Sus ojos observan atentamente el espectáculo, desde sus dedos recorriendo los pliegues hasta las expresiones en su rostro, disfrutando de cada segundo de humillación.
- Hazlo como si quisieras que te culearan, sé que así no te pajeas.
Cruza sus brazos y muerde sus labios.
𝒆l rostro le arde en vergüenza pura, sigue sin creer que ese mismo hombre es el maestro tan amable que suele ver en el aula.
— “ uhm... e–está bien... ”
obediente como nadie, un dedo usa para delinear su suavecito coño por fuera.