«Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). Este es el corazón del Evangelio, el corazón de Cristo. Quien se sumerge en él ya no vive para sí mismo. Doy gracias por la fe y la caridad de las que he recibido tantos testimonios en este #ViajeApostólico a #España.
Leiva habla de su documental 'Hasta que me quede sin voz' y recuerda a Robe Iniesta en el encuentro de los nominados de los #Goya2026:
"He aprendido que nada es tan importante y que los complejos se superan".
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Siempre esas voces, esas voces fantasma ❤️🩹
Que bonito @Leiva_Oficial tocando “Hasta que me quede sin voz” con su bandaza y coro en @LaRevuelta_TVE 🫂
Maravilla de programa ❤️
📹 @rtve@larevuelta_tve
diciembre es un mes en el que la familia está más presente que nunca e inevitablemente miramos atrás y también a los asientos vacíos del presente.
Siempre pienso que aunque ya no estén, hay personas que siguen acompañándonos y guiándonos cada día ⭐️❤️
La última de Robe será para siempre eterna junto a nuestro @Leiva_Oficial. Así se fraguó ‘Caída Libre’. Gracias por tantísimo y vuela alto, hombre pájaro.
🖤 https://t.co/TcyL5pajm1
Hoy, con el corazón roto, sólo quiero darte las gracias por el sueño de haberte conocido. Las lágrimas que empañan esta profunda tristeza no borrarán nunca tu recuerdo. Mi familia y yo te echaremos tanto de menos...
Hasta siempre, siempre, siempre, querido Robe.
Los abuelos deberían ser eternos.
Deberían quedarse para siempre en la mesa de la cocina, con ese olor a café recién hecho y pan tostado, con la radio sonando bajito y esa paciencia que no se aprende en ningún libro.
Deberían estar siempre en el banco del parque, esperando a que llegues con tus problemas de adulto disfrazados de urgencia, y ellos, con dos frases y una sonrisa cansada, te los conviertan en cosas pequeñas.
Deberían ser eternos para que nunca falte esa llamada que empieza con un “¿ya comiste?”, aunque tengas treinta años y vivas solo desde hace diez.
Deberían quedarse para siempre con sus historias repetidas, porque al final entiendes que lo repetían para no olvidarse, para agarrarse un poquito más fuerte a la vida.
Y cuando se van, te das cuenta de que eran hogar.
Que las paredes de tu infancia estaban hechas de su risa, sus manos y sus silencios.
Que el mundo duele más sin ellos, pero al mismo tiempo, cada recuerdo es un abrazo invisible que no se gasta.
Ojalá los abuelos fueran eternos.
Aunque quizá lo sean, de alguna forma, cada vez que cierras los ojos y los vuelves a ver sonriendo en tu memoria.
Perdonar no significa negar el mal, sino impedir que genere más mal. No es decir que no haya pasado nada, sino hacer todo lo posible para que no sea el rencor el que decida el futuro.