Si estás siempre ahí, si nunca faltas, si nunca te pierdes, la otra persona deja de verte. Te vuelves un mueble, un ruido de fondo, una canción que suena demasiado en la radio. Pero si te retiras un poco, si desapareces de vez en cuando, la historia cambia. Tu ausencia se siente. Y lo que se siente, se recuerda.
Pero no se trata de un jueguito infantil de aparecer y desaparecer. Se trata de ser alguien con un mundo propio, con pasiones, con una vida que no dependa de la mirada del otro. Porque, al final del día, lo más atractivo no es quien ruega por amor, sino quien se basta solo.