No entiendo como no nos quieren a los argentinos…Somos el único país del mundo que, ni te junamos y así y todo: te invitamos a un asado. Querés traer a un amigo? Si! Más vale! Tráelo! Te convidamos lo que estamos tomando (casi siempre, mate). Aplaudimos y festejamos todo y para cualquier cosa que pasa: tenemos una canción. Somos frontales y decimos las cosas en la cara. Tenemos un humor a prueba de balas y nos sabemos reír de nosotros mismos. Además, recibimos a miles de extranjeros para que vengan a trabajar y estudiar en nuestro país. Como si TODO esto (que ya es UN MONTÓN) fuera poco, somos re laburadores y podemos arreglar (casi todo) con un alambre y una cinta scotch. Les dimos un Papa, una Reina y un Rey, que además: es una cabra. Si no nos querés no queda otra que pensar que es porque no nos conocés.
Porque si lo hacés, vas a comprobar que además, somos hermosos y apasionados. Humildes? No… humildes no somos. Pero que querés? Somos argentinos. No pedimos este privilegio. Solo nos tocó así. ❤️
Yo era feminista hasta que me enteré que las “dueñas” del movimiento defendían violadores, golpeadores y pedófilos
La decepción y el asco que sentí después de haber creído en algo así, pensando que estábamos cambiando el mundo, es algo que no se los puedo explicar con palabras
Me sentí sucia, tonta, ingenua, porque mientras muchas sufrimos violencia por parte de varones alguna vez, resulta que había un grupito de genias haciendo un negocio y usándonos a nosotras como carne de cañón
Hoy es Nacho Levy, ayer fue Alberto Fernández y mañana va a ser otro porque lo único que les interesa es el negocio, no cuidarnos a nosotras
Carta abierta al Presidente de la Nación.
Señor Presidente:
Le escribo no como un dirigente político, sino como lo que soy hoy: un ciudadano del sector privado. Uno más de los millones de argentinos que producen, que generan trabajo, que arriesgan su capital todos los días y que en su momento decidieron acompañar un cambio que parecía imposible.
Le escribo justamente porque creo en el modelo económico y las reformas que su gobierno está llevando adelante. Y porque creo en él, no puedo quedarme callado ante lo que está pasando. Confío en el cambio cultural que decidimos encarar los argentinos.
Hay una situación que usted conoce mejor que nadie y que no necesito nombrar. Una situación que viene desgastando al gobierno desde hace meses: ocupa la agenda, tapa los logros y erosiona lo más valioso que tiene este proyecto, que es la palabra. Los argentinos no votaron solamente números. Votaron la promesa de terminar con los privilegios, con los acomodos y con la idea de que hay funcionarios que están por encima del resto. Ese fue el contrato. Y ese contrato hoy se está poniendo en duda.
Acá está el punto que quiero dejarle, con todo el respeto: este proyecto no es suyo. No le pertenece a una persona, ni a una familia, ni a un círculo de confianza. Este proyecto es de la enorme mayoría de los argentinos que decidimos, democráticamente y en las urnas, dejar atrás décadas de malos hábitos. Usted es el representante de ese cambio y el principal responsable de cuidarlo. Pero no es su dueño. Y cuidarlo, muchas veces, significa tomar decisiones que duelen.
Porque las ideas y los proyectos valen más que cualquier relación personal o familiar que un presidente pueda tener. Más que cualquier afecto, cualquier lealtad y cualquier confianza individual, como la que en algún momento tuve en usted. El día que una relación personal pesa más que la coherencia del proyecto, el proyecto empieza a morir por dentro, aunque la economía siga funcionando.
Se lo digo con autoridad moral, porque a mí me tocó vivirlo del otro lado. Fui de los que fundó este espacio. Lo construí desde el principio, cuando casi nadie creía. Y un día me sacaron, de manera unilateral, sin preaviso, a través de un tuit, con excusas ridículas. Me dolió, claro que me dolió. Pero supe callar. No salí a romper nada, no le hice daño al proyecto y no me convertí en bandera de la oposición. Entendí que el proyecto era más grande que yo, y que mi orgullo personal no podía estar por encima de lo que millones de personas estaban esperando.
Si esa misma vara se aplicó conmigo —un fundador, apartado injustamente—, lo único que pido hoy es que se aplique con la misma firmeza con cualquier funcionario. Sin distinciones, sin blindajes y sin excepciones por cercanía. La coherencia no se reclama solo cuando es cómoda.
No le pido que me dé la razón. Le pido que tome la decisión que corresponde. La que cuida el modelo, la que protege la palabra empeñada y la que le devuelve al gobierno la fuerza moral que le dieron los argentinos.
Este cambio es más grande que cualquiera de nosotros. Más grande que yo, que ya lo viví en carne propia. Y más grande, también, que usted, Señor Presidente. Cuidarlo es su responsabilidad. Y todavía está a tiempo.
Con respeto, y con la sinceridad de quien quiere que esto salga bien,
Ramiro Marra.