Domingo. Terraza al sol.
Estás con tu pareja.
Bebé de 9 meses dormido en el carrito.
Llega un tipo. Se sienta en la mesa de al lado.
Saca un cigarro y lo enciende a 1 metro del niño.
Le pides, educadamente, que se vaya a fumar a otro lado.
Sonríe.
Pero no de amabilidad.
De superioridad.
—Tranquila, estamos en terraza. Si no te gusta el humo, te vas dentro.
El típico cuñado.
Va sobrado, pero no tiene ni idea.
—No. La ley ha cambiado y prohíbe fumar en terrazas.
Así que o lo apagas tú, o aviso al camarero para que te lo haga apagar él.
Porque la multa de sanidad os cae a los dos.
Se le borra la sonrisa de golpe.
El camarero, que lo ha escuchado todo, se acerca rápido:
—Caballero, tiene que apagarlo o marcharse, por favor. Nos buscamos un lío.
—¿En serio? ¡Si aquí ha fumado todo el mundo toda la vida!
El tío lo apaga a regañadientes, murmurando:
—Todo os molesta... luego habláis de libertad.
Atención a la ironía.
Creen que "libertad" es molestar a los demás
y encima se hacen la víctima cuando les exiges educación.
Y ahora vendrán los defensores del humo:
"Si no te gusta, te vas tú."
"El mundo no gira alrededor de tu hijo."
Tienes toda la razón.
Pero adivina qué: tampoco gira alrededor de tu vicio.
Tu adicción no es un derecho constitucional.
El problema es que te faltan unos mínimos de empatía.
Si esto te ofende, enciéndete un cigarro y llora.
Pero hazlo en tu casa.
La exigencia de responsabilidades no puede ser selectiva, en funcion de la ideología o partido. A los de la tribu: Es compatible exigir a un gobierno de derechas una respuesta decente ante la DANA y a uno de izquierdas que mantenga una red ferroviaria segura.