@PabloBacologo@alinadetormes Tiene mucho de meter su mierda con calzador. Va a hacer falta crear un Observatorio de Memoria Histórica de los territorios descolonizados.
@pirata_al@boroscq@honrubiahurtado Es muy razonable prohibir los actos inmorales en lugar de dar la opción de poder hacerlos. La cuestión no es prohibir o permitir, sino la moralidad de la acción, que es lo que se discute.
@RicardoFernLast@boroscq@honrubiahurtado Está claro, por eso las mujeres hacen un video de las ecografías y lloran cuando pierden al bebé... perdón, a la potencia
El problema aquí es que das por resueltas precisamente las cuestiones que están en discusión.
Afirmas que el aborto es un derecho humano, que la eutanasia es pura dignidad humana y que cualquier crítica a ambas cosas constituye automáticamente un ataque a las mujeres o a los derechos fundamentales.
Pero eso no es un argumento, es una conclusión presentada como punto de partida.
Porque la cuestión filosófica y política nunca ha sido si las mujeres tienen dignidad, sino qué ocurre cuando entran en conflicto dos realidades que también reclaman consideración moral.
Y resulta curioso que se presente la posición contraria como una extravagancia religiosa cuando históricamente han existido corrientes de izquierda que rechazaban el aborto precisamente en nombre de la protección del más débil.
La izquierda antes hablaba constantemente de explotación, vulnerabilidad y defensa de quienes carecen de voz o poder para defenderse.
La izquierda no consideraba automáticamente progresista todo aquello que aumentara la autonomía individual. Se preguntaba también quién podía resultar perjudicado por esa autonomía.
Por eso hubo socialistas, laboristas, marxistas humanistas e intelectuales de izquierdas que contemplaron el aborto con enormes reservas.
Y no porque fueran católicos ni conservadores precisamente, sino porque entendían que el debate afectaba precisamente a un ser humano radicalmente dependiente e indefenso.
Lo que ocurre hoy es que la izquierda ha sustituido la pregunta por el más débil por la pregunta por la autonomía individual.
Y una vez hecho ese cambio, cualquier objeción queda automáticamente expulsada del campo progresista, pero la historia de la izquierda es mucho más compleja que eso.
También es llamativo que se considere intolerable escuchar al Papa en el Congreso mientras se celebra la presencia constante de activistas, grupos de presión, organizaciones ideológicas o movimientos sociales que intentan influir en la legislación.
Parece que el problema no es que alguien defienda una posición moral. El problema es que defienda una posición moral distinta.
Además, se insiste en que el Papa atacó derechos conquistados tras siglos de lucha. Como si toda conquista histórica fuera necesariamente irreversible y moralmente perfecta.
La jornada laboral de ocho horas fue una conquista. La libertad de expresión fue una conquista. La igualdad ante la ley fue una conquista.
Pero llamar conquista a una ley no la convierte en sagrada. En democracia todo puede debatirse, incluso aquello que algunos consideran definitivamente resuelto.
Lo más preocupante del texto, sin embargo, es otra cosa. La idea de que escuchar una opinión discrepante ya constituye una agresión.
El Papa habló. No legisló, ni derogó ninguna ley, ni obligó a nadie a obedecerle, ni convirtió España en una teocracia.
Simplemente expuso una posición conocida desde hace siglos. Y si una democracia no puede soportar que una opinión contraria sea pronunciada en voz alta sin que se la considere una amenaza existencial, entonces el problema no está en el Papa.
El problema está en una cultura política que ha confundido el debate con la adhesión y la discrepancia con la agresión.
Por eso la verdadera pregunta no es por qué el Papa habló en el Congreso. La verdadera pregunta es por qué la izquierda parece haber llegado a la conclusión de que ciertos asuntos sólo pueden discutirse mientras todos estén de acuerdo.
@BlueRapsberry_ A ver si te piensas que esos empresarios se han criado en Marte. Somos la misma cosa: empresarios sinvergüenzas y trabajadores sinvergüenzas. Unos explotan, otros escaquean. Unos quieren salario minimo, otros quieren trabajo minimo. La cosa es quien tenga mas poder.