Ni la depresión ni la ansiedad son enfermedades.
Te han hecho creer que necesitas una pastilla para dejar de sentir lo que sientes. Digo algo diferente: muchas veces el problema no está en tu cuerpo, sino en tu mente y en la forma en que estás viviendo.
Yo soy mis pensamientos, como pienso, actúo. Como actúo, vivo y como vivo, construyo mi realidad.
La ansiedad aparece cuando vivimos pensando demasiado en el futuro. La depresión, cuando permanecemos atrapados en el pasado.
¿Y qué tienen en común ambas? Que hemos perdido el presente.
Pero hay algo todavía más, hemos perdido el silencio.
Todo es ruido: En las calles, en los teléfonos, en las redes sociales, en la televisión, en la música.
¿Por qué el reguetón, el escándalo, la estridencia futbolera, tanta bulla?
Porque una persona que vive del ruido nunca tiene tiempo para escucharse a sí misma, y cuando no puedes escucharte, tampoco escuchas a Dios.
Meditar es detener el ruido. Es regresar al presente, aprender a gobernar tus pensamientos.
Si mis pensamientos determinan mi manera de actuar, entonces tengo que aprender a elegir qué pensamientos alimento.
Ese silencio del que hablo es comunicación, porque cuando todo se calla, comienzas a escuchar esa conexión profunda con la Fuente de tu vida: Dios.
La persona que eres cuando nadie te está mirando es la persona que realmente estás construyendo. Es fácil parecer disciplinado cuando alguien te observa. Es fácil ser amable cuando recibes reconocimiento. Lo difícil es hacer lo correcto cuando nadie lo sabrá. Ahí se construye el carácter: en las decisiones pequeñas que no generan aplausos, pero que poco a poco determinan quién eres.