‹ miembro y volver a rozar la punta de este contra su entrada. Humedeció sus labios, como de costumbre, volviendo a introducirse—. Sé que adoras que te recuerde lo sucio que puedes llegar a ser. Esto es mejor que cualquiera de tus tontos juguetitos... ¿Verdad?
—Obediente y sumiso, como a él le gustaba. Adoraba tener el orden de todo, pues así podría salir tal y como a él le gustaba.
De medio lado sonrió nada más ver la actitud tan tímida que adoptaba en ese instante, pasando a tomar con cuidado, de nuevo, una de sus piernas para ›
‹ alzarla.
El rostro de Eireen se aproximó al hueco que había entre el hombro y cuello del humano, con tal de dejar pequeños pero lentos y húmedos besos. Y quizás alguna que otra marca—. ¿Tú ...qué, Arvid?
—Inquirió. Su hábil libre había aprovechado para tomar su propio ›
moverse hasta casi salir de su interior; tan sólo mantenía la punta dentro—. Eres un guarro. Seguramente te gustaría que te destrozase el culo ahora mismo, que te llenase y apenas pudieras moverte.
—Su tono de voz bajaba, apartándose tras un pequeño suspiro—. Gírate. Ahora.
—Realmente pocas probabilidades había de que sus padres llegasen a verles así. Es decir, Sorae no necesitaba comida, y Hika en todo caso bajaría cuando él estuviera vago.
Se relamió el labio inferior al notarlo temblar. Tan apretado... además de que cada mínimo sonido por su >
parte le provocaba un escalofrío que le hacía querer olvidar su plan.
Se inclinó un poco hacia él, de nuevo, con tal de susurrarle con su típica voz ronca, causada por el placer—. ¿Ah? ¿Es que no te gustan, cielo...?
—Masajeó un poco su glúteo, antes de volver a >
—No se detuvo, aunque se moviera con lentitud. Se había vuelto a relamer los labios, fijando su mirada en el cómo salía y entraba en su interior.
Escuchó sus palabras, aunque bien debería saber que poco caso iba a hacer a sus protestas. Rió, de nuevo, soltando con cuidado >
su cabello—. Venga ya... ¿De verdad que no quieres? Sé bien que eres un guarro, Arvid...
—Susurró, con voz ronca. La hábil que antes sujetaba sus cabellos descendió, acariciando todo a su paso. Su espalda, su cintura... hasta llegar al trasero. Lugar donde se detuvo. >
—tampoco quería que dejase de hablarle. Qué malo era. ¿Tan difícil era admitir que adoraba que hicieran eso?
Sentía las uñas clavarse en su propia cintura, un leve dolor que hacía contraste con el inmenso placer que era el estar en el interior contrario.
Jadeó. Tenía todo el ›
‹ control, como de costumbre. Y, viendo que ahora gemía su nombre... Una tonta idea se le pasó por la cabeza. Sus labios humedecía, al igual que aquellas embestidas iban reduciendo su velocidad. Pasaron de un ritmo casi frenético a salir con lentitud del estrecho interior ›
<esperar por su parte... lo ignoró.
Continuó con aquel ritmo, acelerándolo hasta hacerlo más frenético y dando certeras y fuertes estocadas en el punto antes encontrado—. ¿Mhn...~? Creo... que no te escucho... ~
—¡mentiroso! Seguramente querría hacerlo más veces, lo conocía bien y era consciente de lo guarro que llegaba a ser.
En cuanto sintió que apretaba, un pequeño jadeo se escapó de sus labios. Simplemente era delicioso, y se sentía bastante afortunado de poder ser él quien >
< se encontraba entre las piernas de Arvid.
Lástima que no quisiera escucharlo, porque él adoraba cada pequeño sonido de tal encuentro. Más aún, el escucharlo gemir. Soltó una ronca carcajada en cuanto las manos del menor acabaron sujetando su cintura, pero, como era de >
< las embestidas, cada vez más fuertes y rápidas.
Tampoco tardó mucho en dar con aquel punto que haría temblar al rubio. Gruñó, agachando su cabeza un poco—.
—¿Esperaba no hacer mucho ruido cuando tenía a Eireen completamente desesperado? A saber si llegaba a calmarse a medida que continuaban.
No apartó en ningún momento la mano de los cabellos ajenos, tironeándole de vez en cuando con cierta suavidad a la vez que continuaba con >
Eso ya lo veremos... —Gruñó. Por ahora, no iba a castigarlo. Estar al fin en su interior le relajó, un poco. Era demasiado cálido, y le hacía tener ganas de más.
Su diestra había dado un sutil apretón en una de las nalgas del rubio, antes de comenzar a moverse. En un ›
Quizás el castigo que pensaba no era como ese... —esta vez, una sonrisa se vislumbró en sus labios, pero más que complacido por aquella petición. Al fin podría...
Tras humedecer sus labios y apartar sus falanges, la punta de su miembro acomodó en la entrada contraria. No ›