Es curioso cómo pasamos años persiguiendo el éxito profesional, hasta que un día nos damos cuenta de que el verdadero lujo siempre fue otro: una vida tranquila, un buen café, comida hecha en casa y el privilegio de no tener que correr a ningún lado.
¿No les pasa que a veces sienten que la vida se convirtió simplemente en trabajar para sobrevivir? Te levantas temprano, trabajas todo el día, llegas cansada, te bañas, duermes… y al día siguiente, otra vez lo mismo. Y así pasan los días, las semanas, los meses, sintiendo que la vida se va en una rutina de la que parece imposible salir.
Quiero ser rica. Lo admito.
Pero no por un reloj de lujo ni por un Lamborghini.
Quiero ser rica para poder ir al gimnasio a las 3 de la tarde un martes.
Sentarme dos horas en una cafetería agradable, desayunar y pedir un café caro sin mirar el precio.
Asegurarme de que las personas que amo nunca tengan que preocuparse por el dinero.
Despertarme de forma natural un miércoles cualquiera sin tener que estar en ningún lugar.
Invitar a mis amigas a cenar y decir:
“No se preocupen, yo invito.” Esa es mi versión de riqueza.
Muchos hablan de disciplina en el gym, pero no es lo mismo entrenar teniendo tiempo de sobra que hacerlo después de pasar todo el día trabajando o resolviendo problemas.