El día que entendí lo absurdo no me quebré. Me despojé. Dejé de buscar un guion y empecé a escribir mi escena, aunque no haya obra. Dejé de preguntar “¿por qué?” y empecé a decir “aún así”.
“El día que entendí lo absurdo”
Hay un momento en el que uno se detiene, en medio del ruido, y lo entiende: no hay respuesta. Ninguna. No hay propósito último, ni señal, ni justicia cósmica. El mundo no nos debe nada, y nosotros solo estamos aquí arrojados.