Hacerse mayor también implica aceptar que nunca se está absolutamente preparado para nada. Que hay mucho más de improvisación que de certezas. La vida ocurre y nosotros intentamos entenderla.
Una de las cosas más extrañas de la vida es que nunca sabrás cuántas veces alguien casi te envió un mensaje, casi te llamó, casi se dio la vuelta para decirte algo, pero no lo hizo, cuántas despedidas nunca se pronunciaron, cuántos sentimientos nunca se confesaron
Alguien me dijo una vez: “Siempre hay una razón por la que conoces a alguien. O tú necesitabas a esa persona para cambiar tu vida, o tú eres quien va a cambiar la suya”. Y sinceramente, creo que todos deberíamos escuchar eso.
Es duro ver cómo nuestros padres envejecen mientras nosotros seguimos peleando por construir una vida estable. Duele no poder darles todavía todo lo que merecen o no tener siempre el tiempo que quisiéramos, porque esta vida no da tregua. Esa culpa pesa, aunque estemos haciendo lo mejor que podemos.