Cuando un gobierno no combate efectivamente la criminalidad, no es porque no tenga la capacidad de hacerlo, sino porque los cómplices de los criminales son los que están en el gobierno.
El empresario no necesita pobres, porque vende bienes y servicios. Por eso exige gente que consuma más y mejor.
El político, en cambio, sí necesita pobres. No vende bienes ni servicios: vende ilusiones. Y un pobre con hambre se ilusiona mucho más fácilmente que un individuo empoderado que no necesita ayuda para nada.
Un gran artículo en El País (sí, El País):
Charlie Kirk y los miserables que celebran su muerte
«aunque se esté diametralmente en contra de las ideas de Kirk (y muchas veces lo ponía fácil), representaba parte de lo mejor que el mundo digital puede ofrecer (…) la popularidad y la influencia se la dieron sus vídeos en los que se sentaba en campus universitarios a debatir, sin más armas que su lengua y su cerebro, con quien quisiera hacerlo. No era machacón ni reñía a su audiencia como si fuesen niños pequeños (como hacen tantos políticos), sino que los retaba intelectualmente. Y así se ganó a millones de personas.
(…) Kirk daba a sus detractores un espacio legítimo de confrontación de ideas: tú podías ir allí y salir escaldado o plantarle cara, pero nadie podrá decir que no se exponía a las críticas y al debate sano. (…) No perseguía a nadie por la calle ni tenía intención de subir los decibelios para calentar al personal. Era tan solo un tipo sentado ante una cámara delante esperando a que cualquiera llegase a escupirle sus verdades o a criticar sus ideas.»
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