Hay vínculos que nacen para quedarse, que ni la distancia ni el paso del tiempo logran borrar. Pueden tensarse, doler y atravesar silencios, pero de alguna manera siempre nos devuelven al mismo punto.
Soy el claro ejemplo, de que para alejarme de algo, primero tiene que destruirme por completo. Y no es falta de amor propio, es la bendita fe que tengo en creer que todo puede cambiar
me impresiona la rapidez con la q paso de querer comerme el mundo de todas las formas posibles a querer pudrirme y descomponerme en una cama por el resto de la eternidad
El exceso de empatía pesa cuando siempre comprendemos, perdonamos y sostenemos a los demás, pero pocos se detienen a cuidar nuestras heridas. A veces somos la fogata que da calor a todos, mientras nadie recuerda mantener viva nuestra llama.