Vaya,no era culpa de la Ministra.
Mientras ella ofrece bajar de 24 a 17 horas,algo que los médicos consideran insuficiente,el PP dice que no sólo no baja de 17,sino que las 17 le parecen inviables.
Valencia,Baleares,Aragón,Madrid, Castilla y León y Murcia se oponen tajantemente.
‼️ El Estatuto Marco de Mónica García que perpetua únicamente para los médicos las jornadas semanales de 45 horas o más, las guardias de 24 horas los sábados y domingos y la retribución de la guardia por debajo de la jornada ordinaria incluía una única mejora:
👉 Las guardias de los días de diario pasarían de ser de 24 horas a 17 horas al iniciar la jornada de trabajo a las 15:00 horas.
🔴 Pues bien, según ha filtrado el Ministerio de Sanidad a El Pais, 6 CCAA gobernadas por el PP se opondrían incluso a esta mejora porque “es irrealizable”:
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Como psicólogo nunca he visto a un paciente intentando simular una baja, lo que sí he visto es decenas de pacientes que siguen yendo a trabajar aun sintiéndose enfermos o exhaustos, y que he sido yo el que tenga que convencerles para que evalúen la baja médica como una opción. Pacientes que continúan yendo a su trabajo con ansiedad, con depresión, con situaciones muy difíciles porque tienen miedo al despido, a decepcionar a su jefe, a molestar a sus compañeros. La narrativa de las bajas inventadas nace para desprestigiar a los trabajadores y está orquestada por las élites económicas para seguir recortando nuestros derechos.
Vienen los peperos y voxeros anónimos a "insultarme y explicarme" que no se refiere a los "enfermos de verdad" sino a los jetas que se inventan bajas. Ni Feijoó, ni esa gente ha visto pacientes y ha dado "bajas". Yo sí, miles y el engaño y el fraude es una inmensísima minoría que se detecta fácil. He tenido más gente que rechazaba la baja por miedo a represalías que lo contrario.
No es inocente el discurso, no analizan las causas de que se prolonguen (el hundimiento del sistema sanitario público) ni porqué aumentan las causas. Solo van a recortar prestaciones y culpabilizar al trabajador. Esa basura de discurso de "los que madrugan" y tópicos de mierda habituales.
Hoy queremos recordar, una vez más, a Nagore Laffage. Tenía veinte años cuando fue asesinada el 7 de julio de 2008 por el hombre que aparece en la imagen contigua: José Diego Yllanes.
Ambos trabajaban en el mismo hospital, aunque fue durante la noche de San Fermín cuando se encontraron. Se gustaron y decidieron ir a casa de él. Allí comenzaron a besarse, pero de repente él se volvió violento y le rasgó la ropa. Nagore se asustó y le dijo que quería marcharse. Forcejearon. Ella intentó escapar e incluso llegó a llamar a Emergencias. Él le arrebató el teléfono, la golpeó repetidas veces y finalmente la estranguló. Cuando comprobó que había muerto, trasladó su cuerpo a un bosque. Intentó descuartizarlo, pero desistió y terminó abandonándolo allí.
Durante el juicio, además del asesino, también se juzgó la vida de Nagore. A él no lo condenaron por asesinato, sino por homicidio.
Nagore hizo todo lo que tantas veces se dice que hay que hacer: decir no, resistirse e intentar pedir ayuda llamando a Emergencias. Aun así, la asesinaron. Y aun así, cuando ya no podía defenderse, también fue juzgada.
El asesino no llegó a cumplir nueve años de prisión por este crimen. Desde 2017 trabaja como psiquiatra en una clínica privada y, desde 2020, también puede ejercer en la sanidad pública.
Reconocer jurídicamente a “otro” con intereses propios dentro del cuerpo de una mujer convierte su autonomía en una "libertad" tutelada: abre la puerta a que terceros interfieran en sus decisiones médicas, laborales o incluso a que sean penalizadas.
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TODOS los sinvergüenzas que se aprovecharon de oscuros contactos politicos durante la #pandemia para hacer negocios indecentes con las #mascarillas, se merecen el más absoluto DESPRECIO.
Pero TODOS significa TODOS. No sólo los que NO son de nuestra afinidad politica, sino TODOS.
Qué pena que alguna filial de Quirón no venda aires acondicionados, si no, habría máquinas de aire hasta en los baños y pasillos de todos los colegios de Madrid.
Voy escribir algo revolucionario, espero no herir sensibilidades.
Creo que los colegios e institutos de nuestro país deberían tener obligatoriamente aire acondicionado en las aulas.
Un saludo.
Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.
Juan y Medio estremece en #LaNocheDeAimar al denunciar el olvido de nuestros mayores: "La soledad es un crimen de lesa humanidad. ¿Dónde está la justicia social? Hay que ir a por ellos". Una verdad incómoda que debe ser escuchada. 📺💔🥺
#vibrasencorte