De pequeños, la ingenuidad solía ser una enorme aliada de la imaginación y, en ocasiones, ambas se confabulaban para que lo increíble se fundiera con lo cotidiano, y percibiéramos una realidad aumentada que la edad se iría encargando de reducir.
Dejar desatendidos los sombríos pliegues de su timidez le convirtió en el perfecto carcelero de sí mismo. Allí dentro, en las confortables profundidades del autoengaño, qué sencillo resultaba juzgar lo ajeno tras la traslúcida ventana de las especulaciones.
Quizás la eternidad tan solo exista en la imperfecta intensidad de un instante incompleto, aquel que guarda escenas desfiguradas, palabras borrosas que el tramposo tiempo recompone y devuelve en su forma más amable.
Sólo un latido de vigilia. Es cuanto pido para escapar de este eterno letargo, de una espiral ácida que hunde mi consciencia inerte en lo más profundo del limbo prenatal. He aprendido, ahora sé que ciertos deseos oscuros se pueden revolver contra mí.
Un latido, sólo pido eso.
Los segundos se adhieren salados a la antesala de tu vientre. Las venas gimen en cada peldaño del ocaso, engarzadas a la hiedra arterial de tu cuello que quiebra el insomnio, deshace cualquier pregunta, suelta las suturas del blindaje.
Cuando el acento del silencio alienta el lejano descorche de lo perdido, suele envolver de gentil arcilla las palabras. Es entonces cuando, entre el ayer y un para siempre, se consiguen abrir claros en el invierno.
Una capa muy fina nos recubre; una lámina reflectante e impostada sobre piel curiosa, desentrenada, miedosa. Piel que los vivos ignoran, pero que los muertos conocen bien.