@neuroblues7 Gracias por la explicación. No crees que con los rápidos cambios de hoy en día aprender a aprender sea valioso? No lo digo por defender al constructivismo, sino pensando en tomar de cada corriente sus mejores aportes.
Dear UK, France, Germany, Canada, Spain, Norway, Netherlands, Australia, Switzerland, Austria, Finland:
Given that Nicaragua's dictator just announced no more elections, maybe it wasn't such a good idea for you to elect him to the U.N. committee overseeing human rights NGOs.
Unlock Your One-day Virtual Boyfriend
Break through the screen and interact with your virtual boyfriend in real time on HappyOyster, as if he’s right there beside you.
If you could fully customize your AI boyfriend, what kind of persona would you create?
Art @infobae
El palestinismo se ha convertido en un dogma impuesto, simplificado hasta el paroxismo y sin debate, ni réplica. Un palestinismo ideológico que, blanqueando al terrorismo, hipoteca eternamente el futuro del pueblo al que dice defender.
https://t.co/SgypdRYGTG
¿Estamos perdiendo la capacidad de conectar?
La escucha activa y la empatía son casi actos de resistencia
Una verdad incómoda la de Byung-Chul Han en un mundo lleno de ruido donde todos buscan ser el centro de atención hacer espacio al otro es un acto cada vez más extraño
Mientras personas siguen atrapadas bajo los escombros, el régimen chavista le negó la entrada al país a un equipo de rescatistas que venía de República Dominicana.
De siempre, los libros más vendidos, las pelis más taquilleras y las músicas más escuchadas han sido, en general, bastante mediocres o directamente malas.
Pero ahora hay una diferencia, y es una diferencia peligrosa.
Antes, los medios y la crítica tenían claro lo que era malo. Ahora, los medios y la crítica están encumbrando obras MUY mediocres. Es decir, ya no solo es que vendan, es que la crítica ha decidido que "son buenas", cuando en petit comité te confiesan que ninguna editorial habría publicado algo tan malo hace solo 20 años.
Y te dan una justificación: la gente no quiere hacerse preguntas, solo quiere que les den las respuestas que ya tenían pensadas desde casa. Solo queremos que nos den la razón.
Por eso tenemos entre los "mejores libros del año" a literatura TikTok de frases cortas, cortísimas, que nadie se pierda, que todo quede clarito, y con un par de eslóganes en cada capítulo, "para hacer comunidad".
Y, por eso, hoy sería muy difícil que un libro como Fahrenheit 451 tuviese éxito. Porque es, esencialmente, un libro incómodo. Muy incómodo. Que nos obliga a preguntarnos quienes somos. Un libro donde no hay un malo a quien echarle la culpa y quedarnos tranquilos, porque los malos somos nosotros.
“El lujo es vulgaridad”
La frase se volvió popular por una canción de los Redondos.
Pero antes fue prólogo, cuento, entrevista, conversación y mirada ética.
Borges la escribió, la narró y la dijo con distintas formas.
¿La exploramos juntos?
Abro hilo. 🧵
En 2003, un equipo de filmación alemán siguió a una familia nómada en el desierto de Gobi de Mongolia. La película, *The Story of the Weeping Camel*, fue nominada al Oscar.
Una madre camello había rechazado a su recién nacido después de un parto brutal de dos días. Sin su leche, el ternero moriría.
La familia conocía una opción. Enviaron a sus dos hijos jóvenes en un viaje a través del desierto para encontrar a un músico que pudiera realizar un ritual llamado Hoos, una ceremonia de cánticos transmitida durante siglos específicamente para este momento.
El músico llegó. Se realizó el ritual. La madre camello derramó lágrimas reales y se volvió hacia su ternero por primera vez.
El equipo de filmación había ido a documentar un modo de vida. No tenían idea de que capturarían eso.
La UNESCO añadió el ritual Hoos a su lista de Patrimonio Cultural Inmaterial en 2015, junto con el flamenco, la dieta mediterránea y el arte de hacer pizza napolitana.
She gave her three-year-old daughter a sedative, wrapped her in a blanket, and placed her in a large leather suitcase. With her heart pounding, she waited in line to leave the Nazi ghetto, watched closely by armed guards. If the little girl made a sound, or if a guard decided to open the heavy bag, they would both be executed on the spot.
When she finally made it outside the gates and her child was safe, she did something completely unthinkable. She went back inside.
And then she saved another child. And another. She did this dozens of times, risking her life with every single step she took.
For most of her life, that little girl, Henia Lewin, believed her mother, Gita Wisgardisky, had performed a single, desperate miracle just for her. It was not until her mother’s funeral many years later that the shattering truth finally emerged.
An elderly survivor approached Henia at the cemetery, looked into her eyes, and revealed a secret kept for decades.
"Your mother saved so many," the survivor told her. "No one knows how many. Maybe she didn’t even know herself. She didn’t count them."
Gita had smuggled countless children out of the Kovno Ghetto in Lithuania, hidden deep inside suitcases or carried through secret passages, right under the noses of the oppressors.
Henia was born in 1940 into a normal, loving Jewish family. That normalcy completely vanished when the Nazis invaded and forced the Jewish population into a cramped, disease-ridden ghetto. Hunger and sudden deportations became the daily reality.
Gita saw through the lies early on. While some people hoped for the best, she understood the dark truth. She knew that when the Nazis spoke of relocating children, they actually meant killing them. Gita refused to wait for the end.
Working secretly with a brave Lithuanian Catholic priest, she found kind families willing to hide Jewish children in the countryside. But getting the children out of the heavily guarded gates was a suicide mission.
The children had to be perfectly still and silent. This was why Gita used sedatives. She put her own daughter into a deep, heavy sleep, placed her in that suitcase, and walked toward the guards.
When a soldier stopped her, Gita did not panic. She calmly offered her watch and her best pair of leather boots as a bribe. The guard took them, looked away, and she passed through the gates.
Little Henia was taken in by a Christian family. She was taught to call strangers mom and dad, and she learned to never mention her real name. Though she was only three, she understood the danger and kept the secret for two long years.
Meanwhile, Gita went right back into the nightmare. She returned to the ghetto to find more children. Each trip involved a new suitcase, more sedatives, and a fresh set of bribes. She never asked for recognition. She simply acted.
Miraculously, Gita, her husband Jonas, and Henia all survived the war. They eventually moved to the United States, where Henia grew up to become a school teacher and a passionate voice for Holocaust education.
Today, Henia shares this story because memory is a torch that must be passed from hand to hand. It reminds us that even in the darkest corners of human history, love can conquer the greatest fears.
Gita went to her grave without ever boasting about her heroism, but her legacy lives on in the generations of children who got to grow up, laugh, and have families of their own because one mother refused to leave anyone behind.
Some stories are not meant to be closed—they are meant to be carried forward.
En enero de 1943, Auschwitz le arrebató a su hijo Isaac. En diciembre de 1944, Bergen-Belsen dejó a decenas de niños neerlandeses frente a su barracón. El 15 de abril de 1945, la mayoría seguía con vida. En 1995, en Ámsterdam, 31 supervivientes volvieron para agradecer a la mujer que llamaban el Ángel de Belsen.
Su nombre era Luba Tryszynska.
Era judía, polaca, esposa, madre.
Luego la guerra le quitó casi todo.
A Auschwitz llegó con su marido, Hersch, y su hijo Isaac, de 3 años. En la rampa, le arrancaron a su niño. Isaac fue enviado hacia la muerte. Hersch fue separado de ella y asesinado más tarde.
Luba sobrevivió sola.
Esa soledad se convirtió en una pregunta.
¿Por qué yo?
¿Por qué vivir cuando mi hijo ya no vive?
¿Por qué seguir respirando?
En 1944, fue trasladada a Bergen-Belsen, un campo donde el hambre, el frío y las enfermedades mataban cada día. Allí, en diciembre, aparecieron niños abandonados tras un transporte que no los había llevado consigo.
Eran niños de familias judías neerlandesas vinculadas al comercio de diamantes. Sus padres habían sido separados de ellos. Los adultos fueron enviados a otro lugar. Los niños quedaron en el barro, sin protección.
Luba oyó sus llantos.
Abrió.
Vio a niños demasiado pequeños para entender por qué el mundo acababa de abandonarlos.
Podría haber cerrado la puerta.
En Bergen-Belsen, esconder niños era peligroso. Alimentarlos lo era aún más. Hacerlos visibles podía condenarlos. Hacerlos invisibles podía salvarles la vida.
Los hizo entrar.
Desde ese momento, Luba dejó de ser solo una superviviente. Se convirtió en madre para niños que no eran suyos.
Los acomodó en el barracón.
Les ordenó guardar silencio.
Buscó comida donde pudo.
Suplicó.
Intercambió.
Robó.
Negoció.
Con la ayuda de otras prisioneras, lavó a los niños, los alimentó, los escondió, los cuidó y los mantuvo con vida en un lugar construido para destruir la vida.
Los niños debían estar tranquilos.
Tranquilos cuando pasaban los guardias.
Tranquilos cuando el hambre gritaba.
Tranquilos cuando subía el miedo.
Luba sabía que su supervivencia dependía a veces de un silencio perfecto.
Pero no les dio solo silencio.
Les dio amor.
Más tarde diría:
“Les di mi amor porque había perdido a mi propio hijo”.
Esa frase contiene toda la historia.
No reemplazó a Isaac.
Nadie reemplaza a un hijo.
Pero transformó el amor que ya no tenía adónde ir en refugio para otros niños.
El 15 de abril de 1945, las tropas británicas liberaron Bergen-Belsen. Encontraron alrededor de 60.000 prisioneros vivos, hambrientos y enfermos, junto a miles de cuerpos sin enterrar.
En un barracón, encontraron niños.
Delgados.
Silenciosos.
Vivos.
De aquellos 46 niños neerlandeses, 44 sobrevivieron hasta la liberación.
Esa cifra no lo dice todo.
No habla de las noches.
No habla de los cuencos compartidos.
No habla de los gestos hechos con miedo.
No habla de una mujer que había perdido a su hijo y se negó a dejar morir a los hijos de otros.
Después de la guerra, Luba acompañó a algunos niños hacia los Países Bajos. Luego reconstruyó su vida y finalmente emigró a Estados Unidos.
Durante décadas, habló poco.
Luego, en 1995, en Ámsterdam, 31 de aquellos niños se reunieron para volver a verla. Habían envejecido. Eran padres, abuelos, adultos. Algunos descubrieron ese día que otros también habían sobrevivido.
La ciudad le entregó una medalla de honor humanitaria.
Pero la verdadera medalla estaba delante de ella.
Los rostros.
Los niños convertidos en mayores.
Las vidas que habían continuado.
Luba Tryszynska-Frederick murió en 2009, a los 91 años.
Isaac nunca volvió.
Pero decenas de niños salieron vivos de Bergen-Belsen porque una madre rota abrió una puerta en lugar de cerrarla.
A veces, una vida no responde al dolor con palabras.
Responde con un gesto.
Una puerta abierta.
Un niño escondido.
Un amor que se niega a morir con aquel a quien perdió.
Fuente: Children of Bergen-Belsen Honor Their Protector", 16/4/1995