@ChoneraCirce Seguimos confundiendo la absoluta falta de vergüenza o escrúpulos con genialidad estratégica. Si eres un impresentable y no dimites, no has dimitido y ya está. No hace falta ninguna gran habilidad para no dimitir.
yo te lo explico tranquilo
no creo en conspiraciones de las élites en Davos planeando amargarnos el desayuno. soy más de navaja de hanlon y de emergencia sistémica: tenemos un sistema burocrático que ha alcanzado tal nivel de disfuncionalidad orgánica que solo sabe generar micro-fricciones para justificar su propia existencia
pero lo que de verdad da vértigo es el mensaje subyacente. el tapón atado es la materialización del nanny state. es el Estado asumiendo por defecto que eres retrasado
en lugar de sostener una 'high-trust society' basada en la libertad individual, la educación y la responsabilidad, el sistema claudica. y claudica porque sabe
perfectamente que esa cohesión cívica está rota. Y está rota en gran parte, porque llevamos años diluyendo la población con gente que ha sido educada fuera de nuestros estándares cívicos y de convivencia
como el Estado asume que ya no puede confiar en que tires el puto tapón a la papelera por civismo, te lo ancla físicamente a la botella. te trata como a un niño de tres años con un vaso antigoteo. el sistema te impone una restricción mecánica a ti porque ha fracasado en su tarea de mantener un estándar civilizatorio en la población general
y no solo te lo impone, sino que encima lo hace mal y de forma estúpida
me llena de una pena inmensa ver cómo la gente no solo traga con esta basura, sino que encima se enorgullece de defenderla
nos estamos acostumbrando a asimilar la decadencia. nos acostumbramos a tolerar la estupidez en lo pequeño, el tapón que estorba, la pajita que de cartón que se deshace, el termostato capado por decreto en plena ola de calor causando pérdidas mayores que las que pretenden mitigar
el problema es que cuando tu cerebro asimila que es "normal" que los objetos cotidianos dejen de cumplir su función básica, terminas asumiendo como "normal" que la red de Cercanías se caiga a trozos cada martes, que esperes meses para que te atienda un especialista o que te confisquen medio sueldo para recibir servicios del tercer mundo
si toleras y justificas que te traten como a un inútil incapaz de reciclar un trozo de plástico, acabarás tragando con la incompetencia absoluta de las
instituciones en todo lo demás
el colapso de la democracia liberal no llega con una explosión ni con tanques en las calles. llega el día en que la población se convence a sí misma de que es normal beber de una pajita de cartón
Jep Gambardella sostenía que no podía seguir perdiendo el tiempo haciendo cosas que no quería hacer.
Sorrentino siempre da la impresión de que lleva tiempo aplicándolo.
No puedo verlo más claro: el desprecio por nuestro patrimonio es sistémico. Un regalo diplomático de esa envergadura, al olvido y al vandalismo. Hay lugares que construyen y cuidan sus referentes culturales, y luego está esto.
Ni me he caído de un guindo ni soy anti nada, pero estoy hasta las narices de que, año a año, el negocio le vaya comiendo terreno a la playa
Ya no puedes mirar a ningún sitio sin ver un reclamo, una atracción, una p experiencia, un lugar donde gastar tus euros ¡Ni siquiera al mar!
No vengo a la playa de La Barrosa, que es un paraíso natural, a comer una burguer, ni unas guiozas, ni a escuchar el saxo mientras el sol se pone por el horizonte ni a pegar saltos en un hinchable en alta mar
La playa siempre ha sido un sitio de desconexión, de relax, de charla y de jugar e imaginar. Un sitio sencillo, donde la ruleta se para unas horas. Donde bajas con una toalla y un tupper de sandía, donde no hace falta el monedero
No sé cuánto habrá ganado el ayuntamiento de @chiclana por la concesión o cuántos turistas traerá, cuántas stories de IG os va a generar, pero en mi opinión nunca compensará destruir la playa de nuestros recuerdos, la playa de la que nos enamoramos
(fragmento de la chapa que le he soltado a mi hijo, en la foto, para decirle que no le monto)
If a father bathes his children, both laugh. If a son bathes his father, both cry.
🎥 A Separation, one of the greatest films ever made in Iranian cinema
Hoy escribo el artículo "Clint Eastwood contra los dueños de la pocilga". Un inmenso actor y director que sólo intentaba hacer bien su trabajo y terminó ejerciendo de figura paterna para las generaciones más mimadas de la historia, las de los 80 y 90 https://t.co/nkIFsl4L44
Este gráfico impresiona.
En el centro turístico de Málaga y Sevilla, casi la mitad de las viviendas en alquiler son ya pisos turísticos.
https://t.co/6DJOtwNeT8
La brujería como herramienta para deshacerse de los ancianos en sociedades pobres de parentesco:
Este post comienza con el linchamiento de Akua Denteh, una mujer de 90 años en un pueblo pobre de Ghana (Kafaba, 2020). Acusada de brujería por una adivina y su propia nieta durante una mala cosecha, fue torturada y golpeada hasta morir en la plaza del pueblo. Este tipo de asesinatos por brujería son comunes en Ghana, Tanzania, Zambia, India, Papúa Nueva Guinea y otras regiones.
Resulta que en las sociedades de parentesco (familias extensas donde todo se comparte y se cuida dentro del hogar), los ancianos son venerados en teoría, pero en la práctica se convierten en una carga económica cuando hay escasez de recursos (mala cosecha, sequía, pobreza extrema).
En lugar de admitir “vamos a dejar morir a la abuela porque no hay comida suficiente para los niños”, inventan acusaciones de brujería. La acusan de estar “comiendo” la suerte de la familia, de causar enfermedades o malas cosechas. Esto permite matarla, expulsarla o lincharla sin romper las normas morales de respeto a los ancianos. La brujería funciona como excusa moral perfecta: convierte el asesinato en un acto de “defensa” del grupo.
Es un mecanismo brutal pero eficiente de racionamiento de recursos en entornos de pobreza extrema. El artículo muestra con datos (p.ej. de Tanzania) que estos asesinatos aumentan exactamente cuando hay estrés económico, y casi siempre las víctimas son ancianas viudas que ya no producen.
https://t.co/rrtJ4TMynE
En X, he insistido repetidas veces en que la política española desde 2000 solo se puede entender como la consecuencia de que el PSOE se percata de que, sin el voto nacionalista y cuasinacionalista de Cataluña, del País Vasco y de Navarra, no puede gobernar en España. Simplemente, no hay base demográfica para formar una mayoría electoral de izquierdas sin este voto.
El certificado de nacimiento es del 13 de noviembre de 2003, cuando Zapatero prometió en el Palau Sant Jordi que “apoyaré la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento de Cataluña”.
Ayer, en la segunda parte de unas muy interesantes memorias, César Antonio Molina
https://t.co/TsDVkCfpzN
ilustra esta realidad electoral mejor que nadie (quizás sin percatarse de ello completamente).
Molina narra la discusión con Zapatero sobre el futuro de los papeles del Archivo de la Guerra Civil de la ciudad de Salamanca:
“Le expliqué al presidente todo el asunto reiteradas veces y le recordé la importancia universal de Salamanca y que no era justa esta humillación que se extendía a toda Castilla y León, precisamente de donde él era originario. Llamó a una secretaria y le dijo que buscara el número de diputados socialistas que aportaba esta comunidad autónoma y que los comparara con los de Cataluña. Poco después, regresó con la respuesta en papel. La contribución catalana era abrumadora con respecto a la castellana. El presidente me pasó los papeles y con una extrema frialdad y malestar me dijo: «Aquí tienes la respuesta. ¿Algo más?».”
A uno le puede parecer fenomenal lo que se hizo con el archivo, le puede parecer mal o le puede dejar indiferente. No entro en ello y es irrelevante para este post (aunque seguro que muchos lectores insistirán en dejar comentarios al respecto porque son incapaces de pensar de manera abstracta y olvidarse de los detalles concretos).
Lo que esta discusión demuestra es “la política sin romance”: detrás de las grandes declaraciones y principios, siempre, siempre, siempre hay un cálculo electoral, seas del PSOE, del PP, de Vox o de cómo se llame Sumar esa semana.
Sevilla diluye su alma con el turismo de playa. En Sevilla hay mar, pero no hay playa.
El primero que llegó a este lugar venía buscando plata.
Vino del otro extremo del mar, varó la barca en el barro del estuario. Los de la orilla tenían el metal. Él traía marfil, vino, una escritura, dioses con otros nombres.
Antes de que Sevilla fuese Sevilla, antes de que tuviese nombre, esto ya era el sitio donde se cruzaban los que venían de fuera con los que esperaban en la orilla.
Un puerto es, por definición, un lugar de ida y vuelta. Nadie se queda en un puerto por casualidad. Se llega, o se pasa.
Conviene recordarlo cuando se discute si el turismo tiene derecho a pisar esta ciudad, porque la pregunta, tal como suele plantearse, está mal hecha.
Sevilla no se entiende mirándola por dentro. Se entiende contando quién llegó: protocananeos, fenicios, cartagineses, bereberes, romanos, mauri, vándalos, almorávides, almohades, castellanos, genoveses, catalanes... La ciudad volvió a hacerse, otra vez, con los de fuera.
Y después llegó el mundo entero. En 1503, la Casa de la Contratación convirtió Sevilla en la puerta de América, y por esa puerta entró una Babel.
Estos que vinieron de fuera construyeron lo que hoy sale en todas las fotos: la Giralda, la Torre del Oro, el Alcázar, la Catedral...
Cada gran capa de esta ciudad la puso alguien que venía de otro lado con la ayuda de los que ya estaban. No es una anécdota que se repite. No es una excepción de su historia. Es su método.
Y hay un sitio donde esto se toca con la mano. La iglesia del Salvador fue mezquita, levantada sobre algo visigodo, levantado sobre algo imperial, y debajo no sabemos porque no se ha excavado nunca. El que llega no borra al que estaba. Le pone encima su piedra, su nombre, su culto, y deja debajo al otro, intacto, sosteniéndolo. Sevilla no sustituye. Acumula. Es un pergamino raspado y vuelto a escribir tantas veces que, si lo miras al trasluz, lees todas las manos a la vez.
Si la ciudad es esto, ¿por qué nos quejamos del turismo?
La cosa nunca fue de dónde vienes. Fue qué haces con el sitio cuando llegas.
Los que hicieron Sevilla no la visitaron. Entraron en ella. Comerciaron, construyeron, se casaron, tuvieron hijos que ya nacieron aquí, se murieron aquí y aquí los enterraron. Sumaron una capa. Fueron, todos, participantes. El que vino por la plata, el itálico, el bereber, el genovés: cada uno añadió una mano al pergamino. El que llega y se queda a hacer ciudad es un sevillano más, vengas de Tiro, de Génova o de Lérida.
El otro hace lo contrario. No entra en la ciudad: consume su imagen. Pasa por encima. No raspa el pergamino para escribir su línea; le hace una foto, deja su bolsa de basura en la calle y se va. Saca espectáculo y deja ruido. Y entonces la distinción buena no es la que parece. No es sevillano contra forastero. Es otra. Es entre el que llega y el que solo pasa. Entre el que participa y el que extrae.
Y al que solo pasa le da igual que todo sea mentira. Más aún: la prefiere. Quiere el flamenco de tablao con tarifa cerrada, la tapa de microondas con nombre antiguo, el menú traducido a cinco idiomas y a ninguno. Quiere la postal. Y la ciudad, para servir esa demanda, empieza a representarse a sí misma. Se imita. Se disfraza de lo que el folleto dice que es. Se degrada y se devalúa hasta convertirse en una caricatura de sí misma
Una ciudad se destruye con tiempo. Se le quita el espesor, los siglos amontonados que un lector paciente lee en un muro, y se la deja en una superficie lisa, legible de un vistazo, fácil de vender, superficial, falsa. Una ciudad que puede ser cualquier otra no es Sevilla.
Y sobre esa falsedad que se ha permitido construir por dinero para algunos y por calderilla para la ciudad, critican a los andaluces o a los sevillanos.
Sevilla es una de las ciudades más antiguas de Occidente. Tiene doce metros apilados de Historia construida por gente llegada de todos los rincones.
Eso es lo que pierde quien ama esta ciudad cuando la ciudad se rinde. No pierde turistas. Pierde fondo y esencia.
La gente a la que da igual Sevilla o Benidorm, debería ir a Benidorm, un sitio honesto. No finge. Pone el cartel de sol, copa, ruido barato, y lo cumple sin engañar a nadie. Quien va a Benidorm sabe a qué va, y se le da. No hay falsificación posible porque no hay nada que falsificar: el sitio es exactamente lo que dice ser. El problema no es el que va a Benidorm. Esa persona está en su lugar.
El problema es Sevilla imitando a Benidorm mientras jura que no. Sirviendo una sed que Benidorm ya sacia, pero sin la honradez de Benidorm. El enemigo nunca fue el de la despedida de soltero. El enemigo es la ciudad que actúa como Benidorm fingiéndose eterna. La que raspa su propio pergamino para imprimir encima un folleto.
El primero que llegó venía buscando plata, y se quedó. No se llevó la ciudad. La hizo.
La puerta sigue abierta. Es lo único que esta ciudad ha sido siempre, desde antes de tener nombre: una puerta. Por ahí han entrado tres mil años de gente, y cada uno escribió su línea sin borrar la de abajo, haciendo una obra de arte colectiva.
Una cosa es cruzar esa puerta.
Otra es hacerle una foto, mear en una esquina y marcharse.
La derechuza que no conseguimos quitarnos de encima. La de os hace falta una mili y en mis tiempos si me quejaba de que hacía 40 grados mi padre sacaba el cinturón y gracias a eso no soy maricón como los niños de ahora que encima querrán comer tres veces al día.