Vino un chico a la barbería diciendo que llegó a nosotros porque se encontró a un abuelo en el Parque Saavedra repartiendo nuestras tarjetas diciendo “vayan que los atienden mis nietos” y lo compró. Gracias Tito por ser el mejor del mundo entero.
Hay algo que me incomoda más que cualquier posición ideológica:
cuando una idea se defiende incluso contra la realidad.
Le hablo especialmente a quienes se definen como de izquierda o progresistas —muchos de ustedes con una sensibilidad social genuina— y les pregunto, sin ironía:
¿Qué están defendiendo hoy?
¿Personas concretas, vulnerables, con nombre y cuerpo?
¿O una idea abstracta que, cuando se encarna, siempre termina pareciéndose demasiado a lo que dicen combatir?
Porque si la ideología vale más que lo que muestran los hechos —hambre, represión, tortura, presos políticos, exilio forzado— entonces deja de ser una herramienta de justicia y pasa a ser una identidad a sostener, cueste lo que cueste.
En ese punto aparecen las frases hechas, repetidas casi como mantras:
“el avance del imperio”, “resistir al imperialismo”.
Consignas que suenan combativas, pero que se vacían de sentido cuando esa supuesta resistencia implica permitir o justificar crímenes atroces contra el propio pueblo.
Porque si resistir significa mirar para otro lado frente a la tortura, el encarcelamiento de opositores, la represión sistemática y el hambre, entonces no estamos hablando de resistencia: estamos hablando de sacrificio ajeno en nombre de una idea.
Venezuela es el ejemplo más brutal de esta contradicción.
Durante años se relativizó, se negó, se explicó con el argumento de que “es más complejo”, se corrió el eje de la discusión o se culpó exclusivamente a factores externos. Mientras tanto, el país acumuló décadas de autoritarismo, centros de detención, tortura y un éxodo masivo sin precedentes en la región.
Y acá aparece una incoherencia difícil de justificar:
muchos de los que condenan —y con razón— la última dictadura argentina, no logran aplicar el mismo criterio cuando se señala la dictadura venezolana.
Una dictadura que lleva más años, que dejó probablemente más muertos, y que sigue activa hoy.
Cuando una violación a los derechos humanos se condena o se relativiza según quién la comete, el problema ya no es político: es ético.
Se habla de “resistir”, pero ¿qué creen que viene haciendo el pueblo venezolano desde hace años?
¿No es resistencia sobrevivir al hambre, a la represión, al exilio forzado, a la persecución?
¿No es resistencia enfrentar a un régimen que gobierna mediante el miedo?
Y entonces la pregunta se vuelve todavía más incómoda:
¿Desde qué lugar quienes viven en democracias relativamente estables pretenden decirle a los venezolanos qué deberían sentir ante la caída o captura de su dictador?
¿Desde qué comodidad se les explica que no deberían celebrar, que deberían indignarse por formas, mientras ellos cargan con décadas de violencia real?
Cuando la defensa ideológica llega a ese punto, uno ya no está del lado de los pueblos, sino siendo funcional al poder que los oprime.
No porque se quiera dañar, sino porque se deja de mirar.
Y entonces la pregunta final es esta:
si tu proyecto político dice defender a los vulnerables, pero necesitás negar su sufrimiento concreto para sostenerlo…
¿no habrá algo de ese proyecto que merece ser revisado?
No escribo esto para convencer a nadie ni para cambiar de bando.
Lo escribo porque, desde una mirada crítica y profesional, creo que ninguna causa es justa si necesita desmentir la realidad para sobrevivir.
Y porque, cuando eso pasa, los que pagan el precio nunca son las ideas.
Son las personas.
Tomate el tiempo de escuchar el testimonio de uno de los ocho millones de venezolanos que lograron escapar enteros de su propio pais. Digo “enteros” porque vivir en el exilio no siempre es “salir con vida”. Hacelo si todavia crees que un venezolano tiene que justificar su alegria y alivio despues de que hayan capturado a uno de los autores que perpetuaron todo este dolor. 🇻🇪❤️
Salí de Venezuela hace 7 años ya, porque me pusieron una pistola en la cabeza a plena luz del día. 19 años tenía. Iba caminando a la universidad.
Me costó entender que eso pasó básicamente porque no había consecuencias para los criminales reales, como suele ser en las dictaduras.
Me fui aterrada y sin ganas de volver. Estaba chica y me costaba separar lo que es el gobierno vs. lo que es la patria.
Afuera lo entendí. Y me dolió muchísimo darme cuenta que amaba mi país más que a nada y que el recelo venía de que nunca quise ser una exiliada. Qué sensación tan fea lo que es el despojo y más cuando ni siquiera has terminado de formar tu identidad.
Por fortuna y bendición, migré a un país que amé profundamente desde el momento en que llegué. Me acogió, me permitió crecer, lo hice mi casa y lo sigo amando. Amo su cultura, sus costumbres y sobre todo a su gente.
Pude crecer, recorrer distintas tierras, sanar y ser feliz en ese proceso. País que visito, país del que me recorro al menos tres ciudades como queriendo entender cómo funciona desde adentro. Me voló la cabeza conocer formas de pensar tan diferentes e interesantes. Ese intercambio constante me recordaba lo que somos en Venezuela y lo que no. Nos empecé a recordar con cariño y con nostalgia.
Ya cuando sané y quise volver de visita, era demasiado tarde.
Para bien o para mal, tengo nacionalidad española y venezolana. La española me permitió moverme libremente por el globo, con la excepción de que si llegaba a pisar venezuela no podía salir.
Podía visitar cualquier país, excepto el mío. Y si lo visitaba, no podía salir, a no ser que tuviera ese pasaporte venezolano que me era imposible de conseguir por distintos motivos claramente relacionados a la dictadura.
Cuento esto como un marco para decir que la intervención de hoy, de este 3 de Enero de 2026, no la celebro a la ligera. Cuando crecí no soñaba con que USA bombardeara a mi país, te lo juro.
Pero tampoco nadie te prepara para lo que es ver a una tanqueta militar aplastando los huesos de estudiantes que solo exigían derechos humanos, poder comprar comida o tener libertad.
Nadie te prepara para estar semanas sin electricidad en un país que es ridículamente rico. Nadie te prepara para lo que es llegar con una emergencia a un hospital y ver cómo se te muere un familiar en los brazos porque no hay insumos. Nadie te prepara para lo que es tener amigos presos en el centro de tortura más grande del continente, y que ese centro de tortura casualmente esté en tu país.
Una dictadura es una dictadura. Y las salidas pacificas son una utopía.
Lo intentamos todo: votar, alzar la voz, pedir ayuda, protestar, irnos, quedarnos y hasta morir por nuestra tierra.
Nada funcionó. Y la represión no solo siguió sino que tomó fuerzas. En algún punto se sintió invencible (en psicología le decimos “Indefensión aprendida”). Por eso estamos tan contentos hoy. No creemos que lo que vengan sean rosas, pero sí nos devuelve algo de esperanzas.
No tienen que venir a preocuparse por nuestro petróleo, sabemos que tenemos las reservas más grandes del planeta. Rusa y China también lo saben bien, porque nos lo han robado en las últimas dos décadas y ahí si no hemos visto a nadie diciendo nada.
Todavía nos queda mucho. Y seré cruda con esto: tampoco somos libres (aún). Pero por primera vez en 26 años está ocurriendo algo histórico en nuestro país.
Si no eres venezolano, déjanos celebrar un poquito esta sensación de alivio y de esperanza que habíamos perdido.
Si eres venezolano y estás en Venezuela, por favor cuídate mucho. Nos necesitamos a todos a salvo.
Si eres venezolano y estás fuera, te entiendo. Te abrazo fuerte y te pido nos eduquemos sobre lo que pasa para explicarlo bien. Hará falta darle visibilidad a esto para que no se tergiverse nuestra historia.
Ya la historia no es solo el pasado, sino lo que está ocurriendo hoy. Y por eso cuento la mía.
Por un lado, mis amigos venezolanos que conocí en Argentina (a donde llegaron escapando del régimen) están literalmente llorando de felicidad. Estoy subiendo videos a IG.
Por el otro, mis amigos de Palermo están indignados. Para ellos esto es un escándalo, un horror.
Es el auténtico: no la ven.