Un sino de fracaso y maldición persigue a cuantos explotan la mina verde. La selva los aniquila, los retiene, la selva los llama para tragárselos. Los que escapan, aunque se refugien en las ciudades, llevan ya el maleficio en cuerpo y alma. La Vorágine de José Eustacio Rivera.
La selva trastorna al hombre, desarrollándole los instintos más inhumanos: la crueldad invade las almas como intrincado espino, y la codicia quema como fiebre. El ansia de riquezas convalece al cuerpo ya desfallecido, y el olor del caucho produce la locura de los millones.
Estaba de acuerdo en morir; pero no en asfixiarme; la enfermedad nos hace sentir repugnancia de la muerte, y queremos sanar, lo que es una manera de querer vivir.
Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar.
Como suele suceder, lo que no fui es quizá lo que más ajustadamente la define: buen soldado pero en modo alguno hombre de guerra; aficionado al arte, pero no ese artista que Nerón creyó ser al morir; capaz de cometer crímenes, pero no abrumado por ellos.
Terminé por convertir ese deseo mortal en una muralla contra mí mismo; la perpetua posibilidad del suicidio me ayudaba a soportar con menos impaciencia la vida, así como la presencia al alcance de la mano de una poción sedante calma al hombre que sufre de insomnio.
Decía Miller que París es como una puta, pero La Habana es más puta todavía: sólo se ofrece a los que le pagan con angustia y dolor, y ni aun así se da toda, ni aun así entrega la última intimidad de sus entrañas. Vientos de cuaresma. Leonardo Padura.
Tratar día a día con asesinos y ladrones, estafadores y violadores terminaba por crear una visión oscura de la vida y llegaba a prender en las manos un olor a mierda, inmune a los mejores detergentes. La cola de la serpiente. Leonardo Padura.
Livia, Mesalina, Agripina, Popea y Julia Mesa entendieron que el poder había que tomarlo, que nadie se lo iba a dar y que todo el mundo haría lo posible por negárselo.
Todas merecían el epíteto de Venus, que simboliza su existencia en el corazón de todo lo que es Roma. La mismísima Venus alumbró a Eneas y fundó los orígenes míticos de Roma, puso rumbo hacia la paz y la grandeza futuras para la que estaba destinada según la promesa de Júpiter.