Eres la asíntota de mi tragedia.
Como si los secretos en mis manos
mataran por alcanzar el cielo.
¿Qué más da soñar una vez más,
con la dulce flor de tu recuerdo?
A tus clavículas vestir con el delirio
de mis besos,
Inmersos en el calor de postreros
paroxismos,
En ese deseo inalcanzable,
como la vasta inmensidad del
firmamento,
Mi asíntota entre la vida y la muerte.
Últimamente me persigue una necesidad casi febril de abandonar esta cuenta. Se siente como una incomodidad que sobrepasa mi nivel de tolerancia, como si lo que antes proporcionaba tranquilidad, ahora tomara más el aspecto de un cuarto abarrotado que a un refugio. Quizá debería vaciarla, o tal vez debería mudarme a un nuevo espacio seguro con quienes me importan y quienes me resultan amenos a la vista. No lo sé.
Llevaba un conjunto de tormentas enquistadas en la garganta, un aguacero aproximándose a la orilla de sus ojos y un puñado de murciélagos orbitando el agujero de su corazón.
Maquillar la vida siempre ha resultado más fácil que digerirla. Somos expertos en fingir el control de esta para aparentar conciencia, cuando apenas y recordamos lo que almorzamos ayer. (Hipócritas). Somos seres egoístas, errantes con nombres bordados en la etiqueta, sin embargo, la verdadera identidad permanece inconclusa, difusa. Somos animales que dicen luchar en busca de paz; cuando vivimos traicionándonos como víbora voraz unos con otros. Somos la especie que domina el arte del engaño y el engaño que simboliza la irremediabilidad de lo profundamente humano. Basta mirar al espejo para corroborarlo y, sólo entonces, hallar la verdad más fría de todas; quizá somos lo suficientemente egocéntricos para soportar el peso de reconocerlo.
Hay quienes no te aman, aman que les ames con cierta idolatría. Dicen amar tus ojos, cuando sólo aman que tus ojos no resbalen por la belleza inevitable de otros cuerpos. No aman la seguridad que les brindas; aman la evidente certeza de que les perteneces. Y mientras ellos desaprovechan el hermoso privilegio que es gozar de tu persona, tú vas perdiendo cada pedazo de ti mismo sin prestar atención al grave error que estás cometiendo. No sólo tú, hemos sido todos. Como si dicha cuestión fuese un episodio imprescindible en esta tragicomedia llamada vida.
@malheridatierra El ser humano es quien se obsesiona por ir cada vez más rápido. Apresurando los pasos. Como si estuviese convencido de que correr, amortiguará las caídas del futuro. Nos olvidamos de existir y valorar el presente, deberíamos, porque ni siquiera el presente está seguro del todo.
A menudo me pierdo en la aparente insignificancia de las cosas. En aquello que el mundo suele pasar por alto; como el vuelo en perfecta armonía de una parvada de aves sobre el cielo, en el árbol que crece torcido sin pedir ser distinto, en la vastedad de las nubes, el camino de hormigas en la vereda o el rumor del mar tras la tormenta. Y elegiría mil veces dedicar mi atención a esos instantes irrepetibles, que adaptarme a una sociedad que olvidó la gracia de contemplar la vida y, en su afán por modernizarla, vive deformándola.
Hay personas que se quejan de los animales cuando muchas veces son ellos quienes terminan enseñando el verdadero significado detrás de términos como “lealtad”, “sacrificio”, “disciplina”, “valentía”, “tolerancia” y “amor” sin necesidad de las palabras. ¿No debería darnos vergüenza ser nosotros los dueños de un lenguaje que no sabemos sostener?
Hoy en día mueren más posibilidades de conservar las buenas tramas debido a las controversias públicas, que por la falta de imaginación. Entramos para huir de la realidad y terminamos enfermando nuestro propio refugio con ella. Vaya ironía.