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49 autores (entre los que me encuentro) coordinados por @gema_faviles y José-María Montero.
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🚨#Feminicidio en Callosa de Segura, en Alicante: el detenido, José, de 48 años, con antecedentes por violencia machista y otros delitos, #confiesa haber estrangulado a su pareja, Patricia, de la misma edad.
❌El hombre es un agresor #multirreincidente: constan denuncias previas por violencia machista de sus exparejas.
❌Patricia también había sido #víctima de violencia machista de una relación anterior.
#NiUnaMás #NiUnaMenos #BastaYa
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La historia detrás de los huevos Benedict.(Benedictinos)
Cocinar es, ante todo, una forma de conversar. Cada plato que sale de los fogones lleva consigo un relato silencioso, un viaje en el tiempo que une culturas y paladares. Hoy quiero invitaros a descubrir los secretos de un clásico imprescindible de los desayunos tardíos: los huevos Benedict. Es una receta que despierta pasiones por su técnica, pero también por las divertidas leyendas que esconde su origen.
Para entender la magia de este plato, debemos viajar al Nueva York de finales del siglo XIX. La historia más popular nos traslada al invierno de 1894, en las lujosas salas del Hotel Waldorf. Se cuenta que un corredor de bolsa llamado Lemuel Benedict entró al restaurante buscando un remedio infalible para una noche de excesos. Pidió una combinación muy particular: tostadas con mantequilla, tocino crujiente, huevos escalfados y una buena jarra de salsa holandesa. El famoso maître del hotel, Oscar Tschirky, vio tanto potencial en aquella ocurrencia que decidió refinarla. Sustituyó la tostada por un muffin inglés, cambió el tocino por bacon canadiense y bautizó el plato en honor a su cliente.
Sin embargo, los amantes de la gastronomía también custodian otra versión más aristocrática. En el restaurante Delmonico’s, el primer gran establecimiento público de Estados Unidos, los señores LeGrand Benedict sugirieron un cambio al chef Charles Ranhofer porque estaban aburridos del menú habitual. Fuera cual fuera el verdadero creador, la fórmula cruzó fronteras rápidamente.
A lo largo de los años, este plato ha desarrollado una hermosa familia de primos hermanos por todo el mundo. Si cambiamos el tocino por salmón ahumado, viajamos a Francia con unos Huevos Royale. Si preferimos una base exclusiva de espinacas salteadas, el plato se transforma en unos elegantes Huevos Florentine. En el sur de Estados Unidos, se preparan sobre un bizcocho salado y se cubren con salsa de carne bajo el nombre de Huevos Country. Incluso en nuestra cocina actual, es maravilloso verlos con lascas de jamón ibérico sobre pan de masa madre. La estructura, al fin y al cabo, es un lienzo en blanco para la creatividad.
Hoy os propongo mi versión personal. Es una variante que respeta la esencia técnica, pero añade el contraste del tocino con la frescura de las espinacas y un toque de pimentón de la Vera.
Para la salsa holandesa base, que suele ser el gran reto de esta receta, batimos con energía al baño María 4 yemas de huevo con 10 centilitros de zumo de limón recién exprimido. El secreto es mantener un movimiento constante hasta que la mezcla doble su volumen. Con paciencia, incorporamos poco a poco 320 gramos de mantequilla clarificada templada, controlando que el baño María no supere los 65°C para evitar que se corte. Sazonamos con sal y pimienta negra, y la reservamos en un rincón templado.
Para el montaje, doramos 4 tiras de tocino ahumado en una sartén a fuego medio. En esa misma sartén, aprovechando los jugos, salteamos 500 gramos de hojas de espinacas durante unos pocos segundos. Aparte, abrimos 2 muffins ingleses por la mitad y los tostamos ligeramente en el horno.
El momento del huevo requiere suavidad. Hervimos agua en una olla ancha y profunda a fuego lento, añadiendo 5 centilitros de vinagre de Jerez para ayudar a que la clara abrace a la yema. Cascamos los huevos en un cuenco pequeño y los dejamos caer despacio en el agua. Tres minutos de cocción son suficientes para lograr una yema sedosa. Los retiramos con una espumadera y los dejamos escurrir bien.
Finalmente, montamos el plato colocando medio muffin como base. Depositamos una tira de tocino y una porción de espinacas, seguidas del huevo escalfado. Vertemos la salsa holandesa tibia con una cuchara y decoramos con un espolvoreado de pimentón dulce de la Vera y perejil fresco picado. Es un bocado donde la tradición y el sabor se encuentran para celebrar el placer de comer bien.
#sedcuriosos
Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.
@ClientesAdeslas Mi madre sufrió un ictus el 13 de abril. Llévanos desde el 23 de abril sin que Adeslas le dé un centro de rehabilitación.
Dan evasivas desde hacer 1,5 meses pese a q el contrato indica q deben proporcionar el centro en 5 días hábiles.
X favor, ayudadme con RT
📈 ¿Cuántos jóvenes viven con sus padres?
En España: el 76% con 20-29 años.
Solo nos superan Corea e Italia. No se mudan ni los universitarios; los pisos son caros y faltan residencias estudiantiles.
Es una anomalía. Y empeora👇
La semana pasada tuve el honor de participar en el Foro contra las Campañas de Desinformación organizado por el Departamento de Seguridad Nacional, cocoordinando el Grupo de Trabajo 3, junto a Guillermo López (MAEC) y Javier Lorenzo Rodríguez (Colegio Profesional politólogos.
1/ Algo de crítica laboral con humor para el finde.
Hoy: el singermorning.
Bajo esta denominación se agrupan los especímenes laborales de verborrea fácil. Ejercen en altos despachos y visten de riguroso traje, tanto si es hombre como si es mujer
Hilo 🧵👇👇
p https://t.co/0tM3K7OIqj. Ñ lo pññp lo l no lo pillo por ññpo Llñpñoñlñmppp
Lo loñOñññpoonñ
K0 no lo ññ lo lo popññoñpo lo lo ññ
Lo po pl nñn lpo l ll iOk ñlnml lo lLcp mm mm ñ noññññ no
ÑÑññoñlñl lo
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