Porque, al final, el amor también es eso: querer a alguien por completo, con sus días buenos, sus días difíciles y todas sus versiones. Y seguir eligiéndolo, incluso cuando la vida deja de parecerse a una película
Qué difícil es ignorar una esencia que ha quedado tan clavada en el pecho, en las memorias, en el cielo mismo incluso. Se trata de esa peculiar «familiaridad», casi como un espejismo o como un déjà vu refrescante. Los recuerdos se vuelven vivaces y el corazón palpita con fuerza.
Estoy definiendo en mi cabeza quiénes se quedan y quiénes se van de mi vida. Es un proceso doloroso que me tiene con el estómago cerrado, pero, por primera vez, seré mi propia prioridad. Me emociona y me asusta al mismo tiempo, pero sé que al final tiene un propósito sano.
Odio amar, se los juro. ¿Me heriste? Te perdono, te perdono porque alguna vez te amé, y cuando te hablo sigo sintiendo ese amor y respeto, aunque mi dolor hable de otra forma. Te perdono, porque una vez fui feliz gracias a ti.
Lo romántico que es perdonar y dejar ir. Porque perdonar no siempre es quedarse, es seguir la vida sin rencores hacia alguien que alguna vez amaste tanto.
Nos enseñaron que hablando se solucionaba todo, pero olvidaron decirnos que el diálogo necesita voluntad para comprender. Puedes expresar lo que sientes una y mil veces, pero si la otra persona no está dispuesta a escucharte de verdad, las palabras terminan perdiendo sentido.
Lo horrible que es comerte el cuento de que una persona cambia, que dice quererte, dice querer intentarlo, esperarte y cuidarte, para que al primer despiste, ande cariñoso con otra persona como si no quisiera perder las opciones disponibles, son un asco, dan ganas de vomitar.