El cierre de una empresa que no puede competir con importaciones más baratas o de mejor calidad suele presentarse como “destrucción de industria” o “pérdida de empleo”. Sin embargo, ese diagnóstico ignora cómo funciona realmente la economía. Cuando se abren los mercados y los consumidores acceden a bienes más baratos, se produce un ahorro real en el ingreso de las personas. Ese dinero que antes estaba forzosamente destinado a sostener precios artificialmente altos ahora queda disponible para gastar en otros bienes y servicios.
Aquí es donde resulta útil recordar la enseñanza de Bastiat. En su célebre explicación sobre “lo que se ve y lo que no se ve”, Bastiat mostraba que el error común en economía es observar únicamente el efecto inmediato, por ejemplo, la empresa que cierra e ignorar los efectos indirectos que se generan en el resto del sistema. Lo que se ve es la fábrica que deja de producir, lo que no se ve es el conjunto de nuevas actividades que surgen gracias al mayor poder de compra de los consumidores.
Ese ahorro liberado no desaparece, se redistribuye en la economía. Los consumidores lo destinan a otros productos, servicios, tecnología, ocio, vivienda o alimentos. Esos sectores que sí logran competir porque son más productivos o eficientes, reciben entonces más demanda, más inversión y más empleo. En otras palabras, el capital y el trabajo no desaparecen, se reasignan hacia actividades donde generan mayor valor.
Este proceso, aunque a veces implique transiciones dolorosas, es precisamente el que permite que una economía se vuelva más productiva con el tiempo. Los recursos dejan de estar atrapados en sectores protegidos e ineficientes y se desplazan hacia actividades con mayor productividad, lo que a la larga se traduce en mejores salarios, más innovación y mayor prosperidad general. Proteger artificialmente a empresas que no pueden competir no preserva la riqueza, simplemente obliga a toda la sociedad a pagar más caro para sostener estructuras económicas que ya no son viables.