Pueden inventar lo que sea, pero el partido más grande de este país se llama Vente y la líder que no tiene padrote se llama @MariaCorinaYA
Será la Presidente y volveremos a ser un país serio.
@DIFUNDELOYA La gente se inventa cada historia, en que cabeza cabe que la candidata, va a escoger al CNE ?
María Corina será la presidente, ganará y le están limpiando el camino…
@homeroboscan Pero, pero, pero todos saben quién tienen a la gente, es Vente Venezuela el partido de la líder, lo de más es pa.
Será la Presidente y después no estén llorando, alacranes y semi alacranes
𝐄𝐥 𝐫𝐞𝐠𝐫𝐞𝐬𝐨 𝐝𝐞 𝐃𝐢𝐧𝐨𝐫𝐚𝐡 𝐅𝐢𝐠𝐮𝐞𝐫𝐚: 𝐢𝐧𝐬𝐭𝐢𝐭𝐮𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝, 𝐜𝐨𝐫𝐚𝐣𝐞 𝐲 𝐥𝐚 𝐩𝐫𝐨𝐦𝐞𝐬𝐚 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐫𝐞𝐞𝐧𝐜𝐮𝐞𝐧𝐭𝐫𝐨
Después de ocho años de exilio, la presidenta de la Asamblea Nacional de 2015 vuelve a pisar Venezuela. No regresa a reclamar un trono, sino a poner, con sus propias palabras, la primera piedra.
Por Elizabeth Sanchez Vegas
Este artículo se basa en las declaraciones que @Dinorahfiguera ofreció en entrevista al programa de @LuisOlavarrieta, tras su regreso a Venezuela.
Hay imágenes que cuentan una historia entera. Dinorah Figuera, médico venezolana, hija de Catia, baja de un avión después de ocho años fuera y se encuentra no con cuatro o cinco micrófonos, como cuando se marchó en 2018, sino con un país de periodistas esperándola. Ella misma lo dijo, conmovida: ese detalle, tan pequeño y tan enorme, es la prueba de que el espacio se está reivindicando. Donde antes había silencio y miedo, hoy hay preguntas, cámaras y voces. Esa es, quizás, la mejor señal de lo que su regreso representa.
Figuera no esconde el costo de ese regreso. Recuerda el desgarro de las madres que tuvieron que sacar a sus hijos de la universidad, en su caso, a su hija de la Universidad Católica y los años de tristeza que vinieron después. Vuelve, además, despojada de su casa, que le fue arrebatada por asumir la presidencia de la Asamblea Nacional. Pasó de ejercer la medicina en Venezuela a cuidar a una señora en España, esa "esclavitud moderna" que tantas mujeres venezolanas en la diáspora reconocen al instante. Y, aun así, lo primero que hace es dar gracias: a Dios y a la determinación de seguir luchando. Esa combinación, el dolor reconocido y la voluntad intacta, es la marca de su testimonio. No pide compasión; pide que se entienda de qué madera está hecha.
Su mensaje más sólido es también el más maduro: ella no viene como caudillo, sino como institución. Se define como una mujer política prestada a la institucionalidad, capaz de desvestirse de su filiación partidista cuando le toca ejercer un cargo que pertenece a todos. Lo demostró durante su presidencia de la Asamblea Nacional de 2015, cuando su conducta fue la del espíritu de cuerpo y la representación de todos los partidos. Detrás de su bajo perfil, tantas veces incomprendido, había una decisión estratégica: proteger los activos de la República. Figuera reivindica con orgullo que esos activos, incluido el oro venezolano resguardado en Inglaterra, siguen siendo de Venezuela. Esa custodia tuvo un precio altísimo: más de ocho diputados presos, otros perseguidos, otros forzados al exilio o la clandestinidad. Su discreción no fue tibieza; fue trinchera.
Si algo le da autoridad moral para hablar de reconstrucción es su vocación de médica. Figuera, que se recuperó de una leucemia y trabajó con los niños del servicio de hematología del J. M. de los Ríos, hospital de referencia latinoamericana, pone el dedo en la herida más íntima del país: el desdibujamiento de la salud pública. Habla con números y con corazón: una de las tasas más altas de mortalidad materna, una de las más altas de embarazo temprano, médicos que se fueron y a quienes hay que invitar a volver. Su propuesta es concreta, un plan estratégico para un sistema de salud vigoroso, con metas, diagnóstico e impacto medible, "como hacer una ley". Y su compromiso es personal: dice tener la autoridad moral para acompañar ese proceso. Quien ha estado del lado del paciente sabe lo que significa devolverle la vida a algo que agoniza.
Acaso lo más valiente de toda la entrevista sea su disposición a sentarse frente a quienes representan al oficialismo sin confundir diálogo con rendición. Es clara: Venezuela necesita verdad, justicia y también resurgir, y aclara que justicia no es impunidad. Pero formula una pregunta que merece resonar: "¿Hasta dónde vamos a llegar con tanto dolor o con tanto odio si no nos reconocemos?". Lo dice una mujer cuya hija de 27 años no ha conocido la democracia en su propio país. Por eso insiste en que esto no se trata de Jorge Rodríguez ni de Dinorah Figuera, ni de oposición contra oficialismo, sino de la mujer que en este mismo instante necesita una maternidad sin recursos, del padre sin salario digno, del joven venezolano que reparte comida en una motopatín en España porque su país le negó el derecho a crecer en democracia. Ante semejante urgencia, alguien tiene que dar el primer paso. Figuera asume ese riesgo a sabiendas de que la querrán etiquetar o criminalizar, y responde con una pregunta honesta: "Si no lo hago yo, ¿quién va a poner la primera piedra?".
Frente a quienes intentan enfrentarla con María Corina Machado, Figuera no entra en la trampa de la rivalidad. Reconoce sin ambages que María Corina es la líder, electa en primarias, y que su misión, devolverle credibilidad al Consejo Nacional Electoral, es precisamente para que todos los aspirantes, incluida María Corina, tengan una institución a la altura. "No me van a tirar de traidora", advierte, porque es una mujer consecuente con su causa y fiel a sus convicciones. Saber reconocer el liderazgo ajeno mientras se defiende la propia dignidad no es debilidad: es estatura política.
Buena parte de la fuerza de este momento se explica por el respaldo internacional que lo acompaña, y Figuera lo reconoce con claridad y con gratitud. Su regreso responde a una invitación del Departamento de Estado de los Estados Unidos, y ella no lo oculta ni lo disimula: agradece a Dios que Venezuela cuente hoy con ese acompañamiento y afirma que es hora de ser agradecidos. Recuerda su reunión en Washington con el subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, Michael Kozak, quien reconoció la legitimidad de la Asamblea Nacional de 2015, y destaca el respeto y la colaboración que ha sentido de parte de la embajada de Estados Unidos y de su encargado de negocios en Caracas, John Barrett. Subraya que, desde aquel punto de inflexión de comienzos de enero, nació una esperanza para el país, y que ese acompañamiento del gobierno del presidente Donald Trump y de la institucionalidad estadounidense ha sido decisivo. Pero, demócrata convencida, traza la línea con nitidez: acompañar no es intervenir. El país que se construya tendrán que diseñarlo los venezolanos "con propósito". Al recordar una conversación con el Departamento de Estado en torno a ese acompañamiento hacia la democracia, Figuera rescata una cautela que partió del propio funcionario y que ella hace suya: que la ayuda no termine, más adelante, poniendo al país "patas arriba". Es la voz de quien quiere socios respetuosos de la soberanía, no tutores; de quien agradece la mano tendida de una potencia sin renunciar un milímetro a la dignidad nacional.
Figuera cierra con una convocatoria que es, en el fondo, una declaración de carácter: levantar la bandera de la fe, de la esperanza y de la justicia, y caminar al reencuentro con la patria. Quiere que la diáspora regrese, que las familias vuelvan a juntarse, y que el compromiso de todos sea uno solo: darle a los hijos de nuestros hijos el derecho a vivir en democracia. "Eso no es un sueño", dice. "Es una posibilidad." A los escépticos, los que la ven como una figura que divide o que llega sumisa a órdenes ajenas, les responde con su propia vida: el exilio que comenzó tras el asesinato de Fernando Albán, padrino de su hija; la casa perdida; los años cuidando a otros lejos de los suyos. "Tengo mucha moral", afirma, y se permite mirar a su hija a los ojos sin remordimiento. A quienes la conocen, les agradece. A quienes no, les pide apenas una cosa, que suena a invitación abierta a todo un país: denme esa oportunidad.
Que su ejemplo encienda en otros el coraje de volver, de reconstruir y de creer. Venezuela necesita mujeres como ella: de carne y hueso, de riesgo y coherencia, dispuestas a poner la institucionalidad al servicio de la vida. Con el peso de la historia sobre los hombros y el respaldo de quienes confían en que una Venezuela democrática es posible, su regreso ya dejó una certeza que nadie podrá arrebatarle al país: el reencuentro ha comenzado.
https://t.co/EiDE3BsZCQ
Muchas gracias por este acompañamiento que constituye en un hecho histórico donde el interés superior del país es lo que nos compromete. Fácil? No es, pero por muy difícil que sea urge un capítulo de esperanza para el país.