La misma racionalidad y la misma economía (necro)política que afirma que algunas vidas (normales, sanas, productivas) valen más que otras (anómalas, insanas, improductivas). Que justifica desde contenciones, torturas medicalización abusiva hasta limpiezas étnicas y genocidios
El cerebro es más bien un órgano raro y sorprendente. Nadie me supo ni me sabe explicar, con un mínimo de lógica y de cohesión argumentativa, qué es un "cerebro normal / sano" y qué un "cerebro anormal / insano" .
Todo navega en divagues, clichés de época y razonamientos falaces, fácilmente refutables. Lo que me hace pensar que la razón para postular la existencia de "cerebros normales / sanos" y "cerebros anormales / insanos" es de economía política.
Si evitamos esa grieta, de consecuencias terribles para muchxs de nosotrxs; si nos demoramos un poco en esa frontera álgida y difícil, podríamos alumbrar otras imágenes y tratamientos más hospitalarios para con aquello -locura- que no cesamos de excluir, encerrar y brutalizar.
Los límites entre locura y cordura están mal trazados. Sus imágenes también. En la mayoría de los casos son ilegítimas, no dan cuenta de las diferentes experiencias subjetivas en su infinita complejidad. No habría que separar estas situaciones tan rápida ni tan tajantemente.
Todo lo contrario a cierta idea de felicidad obligatoria y a sus imágenes solucionistas y vampiras, que muchas veces se nos imponen como único horizonte estético y político para pensar nuestra salud mental.
Salud mental es derecho a los cuidados, a la despatologización de nuestras existencias, a poder tramar caminos posibles con y entre nuestras dificultades cotidianas. Salud mental es derecho a otra cosa que manicomios, pastillas y escucha estigmatizante cuando nos sentimos mal.
Salud mental es poder habitar de modos menos alérgicos y punitivos nuestras diferencias y, por ende, nuestros desacuerdos y conflictos. Porque mal que nos pese, sin la conflictualidad propia de nuestras singularidades en relación, no hay salud mental posible para nadie.
Nada más que vidas de derecha, en el decir de Silvia Schwarzböck, que hacen comunidad a partir del terror internalizado. No hay meritocracia sin ese pacto de cuerpos y almas atomizados y aterrorizados, vueltos contra sí mismos y contra lxs otrxs.
La meritocracia -que todo se rija según el mérito, el esfuerzo y la capacidad individual- es la quintaesencia del capacitismo. No todxs tenemos las mismas capacidades. La meritocracia niega el hecho irrefutable de que nuestras vidas y nuestros cuerpos dependen unos de otros.
Al abrazar la meritocracia y negar esa co-dependencia estructural, lo que queda para las vidas y los cuerpos es hacerse daño, cruelificar sus intercambios y vinculos e inducir al terror.
¿Cómo convivir con el fascismo, sobre todo con aquel internalizado en nuestras prácticas más concretas y cotidianas? ¿Que terapéuticas colectivas nos inventamos para transformar esa insistente pulsión de orden, de vigilancia y de castigo hacia lxs otrxs en derivas menos crueles?
Decir mal-estar es también poder decir resistencia existencial frente a la imposición de la ecuación vida = trabajo. No, la vida no es solo trabajo. Y explorar nuestros malestares implica también investigar vías de desconexión y de sabotaje de esta ecuación.
¿qué ocurre cuando no encarnamos una "actitud resiliente"? ¿qué horizontes de posibilidad se abren a una vida que rehuye al "imperativo de superarlo todo"? ¿y cuando esa vida no se doblega al puro dolor, a la explotación? ¿qué puede suceder?
¿Quién manda en nuestros malestares? Si queremos pensar la política de otros modos -menos banales y estereotipados, más abiertos y hospitalarios para con las sensibilidades que nos habitan- me parece que no podemos obviar esta pregunta.