🚨💣 URGENTE | YANINA LATORRE LE PUSO LOS PUNTOS A FLORENCIA PEÑA CUANDO QUISO CULPAR A LA PRODUCCIÓN DE LUZU TV
“SI VOS ENTRETENES ¿PARA QUE TE METES EN ESA INFORMACIÓN? A MI MUCHAS VECES ME DICEN COSAS Y YO NO LAS REPITO”
"CUANDO PASAN COSAS CON MILEI NO LAS TOCAS EN LUZU..." @yanilatorre
Tengo 41 años, el primer caso que recuerdo es de Maria Soledad Morales, que también, en ese momento. Los soretes de la tele que hoy los de redes tienen la misma escuela perversa hacian lo mismo. En vez de Señalar que los que viol4ron y la asesinaron eran todos mayores de edad por ende eran ped0filos y que ella tenia solo 17 años. Apuntaron sobre ella porque como era humilde, era la que los buscaba, los seducia, para obtener algo a cambio. MÁS DE 30 AÑOS DESPUES Y CON TODAS LAS NIÑAS QUE MURIERON siguen matando a la victima una y otra vez.
Esto va para quienes me están diciendo que "me informe de lo que pasó de verdad en Argentina".
Parece solo una frase más o menos inocua, pero hay una violencia en esa negación que no necesita gritar. Basta con decir “infórmate” en el tono paternal de quien ya ha decidido no escuchar. Como si la historia fuese un trámite mal leído, un documento extraviado en una oficina del Estado. Pero no. La historia está escrita en cuerpos.
Treinta mil. Ese es el número que se pronuncia con la precisión de un conjuro. Treinta mil personas que no volvieron. Los registros oficiales tempranos (por ejemplo la CONADEP en 1984) documentaron alrededor de 8.960 denuncias, pero reducirlo a “menos de 9 000” ignora que muchas desapariciones nunca fueron denunciadas, que los cuerpos jamás aparecieron y que el terror obligó al silencio.
No son cifras, no es ruido estadístico, no es margen de error: son personas arrancadas del tiempo. El Estado argentino, entre 1976 y 1983, organizó un sistema para hacerlas desaparecer. El verbo es exacto: desaparecer. No matar, no encarcelar. Desaparecer. Que no haya cuerpo, que no haya duelo, que no haya prueba.
A los secuestrados los llevaban con los ojos vendados y las manos atadas a lugares que no existían. Centros clandestinos de detención. En la Escuela de Mecánica de la Armada, la ESMA, funcionó uno de los mayores.
Una fábrica del terror en pleno Buenos Aires. Cinco mil personas pasaron por allí, según los supervivientes. Cinco mil sombras. Los torturaban con picana eléctrica, con submarino, con golpes. A las mujeres las violaban, las embarazaban, y a sus hijos los robaban. Cuando ya no servían, los subían a aviones. Los “vuelos de la muerte”, los llamaban con la frialdad del eufemismo militar. Los lanzaban al Río de la Plata o al mar. Sin cuerpo no hay crimen, decían. Sin cuerpo no hay memoria.
Hubo nombres. Silvia Quintela, médica secuestrada embarazada; dio a luz en cautiverio y su hijo fue robado. Víctor Basterra, obrero gráfico, que sobrevivió en la ESMA y sacó de contrabando las fotos de los marinos, los torturadores, los que luego negaron haber estado allí. Él fue la prueba viva de que el infierno tuvo dirección, plano, horario de entrada.
La dictadura no fue un error ni un exceso: fue un proyecto. Secuestrar, torturar, asesinar, borrar. Y aun así hay quien dice “infórmese mejor”. Como si el terror necesitara fact-check. Como si los huesos hallados por el Equipo Argentino de Antropología Forense fueran un rumor.
En los juicios posteriores, los sobrevivientes repitieron los nombres de los captores: Astiz, Acosta, Pernías. Cada uno con su voz quebrada, reconstruyendo una topografía de la desaparición. Nadie los interrumpió para preguntar por la inflación o por la subversión. Porque lo que se juzgaba no era política: era la maquinaria de hacer desaparecer.
Negar eso, relativizarlo, convertirlo en debate, es prolongar la desaparición. No de los cuerpos —que ya no están—, sino de la verdad que los contiene. Porque lo que pasó en Argentina no fue un misterio ni una exageración ni un “contexto complejo”: fue el Estado convirtiéndose en verdugo y ocultando las pruebas bajo el agua marrón del Río de la Plata.
Para los que perdimos una mascota este año se lo difícil que es entrar a redes sociales hoy, todos llevamos el dolor de diferentes maneras y muchos seguimos en negación, yo aún no puedo hablar del tema sin llorar.
Un abrazo desde lo más profundo de mi alma❤️🩹
En este momento, Milei está boludeando en el Movistar Arena, cantando con Lemoine y festejando no se sabe qué.
Es una banda desconectada de la realidad.
Nos hemos vuelto adictos a llenar cada segundo. Caminamos con un podcast en los oídos, cocinamos con música de fondo, comemos con Netflix encendido y no perdonamos ni el baño: ahí van los reels. No hay tregua para la mente. Le tememos tanto al silencio y a la pausa que lo saturamos todo… y luego nos preguntamos por qué nos sentimos tan abrumados, agotados y sin motivación.