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Todos vieron que el rey estaba desnudo y le aplaudieron en silencio.
El presidente de Letonia hizo cola.
Steve Schwarzman, director de Blackstone y una de las mayores fortunas del planeta, hizo cola.
Christine Lagarde hizo cola.
Noventa minutos de espera para entrar en una sala a escuchar a un hombre que confunde Groenlandia con Islandia, que amenaza con invadir territorios de países aliados y que ofrece membresías de paz a mil millones de dólares por cabeza.
"Es como un festival de rock", dijo un asistente.
Exacto. Solo que el rockero tiene códigos nucleares.
Davos 2026 pasará a la historia no por lo que dijo
Donald Trump —que fue, como siempre, una mezcla de bravuconadas, datos inventados y amenazas veladas—, sino por la reacción de quienes se supone que representan lo mejor y más brillante del liderazgo global.
Porque lo vieron.
Lo escucharon.
Y aplaudieron.
Los periodistas que estaban en la sala captaron los murmullos.
Cuando Trump exigió "negociaciones inmediatas" para que Estados Unidos se quedara con Groenlandia, alguien susurró:
"This is ridiculous".
Otro añadió: "This is scary".
Un político europeo confesó después a la prensa:
"Sí, nos reímos. Pero también da miedo pensar que podría intentar hacer algo de esto".
Miedo.
Risa nerviosa.
Y sin embargo, nadie se levantó.
Nadie abandonó la sala.
Cuando Trump terminó su discurso de más de una hora —en el que, entre otras cosas, afirmó haber terminado ocho guerras y reducido el narcotráfico marítimo en un 97,2%—, el aplauso fue "polite".
Es la palabra que usan los anglosajones cuando quieren decir "quedar bien, cobarde pero con modales".
El contraste resultó casi obsceno.
Un día antes, Mark Carney, primer ministro canadiense, había recibido una ovación de pie.
¿Su mensaje?
Que las potencias medias debían dejar de competir entre sí para ver quién se arrodillaba más rápido ante el "hegemón".
Aviso a los europeos.
Carney dijo en voz alta lo que todos pensaban.
Trump dijo en voz alta lo que todos temían.
A Carney lo ovacionaron de pie.
A Trump le dieron un aplauso educado y luego fueron a tomarse un vino con él.
Pero el verdadero test de hipocresía colectiva no fue el discurso.
Fue el "Board of Peace".
Donald Trump ha creado una institución internacional de paz que para ser miembro permanente cuesta mil millones de dólares.
El presidente de esta institución es vitalicio y se llama Donald Trump.
Puede tomar decisiones sin consultar a nadie.
Entre los invitados a unirse están Vladimir Putin y Alexander Lukashenko, el hombre que permite a Rusia usar Bielorrusia como plataforma para atacar Ucrania.
Alguien lo describió como "un club de pago por jugar al estilo MAGA diseñado para suplantar a la ONU".
¿Cuántos genios de Davos hacen falta para detectar que esto no es un plan de paz, sobre todo siendo miembro Netanyahu ?
La respuesta, aparentemente, es que no importa cuántos sean ni quienes lo compongan .
Porque cuando llegó el momento de la firma del acuerdo fundacional, ahí estaban: Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Qatar, Hungría, Argentina. Viktor Orbán y Javier Milei flanqueando a Trump como extras de una película de terror.
Menos de veinte países, muy lejos de los treinta y cinco que esperaba la Casa Blanca.
Ningún aliado occidental relevante.
Pero los suficientes para la foto.
Y para rematar Jared Kushner el yerno presidencial subió al escenario con renders bajo el brazo: rascacielos relucientes frente al mar, zonas de "turismo costero", industria, prosperidad.
"Nueva Gaza", lo llamó.
Un destino.
Un lugar donde la gente pueda "prosperar".
Mostró los diseños con la confianza de quien presenta un proyecto inmobiliario en Miami, no el plan de reconstrucción de un territorio donde más de dos millones de personas están intentando sobrevivir a más de dos años de guerra, en un territorio imposible de sobrevivir.
"No tenemos un Plan B", dijo Kushner. "Solo un plan maestro".
Estimó que parte de la construcción podría completarse en dos o tres años.
No mencionó dónde vivirían los gazatíes mientras tanto, ni quién pagaría, ni qué pasaría con los escombros que todavía cubren el territorio.
Eso son detalles sin importancia.
Lo importante eran los renders.
Quedaban muy bien en pantalla.
Emmanuel Macron, que un día antes había advertido sobre "el giro hacia la autocracia" y "un mundo sin reglas donde solo importa la ley del más fuerte", ya había tomado un avión de vuelta a París.
Qué conveniente.
Criticar el incendio y marcharse antes de que alguien te pregunte por las cerillas que lleva en el bolsillo.
Nadie levanto la mano para hacer preguntas:
¿Dónde estaban estos líderes europeos cuando Israel ignoraba las resoluciones del Tribunal Internacional de Justicia, con Biden y ahora con Trump?
¿Dónde estaba Macron?
¿Dónde estaba Keir Starmer?
¿Dónde estaba la Unión Europea?
¿Ayudando a destruir el mismo orden internacional que ahora fingen defender.?
El trabajo sucio ya estaba hecho.
Es difícil rebatirlo.
Durante años, el "orden basado en reglas" ha sido un concepto que se aplicaba de forma selectiva: implacable con los débiles, flexible con los aliados, invisible con uno mismo.
Trump no ha inventado el cinismo en política internacional.
Solo ha eliminado el eufemismo.
Donde antes se hablaba de "intereses estratégicos", él dice "lo quiero".
Donde antes se negociaba en privado, él amenaza en público.
La diferencia no es de fondo.
Es de estilo.
Y resulta que a la élite de Davos el fondo nunca le importó demasiado.
Lo que les incomoda es el estilo.
Dentro de unos meses cuando Trump sea un capítulo cerrado de los libros de historia vendrán las memorias.
Los documentales.
Las entrevistas con cámara en blanco y negro y música grave.
Todos los que estuvieron en esa sala escribirán que "ya entonces sabían".
Que "era evidente".
Que veían perfectamente que el rey estaba desnudo.
Pero existirá el vídeo.
Existirán las fotos de la cola de noventa minutos, de las fotos del yerno con el resort de Gaza.
Existirá el aplauso.
Y la pregunta incómoda no será "¿cómo no lo vieron?" sino algo mucho peor:
"¿Por qué, viéndolo, aplaudieron?".
El cuento original tiene un héroe: el niño que grita la verdad mientras todos lo sabían y callaban.
Pero en Davos 2026 no había niños.
Solo adultos muy educados, muy ricos y muy silenciosos.
Y un aplauso al final. Educado, eso sí.
Siempre educado.
Nos merecemos que todo esto acabe con un apocalipsis zombi.
Al menos tendríamos un final coherente con nuestros valores.
No se puede pedir un final mejor para una especie cuyas élites —la gente que domina el mundo— hace cola noventa minutos para aplaudir toda esa locura.
¿Un resort en gaza?
Como muchas personas, mi corazón está a la izquierda. Siempre he votado por alguna variación de ella. Mi forma de entender el mundo tiene raíces profundas tanto en el marxismo como en sus críticas desde la misma izquierda, de Camus a Orwell. Pero descubro que lo que me separa de la izquierda oficial —o al menos de su versión tuitera— es precisamente el corazón.
Porque soy de izquierda, mi primer impulso ante la caída de Maduro es una alegría visceral. No por quien la provocó —Trump no despierta en mí ninguna simpatía— sino por los millones de venezolanos que llevan años huyendo de una parodia grotesca del socialismo. Por las madres que no han visto crecer a sus hijos. Por los profesionales manejando Uber en Santiago. Por los que murieron cruzando el Darién.
La izquierda que conozco en Twitter piensa al revés: primero el antiimperialismo, después la soberanía, luego la no injerencia, y al final —si queda espacio— los venezolanos. Como si el principio de no intervención pesara más que los cuerpos torturados en El Helicoide. Como si los derechos humanos del tirano importaran más que los de sus víctimas.
Este reflejo automático se repite en cada crisis. En Cuba, la corrupción dinástica de los Castro siempre pesa menos que el embargo. Cuando las iraníes se quitan el velo y enfrentan a los mulás, la izquierda busca primero denunciar a la CIA. Cuando quemaron el metro en Santiago, había que entender la rabia antes que lamentar a la cajera que no pudo llegar a su trabajo. No importa que los mulás ejecuten homosexuales, que los muyahidines lapiden mujeres, que los Castro encarcelen poetas: si están contra Estados Unidos, merecen comprensión.
Entiendo el razonamiento. Conozco la historia de las intervenciones, los golpes de Estado, la Escuela de las Américas. Sé que Estados Unidos no regala nada y que Trump es un personaje siniestro. Pero lo que no puedo entender es la ausencia de emoción humana elemental. Esa frialdad doctrinaria que no se conmueve ante los videos de venezolanos llorando de alegría en las calles de Caracas. Que no siente nada ante las iraníes cortándose el pelo en señal de rebelión. Que siempre tiene un "pero" listo antes que un abrazo.
Preferiría, por supuesto, que los venezolanos hubieran derrocado solos a su tirano. Pero sé —porque la historia lo enseña— que pocas dictaduras caen sin alguna forma de presión internacional. La chilena no lo hizo. La argentina tampoco. La española menos. Y de todas las salidas posibles después del fraude brutal de julio, esta es de las menos sangrientas.
Hoy los venezolanos celebran. Las calles de Caracas se llenan de una esperanza que creíamos muerta. Y yo, que sigo siendo de izquierda precisamente porque creo en la dignidad humana antes que en las abstracciones geopolíticas, celebro con ellos.
Mañana habrá tiempo para analizar, criticar, contextualizar. Hoy, solo hoy, déjenme sentir esta alegría sin pedir permiso al manual del buen antiimperialista. Déjenme poner el corazón donde siempre debió estar la izquierda: del lado de la gente, no de los mapas.
Bueno, hay que decir tambien que Marcela Cubillos logro algo bien dificil, que es en un espacio muy corto de tiempo transformarse en una figura nacional, aumentó sus niveles de conocimiento de manera exponencial, asunto que no habría podido haceer con toda la propaganda del mundo. Hoy todos los chilenos saben quien es. No es menor ese efecto no buscado de este escandalo del sueldo de 17 millones. @mcubillossigall