Queridos, se los confieso:
No sé cómo, pero siempre termino sabiendo lo que no busco. Me llegan verdades que no pido, respuestas que no formulo, susurros que nadie se atreve a decir en voz alta. Aprendí a leer guiños y silencios. Es como si Dios me mantuviera actualizado, como si me enviara updates celestiales sobre lo que ocurre a mi alrededor: quién habla, qué se dice, qué se oculta.
He afilado mi intuición a niveles que a veces me sorprenden y me asustan. Claro que me he equivocado —por sesgos, por malos cálculos, o simplemente por necio, por no escuchar a mi espíritu cuando debía. Pero lo digo con humildad: es como si, por momentos, se me concediera ver a través de los velos, descubrir la verdad, aunque venga disfrazada.
Y hoy quiero decirte algo: Estarás en sus bocas, pero no podrán tragarte. Porque tu peso no se mide en fama, ni en aplausos, ni en cifras, ni en titulares. Tu peso viene de Dios. Y eso no hay lengua que lo soporte, ni mentira que lo derribe.
Les daré una recomendación a esos que llevan un río de desperdicios en sus bocas: Intenten ganar la lotería, ahí tendrán más probabilidades de éxito que intentando esconderle la verdad a Dios.