentar al fracaso.
Y aun así,
hay algo imposible de contener:
ese grito.
Ese que nace antes de pensar,
antes de calcular tablas, fechas o finales.
Ese que atraviesa el pecho
como si el fútbol pudiera devolvernos
algo más que una copa.
Tal vez no sea el Apertura.
Tal vez todavía falte sufrir muchísimo.
Pero anoche, por un instante,
sentí a la esperanza de celebrar otra vez
con camiseta azul y blanca.
Y qué difícil es
pedirle calma al corazón.