Mi nombre es Marco. Soy enfermero. Hoy… tuve que contener las lágrimas en silencio. Nadie lo notó. Nadie me preguntó cómo estaba.
Esta mañana acompañé a dos pacientes en sus últimos momentos de vida. Abracé a un padre destrozado mientras se despedía de su hijo. Horas después, ayudé a un anciano a lavarse el cabello. Me miró con unos ojos llenos de cansancio y, con una leve sonrisa, me dijo: “Al menos partiré de este mundo sintiéndome limpio.” Apretó mi mano con fuerza. Nadie de su familia llegó para decirle adiós.
Cada día entrego lo mejor de mí: cuidado, tiempo, escucha y humanidad. Pero, entre tanto dolor ajeno, muchas veces olvido tener compasión por mí mismo. No busco aplausos ni reconocimiento. Solo un gesto sencillo. Tal vez alguien que se acerque y diga: “Oye, Marco… ¿cómo estás?”
Quizá eso bastaría para que, por un momento, no me sintiera tan solo.
¿Alguna vez te has preguntado cómo es dedicar la vida a cuidar de los demás y, aun así, sentir que nadie ve lo que llevas por dentro? Esta es una realidad que muchos profesionales de la salud viven en silencio.
Será posible que esto me pase a mí? Feliz por mi primito, con envidia de la buena!! Porque este es el plan de Dios para la humanidad, la familia ❣️💖💕❤️