La gente que habla mi idioma
Dicen que atraemos
a quienes vibran parecido.
Y quizá por eso
durante mucho tiempo
me encontré con personas
que se parecían demasiado
a las partes de mí
que todavía no había sanado.
El ego.
El control.
La necesidad de tener razón
como si tenerla
fuera una identidad.
Ganar.
Demostrar.
Defender.
Medir el poder
por quién necesitaba menos.
Buscar afuera
la confirmación
de que uno valía algo.
Y yo tampoco era distinta.
Había aprendido el mismo idioma.
Ese que nos enseña
que la felicidad está siempre
un poco más adelante.
Después del logro.
Después del dinero.
Después del reconocimiento.
Después de demostrar
que somos buenos,
inteligentes,
espirituales,
correctos.
Como si el simple hecho
de existir
no fuera suficiente.
Como si hubiera que presentar credenciales
para merecer un lugar en el mundo.
Y durante años
intenté caber.
Me despedí de partes de mí
para entrar en moldes
que otros ya habían construido.
Bajé la voz.
Moderé mi alegría.
Desconfié de mi sensibilidad.
Aprendí a parecer
lo que se esperaba.
Y qué vacío.
Nada se siente más solo
que conseguir pertenecer
a costa de dejarse afuera.
Hasta que todo se quebró.
Y dolió.
Muchísimo.
Pero algunas fracturas
no vienen a destruirnos.
Vienen a abrir espacio.
Y por aquellas grietas
empezaron a regresar
todas las partes de mí
que alguna vez había desterrado.
Mi curiosidad.
Mi intensidad.
Mi manera extraña
de encontrar significado
donde otros sólo ven casualidad.
Mi sensibilidad.
Mi asombro.
Mi necesidad de hablar
de aquello que no se puede tocar
pero se siente.
Volví a mí.
Y después ocurrió algo hermoso.
Empezaron a acercarse
personas distintas.
Personas con almas bonitas.
De esas con las que una conversa
y no necesita traducirse.
No tengo que explicar
por qué algo pequeño me emociona.
Ni justificar
por qué ciertas conversaciones
me importan más
que cualquier apariencia.
Podemos hablar de energía.
De heridas.
De conciencia.
De sueños.
De símbolos.
De lo que sentimos
cuando alguien entra en una habitación.
De las pequeñas cosas
que para otros no significan nada
y para nosotros
pueden contener un universo.
Y se siente bonito.
Qué descanso
encontrar personas
ante quienes una no tiene que reducirse
para resultar comprensible.
Personas que no necesitan
convertir la sensibilidad en debilidad.
Ni la profundidad en exageración.
Ni la ternura en ingenuidad.
Y entonces entendí
que quizá la vida cambia
cuando uno deja de perseguir
lugares donde tiene que traducirse
y empieza a reconocer
a quienes ya hablan su idioma.
Hoy ya no quiero impresionar.
Ni convencer.
Ni ganar.
Quiero sentirme viva.
Quiero personas
con las que pueda hablar de cosas pequeñas
como si fueran sagradas.
Personas capaces de maravillarse.
De agradecer.
De mirar más allá
de lo evidente.
Porque al final
quizá no se necesita
tener una vida extraordinaria.
Se necesita un alma
todavía capaz de reconocer
lo extraordinario
dentro de una vida sencilla.
Y para eso,
sí,
hay que tener
el alma bonita.
Nunca me hice pequeña
A veces me pregunto
si confundiste mi admiración
con inferioridad.
Si cada vez que te decía
lo que veía hermoso en vos,
pensabas que yo estaba
mirándote desde abajo.
Qué equivocación.
Reconocer tu luz
nunca me hizo olvidar la mía.
Podía admirar tu intelecto,
tus historias,
tus saberes,
tu manera de hablar de ciertas cosas
y quedarme fascinada,
sin dejar de saber
quién era yo.
Porque mientras te miraba bonito
yo seguía siendo esta mujer
llena de ocurrencias,
capaz de tener veinte conversaciones
en una sola hora
y todavía encontrar
otra cosa que contar.
Seguía siendo
la que sobrevivió lugares
que pudieron haberla quebrado
y aun así conservó
la capacidad de reírse fuerte.
La valiente.
La curiosa.
La que pregunta.
La que siente demasiado
y después convierte el exceso
en palabras.
La que puede caer
y mientras está en el suelo
ya está pensando
qué puede aprender de la caída.
Yo sabía que era bonita.
Eso nunca fue un misterio.
Conozco mi rostro.
Conozco mis ojos.
Conozco esa belleza un poco extraña,
casi etérea,
que algunas veces otros
han sabido ver en mí.
Pero mi cuerpo
jamás ha sido
lo que más me gusta de mí.
Mi alma…
uff.
Mi alma.
Ésa sí me parece
una obra de arte.
Porque después de todo
lo que atravesó,
todavía siente.
Todavía se maravilla.
Todavía encuentra belleza
en cosas diminutas.
Todavía puede querer
sin calcular demasiado.
Todavía se emociona.
Todavía crea.
Todavía se atreve
a entrar en sus propios lugares oscuros
con una linterna
y preguntar:
¿qué hay aquí?
Tengo una mente
que nunca se queda quieta.
Una resiliencia
que aprendió a levantarse
sin volverse piedra.
Una sensibilidad
que durante años pensé
que debía corregir
y que hoy reconozco
como una de mis cosas favoritas.
Tengo humor.
Tengo caos.
Tengo contradicciones.
Tengo una manera tan mía
de mirar el mundo
que no podría reproducirla nadie
aunque quisiera.
Entonces no.
Nunca te admiré
porque creyera que eras más que yo.
Te admiré
porque puedo reconocer belleza
sin convertirla en competencia.
Porque tu luz
jamás amenazó la mía.
Porque no necesito apagar a nadie
para saber que brillo.
Y quizá ésa sea
una de las diferencias más grandes
entre admirar
e idealizar.
Hoy puedo separar ambas cosas.
Puedo decir:
esto en vos me encantaba.
Esto me maravilló.
Esto aprendí de vos.
Y al mismo tiempo decir:
mirame a mí.
Mirá todo esto.
Mis ocurrencias.
Mis historias.
Mi intensidad.
Mi capacidad de reinventarme.
Mi valentía absurda.
Mi belleza.
Mi cabeza llena de universos.
Mi alma indomablemente viva.
No existe otra persona
que sea exactamente esto.
Y no lo digo
porque necesite sentirme superior.
Lo digo porque después de tantos años
por fin aprendí
a contemplarme
con la misma fascinación
con la que alguna vez contemplé a otros.
De hecho,
si algún día apareciera frente a mí
mi versión masculina,
con esta misma hambre de entenderlo todo,
esta misma manera de sentir,
esta mezcla ridícula
de fortaleza y ternura,
esta capacidad de caer,
desarmarse,
reírse
y volver a inventarse,
Dios mío.
Yo también perdería la cabeza por él.
Porque ahora lo sé:
todo aquello que durante tanto tiempo
busqué admirar afuera
también estaba aquí.
Y quizá por eso
ya no necesito mirar hacia arriba
para querer a nadie.
Puedo mirarlo de frente.
Reconocer su belleza.
Celebrar su luz.
Amarlo incluso.
Sin olvidar jamás
que del otro lado
también hay alguien
extraordinario.
@ClaudiaTarot7 Me pasa, mi sistema nervioso se sincronizó con una persona y lit si se desvela me desvelo, si esta triste me sale un nudo en la garganta y cosas en ese estilo...
Es que no saben que lo que no me dicen, lo sueño y después lo compruebo, Jung diría que mi inconsciente es sensible a captar el inconsciente de los demás...
Mi versión niña jamás se habría imaginado todo lo que hice justo hoy.
Empecé a plantar en mi jardín, muchos frutales, un cerco de bambú...
... y para darle vida, dos gansos hermosos: Arquímedes y Atenea. 😊😊😊 se imaginan en unos meses, cortar arándanos del jardín para los wafles del desayuno, el sueño más bonito del mundo mundial!
El último poema
Hoy planeo fusilar
al delgado y hambriento amor
que todavía sobrevivía en el calabozo.
Ya había sido sentenciado.
Pero seguía esperando.
No sé qué.
Quizá una apelación.
Una última señal.
Una puerta que se abriera de pronto
y cambiara el final de la historia.
Lo saqué esta mañana.
Flaco.
Cansado.
Todavía vivo.
Caminó despacio hasta el paredón
sin intentar escapar.
Como si también él
supiera para qué lo había llamado.
El pelotón levantó las armas.
Y antes de dar la orden
quise concederle una última cosa:
sus últimas palabras.
Entonces habló.
No pidió clemencia.
No pidió otra oportunidad.
No prometió hacerse más pequeño,
más discreto,
menos incómodo.
Sólo respiró hondo,
me miró
y dijo:
—Yo hice lo que pude.
Nací pequeño
y aun así crecí.
Sobreviví silencios,
distancias,
orgullos,
malentendidos,
puertas cerradas
y demasiadas noches
preguntándome
si todavía tenía sentido existir.
Me alimentaste con migajas,
con recuerdos,
con posibilidades,
con algunas miradas
que convertimos en esperanza.
A veces me diste poesía.
Y eso me sostuvo.
No me arrepiento.
Hubo días hermosos.
Hubo momentos
en los que creí
que tal vez iba a convertirme
en algo más bonito.
Algo compartido.
Algo sencillo.
algo eterno
Pero me cansé.
Tengo hambre
desde hace demasiado tiempo.
Y ya entendí
que una cosa es resistir
y otra muy distinta
es estar vivo.
Así que no tengas pena por mí.
No me estás matando.
Me estás dejando descansar.
Ya no tienes que seguir
trayéndome agua al calabozo.
No tienes que venir cada noche
a comprobar si todavía respiro.
No tienes que buscar señales
para justificar mi existencia.
Puedes irte.
Yo también sé
que esto terminó.
Y si alguna vez te preguntas
si fui real,
recuerda que sí.
Fui tan real
que dolí.
Alguna vez fui incendio.
Después fui brasa.
Más tarde
apenas fui humo.
Y hoy
ya no quiero convertirme
en ceniza dentro de tus manos.
Prefiero terminar aquí.
Con dignidad.
Sin perseguir.
Sin mendigar.
Sin interpretar silencios.
Sin esperar
que alguien cambie la sentencia.
Y no te sientas culpable.
Yo nací para amar.
No para durar para siempre.
Después guardó silencio.
Y yo seguí mirándolo.
Por primera vez
no sentí ganas de salvarlo.
No corrí hacia él.
No pedí tiempo.
No busqué otra salida.
No inventé una nueva apelación.
Sólo lo miré.
Pensé en todo lo que había sobrevivido.
En todas las veces
que lo escondí.
En todas las noches
que lo mantuve con vida
a fuerza de recuerdos.
En todas las ocasiones
en que confundí supervivencia
con esperanza.
Y entendí
que quizá amar algo
también significa saber
cuándo dejar de alimentarlo.
El pelotón esperaba mi orden.
Él cerró los ojos.
Y justo antes del disparo
me pareció verlo sonreír.
No con felicidad.
Con alivio.
Como quien finalmente comprende
que algunas condenas,
cuando dejan de aplazarse,
también pueden convertirse
en una forma de libertad.
Entonces levanté la mano.
Y di la orden.
El disparo atravesó la mañana.
Y algo dentro de mí
se quedó completamente quieto.
No hubo celebración.
Ni victoria.
Ni venganza.
Sólo silencio.
El tipo de silencio
que queda después
de enterrar algo
que alguna vez estuvo
terriblemente vivo.
Me acerqué.
Ya no respiraba.
Y entendí entonces
que durante mucho tiempo
había temido este momento
porque pensaba
que si aquel amor moría,
también moriría conmigo
la parte de mí
que había sido capaz de sentirlo.
Pero no.
Yo seguía allí.
De pie.
Respirando.
Viva.
Él había muerto.
Yo no.
Hoy murió aquel amor.
No porque fuera falso.
No porque me avergonzara
haberlo sentido.
No porque quisiera vengarme
de aquello que nunca pudo ser.
Murió
porque ya había sufrido suficiente.
Y esta vez,
por amor,
lo dejé morir.
yo no podría darte una respuesta exacta.
Sólo ésta:
creo que algunas almas
se cruzan para interrumpirse el sueño.
Para decirse,
sin siquiera saberlo:
despertá.
Estás repitiendo otra vez.
Mirá.
Sentí.
Recordá.
Y después de recordar
quién sos,
después de atravesar el dolor
y encontrar tu propia luz
debajo de todo aquello
que intentó apagarla,
hay cosas
que ya no pueden olvidarse.
Por eso quizá
nuestro encuentro
nunca necesitó convertirse
en una historia perfecta.
Tal vez su sentido
era mucho más profundo:
encontrarnos dormidos,
sacudirnos el alma,
y seguir nuestros caminos
un poco más despiertos
que antes de habernos conocido.
El velo del olvido
Yo creo en esas cosas
que no pueden probarse
pero se sienten.
En los encuentros
que parecen demasiado precisos
para llamarlos casualidad.
En las personas
que llegan en el momento exacto
en que una parte de nosotros
ya no puede seguir durmiendo.
Y por eso creo
que estaba escrito
que vos y yo coincidiéramos.
No sé para qué.
Tal vez nunca lo sepa por completo.
Pero sé
que después de vos
algo en mí despertó.
Como si hubiera pasado años
caminando dentro de un sueño
repitiendo las mismas escenas
con distintos rostros.
Los mismos abandonos.
Los mismos miedos.
Las mismas defensas.
Las mismas heridas
cambiándose apenas de nombre
para parecer nuevas.
Y entonces apareciste.
Y sin saberlo
tocaste lugares
que llevaban demasiado tiempo dormidos.
No porque fueras la respuesta.
Tal vez porque fuiste la pregunta.
Una de esas preguntas
que parten una vida en dos:
la persona que éramos
antes de hacérnosla
y la que ya no puede volver
a vivir igual después.
Empecé a ver mis patrones.
Mis huidas.
Mis maneras de protegerme.
Las historias que mi ego construía
para sentirse a salvo.
Ese personaje
que necesitaba controlar la narrativa,
tener razón,
anticipar el dolor,
defenderse incluso
cuando nadie estaba atacando.
Y debajo de tantas capas
encontré algo.
Mi esencia.
Pequeña al principio.
Casi olvidada.
Sepultada bajo años
de miedo,
culpa,
orgullo,
expectativas
y formas aprendidas de sobrevivir.
Y pensé en vos.
En todas las veces
que también creí ver
algo tuyo intentando asomarse
por debajo de tus propias armaduras.
Entonces entendí
por qué algunos encuentros
duelen tanto.
Porque no siempre llegan
para hacernos felices.
A veces llegan
para romper el hechizo.
Para mostrarnos el bucle.
Para poner frente a nosotros
la herida exacta
que llevábamos vidas evitando mirar.
Tal vez eso sea
este extraño juego
que llamamos existir.
Entrar una y otra vez
en las mismas habitaciones
hasta comprender
por qué seguimos eligiendo la misma puerta.
Repetir destinos
hasta que un día
dejamos de llamarlos destino
y empezamos a llamarlos patrón.
Quizá ése sea
el verdadero despertar.
Recordar.
Recordar que somos más
que nuestras defensas.
Más que el personaje
que aprendimos a interpretar.
Más que todo aquello
que tuvimos que construir
para sentirnos a salvo.
Como si al llegar aquí
hubiéramos atravesado
un velo de olvido
y durante un tiempo
creyéramos que éramos solamente esto:
el miedo,
el cuerpo,
la historia,
las heridas,
los nombres que otros nos dieron,
las cosas que conseguimos,
las cosas que perdimos.
Hasta que algo ocurre.
Una pérdida.
Un amor.
Una ausencia.
Una persona.
Y por una grieta
entra suficiente luz
para recordar.
Recordar que debajo del miedo
todavía hay vida.
Que debajo del ego
todavía hay esencia.
Que debajo de todas las voces
que nos dijeron quién debíamos ser
existe algo silencioso
que siempre supo quién era.
Y quizá vos llegaste
para eso.
No para salvarme.
No para completarme.
Ni siquiera necesariamente
para quedarte.
Tal vez llegaste
para tocar la puerta
de una parte de mí
que llevaba demasiado tiempo dormida.
Y yo llegué a la tuya
por alguna razón
que ya no necesito controlar.
Porque también entendí
que no todos los encuentros de almas
terminan caminando juntos.
Algunos sólo se reconocen.
Se despiertan.
Se recuerdan.
Y después continúan.
Pero nunca vuelven a ser
exactamente los mismos.
Eso hiciste en mí.
Me obligaste a mirar
todo aquello
que había pasado años evitando.
Dolió.
Muchísimo.
Pero el dolor también tiene
una manera extraña
de arrancarnos los disfraces.
Cuando ya no podemos sostener
el personaje,
aparece algo más verdadero.
Y quizá por eso hoy
no cambiaría haber coincidido con vos.
Porque hubo una versión de mí
que tuvo que romperse
para que otra pudiera recordar.
Recordar su luz.
Recordar su voz.
Recordar que no necesita
perseguir,
controlar,
demostrar
ni ser perfecta
para existir.
Y si alguna vez
te preguntás para qué nos encontramos,