¿Descifrar mi manera de amar? Padezco sentimientos abisales, aunque mayormente permanezca hierático. Vago entre una indolencia impostada de umbrátiles—crepusculares que jamás exhibo. Pienso: “ella, probablemente, supone que la aborrezco”, mientras en sigilo la venero hasta morir.
A este grado, ser hombre y reprimirte gemidos me resulta una estupidez—fútil de un ego evanescente. En la intimidad absoluta, lo más visceral es hacer saber que la manera en la que tu depósito se arquea, te oprime y cabalga sobre ti es un acto tan hadado y letalicio como mórbido.
Surgí maldito, sentenciado a jamás rozar el amor. La inmundicia que carcome mis huesos es análoga a la decrepitud que el destino me arroja. Fui codiciado por millares de cuerpos; ninguno colmó mi abismo, solo me evocó más llagas. Mi existencia—es un réquiem de cuchillas y érèbos.
El maquiavelismo de mi ejercer transciende una módica vastedad de entidades que me han amado a lo largo de mi vida. Es el atroz desvelo de un pérfido amor que me retorna a mi niñez, a esa déficit—afectiva que yace ahíta en mí. No ambiciono amor si he pagar una suma incognoscible.
Revoco al manifiesto de la sinopsis sagaz en quimeras presas de grima. Es la atrocidad de las líricas—metafísicas que despedazan mis adentros como un tumulto de escenografías réprobas: “Vendaval de desidia, y si muriera esta noche, si lo hiciera, dime, ¿vendrías por fin a verme?”
Mi proeza yace en lo denso, en el desahucio, en la befa del derrotismo soez. Mi arte nutre siempre, conscientemente o no —esto es lo de menos— en lo oportuno de su época. Tal cual artista contemporáneo negado entre la literatura por declive del propio epicureísmo intrascendental.
Amas mis cimientos cuando el Diablo no me está engullendo vivo. Vanaglorias mi calidez cuando no soy presidario de aquella bóveda—infernal plagada de atrocidad que somete mi entidad. No obstante, ¿a dónde es que te vas cuando solo soy caos y la brutalidad me impregna de crueldad?
Mi aferro desmedido me inquieta. Soy como aquel párvulo niño inmerso en el fondo de la preservación crónica de carencias afectivas. El desvelo—tormentoso se revela en la daga delator que entre gritos silenciosos repugna el escenario donde tus miedos y mi invasión nos despedazan.