No había visto nunca hasta hace un rato un combate de UFC.
Que importante es creer en uno mismo. Y a partir de ahí trabajar con esa base. Que bonito conseguirlo todo dejándote el alma. ❤️
#IliaTopuria@Topuriailia
Lo único que nos diferencia entre unos y otros es que ellos han nacido en un continente diferente y por ende, sus posibilidades se han visto reducidas a tener que abandonarlo todo, INCLUSO arriesgando sus vidas. DAIS PENA. SOIS ESCORIA.
#Inmigración
Hoy han muerto 4 de ellos intentando buscarse una vida mejor. Si pensáis que uno abandona su familia, cultura y país y que además este acto lo impulsa el país de donde vienen estáis muy confundidos y perdidos.
Marruecos utiliza la inmigración para presionar a España y a la Unión Europa, y los efectos los sufrimos todos los ciudadanos.
Así lo ha denunciado nuestro presidente, @redondo_pacheco, en 'La Huela del Crimen' de @El_Distrito
No hay que tener muchas luces para sacar la bandera del aguilucho en una manifestación que lucha por la "unión de ESPAÑA". La falta de memoria histórica y la ignorancia campa a sus anchas por este país. #amnistia
Mi abuelo murió en Madrid, pero la habría gustado morir en su pueblo.
El pueblo de mi abuelo es un lugar muy pequeño en la provincia de Cáceres. Apenas 300 o 400 habitantes censados que, en verano, se transforman en tres mil o cuatro mil. Son los hijos y los nietos de quienes emigraron en los 60 al sur de Madrid o al norte de Barcelona o incluso a Francia o Suiza.
En el pueblo, la gente habla con acento extremeño y algunas variedades dialectales curiosas; pierden la "s" al final de las palabras y, por ejemplo, el sufijo diminutivo masculino no es ni –ito ni –ino, sino –ine. Los cerdos pequeños son guarrines y si son muy pequeños son guarrines chiquinines. También sueltan más de un vulgarismo, a veces con raíz clásica. Cuando estás a punto de terminar algo, lo tienes quasi terminado; el agua más fresca corre en el maniantal y, de vez en cuando, hay que ir a comprar material al polígano industrial.
Mi abuelo Lucio era casi –o quasi- un tópico literario: era un hombre sabio aunque nunca tuvo estudios. Sabía leer y escribir y hacer cuentas entre complejas y rudimentarias. También sabía, con precisión meridiana, cómo y dónde golpear a la rama de olivo para que cayese el mayor número de aceitunas de un solo vareo. Y si le preguntabas, te enseñaba a hacerlo, aunque luego se reía de ti cuando le arreabas tres zurriagazos al pobre árbol y apenas caían diez o doce olivas.
Mi abuelo Lucio había emigrado en el 62 a Madrid. Al sur de Madrid. A Villaverde. A encontrar una vida mejor. Trabajó durante 25 años en Agromán; a veces como peón, a veces como oficial de mantenimiento, casi siempre como hombre para todo. A mi abuelo Lucio se le daba bien resolver problemas.
En el 90, mi abuelo Lucio se jubiló y volvió al pueblo junto a mi abuela Argimira. Reformaron un poco la vieja casa que ellos mismos habían construido y se dispusieron a vivir la vida mejor que se habían traído de Madrid.
Mi abuelo Lucio echaba la partida casi todas las tardes. En invierno y en verano. A veces jugaban al tute, pero normalmente jugaban a la brisca. Cuando yo pasaba el larguísimo agosto en el pueblo, me gustaba acercarme a ver cómo mi abuelo echaba la partida. Sobre todo me gustaba escucharles. Las veinte en oros. Las cuarenta. Arrastro. Para un niño, la partida era un lenguaje en clave, un código ignoto, una liturgia fascinante e incomprensible.
A medida que fui creciendo, fui perdiendo el interés por escuchar a mi abuelo Lucio echando la partida. Por un lado, yo ya había aprendido a jugar a las cartas y, por el otro, me creía más listo y más urbano y más cosmopolita que aquellos hombres del pueblo, aquellos paletos del pueblo. Tenía 16 años y era un auténtico imbécil.
Una tarde plana y larga de septiembre, me encontré otra vez escuchando a mi abuelo Lucio jugando a la brisca. No recuerdo exactamente por qué estaba allí. Quizá me creía ya un usuario legítimo de los bares; a lo mejor me lo pidió mi abuela. Entre arrastros y cuarentas, los hombres charlaban de la vida y de todo lo demás, claro. Mi abuelo, que llevaba ya veinte años viviendo en Madrid, no escatimaba en maniantales, políganos ni quasis. Yo sonreía con superioridad.
Al terminar la partida, mientras subíamos juntos a la vieja casa que había construido y había reformado, le dije:
—Joder, abuelo, llevas ya veinte años viviendo en Madrid y todavía hablas con “políganos” y “maniantales”.
Mi abuelo me miró entornando los ojos como los entorna un halcón y sonrió como sonríe un halcón:
—¿Tú te crees que yo no sé que se dice “polígono” y “manantial”? ¿Crees que no sé que se dice “casi”? Pues claro que lo sé. Pero también sé que aquí siempre se ha dicho “polígano” y “maniantal” y “quasi”. Y que al final significan lo mismo y así es como he hablado siempre. Además, si les hablo como hablo en Madrid me tomarían por un señorito. Y yo no soy un señorito.
Yo tenía dieciséis años y me di cuenta de que era un auténtico imbécil. También me di cuenta de que a mi abuelo Lucio se le daba bien resolver problemas.
Hoy estoy de celebración porque se cumplen 20 años del estreno del edificio de vecinos más canallas de la televisión. He reunido 20 curiosidades de Aquí no hay quién viva 🌆